Revista Palta | NO CULPES A LA NOCHE
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NO CULPES A LA NOCHE

“Vas a tener problemas para dormir” me dice la orientadora vocacional a los 17. Está dándome su devolución después de semanas de charlas y tests. “Tu ansiedad es más alta que la del promedio, ¿ves?” y me señala una gráfica, “tenés que hacer algo, o se va a convertir en un problema”. En ese momento me encontraba en pleno romance adolescente con mi cama (no puedo entender cómo en algún momento llegué a dormir 13 horas diarias) así que me resultaba inconcebible. Pero en retrospectiva, creo que debería haberlo visto venir.

Uno de los primeros recuerdos que tengo es despertarme a los 5 años en el medio de la noche, salir de mi cuarto y quedarme sentada en una sillita en el pasillo. ¿Qué esperaba? No tengo idea, pero me quedé un buen rato así y después volví a la cama. Recuerdo claramente una angustia enorme y la necesidad de que empezara el día, de moverme, de terminar con la quietud y el silencio. A los siete, luego de que mis papás se separaran, se me hacía imposible dormir en la cama sola y por meses rogaba todas las noches dormir en la cama de alguno de ellos. La sola idea de ir a dormir a la casa de una amiga me daba palpitaciones, los pijama partys me parecían un horror creado para torturarme, tenía pánico de que todos se durmieran antes que yo. Deseaba todas las noches poder dormirme lo más rápido posible para no estar sola con mis pensamientos ni un segundo.

“Vas a tener insomnio” me había dicho la orientadora y por suerte a tanto no llegó. Pero tampoco creo que sea normal despertarme 3 veces por noche con los puños tan apretados que las uñas me quedan dibujadas en las palmas de las manos. No creo que sea normal despertarme con un nudo tan grande en la boca del estómago que se siente como un fierro retorcido que te pincha desde adentro. No creo que sea normal despertarme con taquicardia y sudor frío como si hubiera corrido una maratón. No creo que sea normal dormir tantas noches sola (aunque eso es un tema para otro día). No entiendo en qué momento la hora de dormir se convirtió en sinónimo de no largar el libro o el celular hasta estar prácticamente cabeceando para callar mi cabeza. No entiendo en qué momento la noche se transformó en este fantasma, en mi enemiga silenciosa.

En la facultad nos dan como consigna crear una campaña de comunicación integral que promueva un hábito saludable y “dormir bien” es lo primero que viene a mi mente. Armar una campaña de este tipo puede ser un proceso largo y agotador: se trata de un año plagado de reuniones grupales, de hacer tareas a las corridas, de peleas, de balancear responsabilidades. Irónicamente, formar parte de una campaña para un sueño mejor no hizo más que empeorar el mío.

Por otro lado, la campaña me hizo sentir menos sola. Al Investigar, aprendí que lamentablemente no soy la única con este tipo de problemas: la mitad de lxs argentinxs duerme entre 5 y 6 horas diarias, dos menos que las recomendadas por la Organización Mundial de la Salud, y un tercio sufre algún tipo de trastorno de sueño. Empiezo a hablar con mis amigas al respecto y una de ellas confiesa que tiene insomnio hace meses, que ya no sabe qué hacer. Es enterarme de este tipo de cosas lo que me mueve, quiero que las personas se amiguen con el sueño. Por eso hicimos Sueños Despiertos(*), para transmitir los principales beneficios del buen  dormir y que la gente lo perciba como un aliado capaz de brindar la energía y serenidad necesarias para afrontar la vida diaria, que entiendan que la recompensa de aprender a habitar ese silencio es invaluable. Que el sueño es nuestro y debemos recuperarlo. Yo me propongo recuperarlo.

 

(*) Campaña Sueños Despiertos:

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Lucila Bilenca
Lucila Bilenca
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