Revista Palta | NINGÚN LUGAR MÁS QUE ACÁ
2035
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NINGÚN LUGAR MÁS QUE ACÁ

Compartimos un fragmento de Ningún lugar más que acá, libro de Jazmín Carballo.

 

Me bajé del colectivo cuando ya se hacía de noche. Esa fue la última vez que dormí en su casa. No fue algo que hubiera planeado, tampoco una decisión suya.

Por la mañana quiso decirme algo que dejó por la mitad, entonces dijo que lo iba a escribir para poder ordenar lo que quería decir. Intuí que quería hablar de sus sentimientos, pero no quise ayudarlo. Al costado de la cama habían quedado platitos con restos de vela de la noche anterior. Los restos de cera colgaban de los bordes como agua escarchada. Esa pausa en la cera podía sentirla en mí. En la casa del Ruso había electricidad. Mi foquito de luz  seguía esperando adentro de la mochila. Él se levantó de la cama con la velocidad de un estornudo. Salió de la habitación sin vestirse. Yo quedé acostada semidormida. Sentí mi cuerpo en contacto con la sábana, la sábana recibiendo mi calor, mi espalda tirándome hacia atrás, mis caderas pesando más que todo lo que había en esa habitación.

El Ruso volvió con un cuaderno. Se sentó al pie de la cama y me leyó lo escrito. Leyó con su voz grave, tomando aire en las pausas. ¿Esto lo había escrito recién? ¿O ya lo tenía anotado? Lo miré y pensé en la calma que me transmitía escucharlo. Escucharlo es silencio. A medida que leía se le llenaban de calor los cachetes, parecía que estaba encendiéndose por dentro y que su piel era de papel. Lo que decía era contradictorio: se había enamorado, pero planeaba irse de viaje por trabajo. Y aunque no lo dijo directamente intuí que me invitaba a ir con él. Mi atención se fue a la lágrima que le atravesaba el cachete, se desviaba con el labio y se metía adentro de la boca.

—No voy a viajar a ninguna parte, no ahora— le dije antes que pudiera terminar.

Se quedó en silencio un segundo y sin mirarme retomó la lectura. Me pregunté si el amor alguna vez volvería a ser una experiencia para mí. El Aguja nunca me había leído nada, ni había escrito sobre su sentir. ¿Cómo podía ser que en ese momento se me disparara la imagen de su cara? No se formaba completa, la veía a través de un vidrio empañado ¿Cuánto habría cambiado mi cara desde que dejé de verlo? ¿Seguiría el Aguja viviendo en Córdoba? Mi cuerpo estaba ahí, en esa cama escuchando al Ruso y pensé en que los momentos tienen otros momentos adentro y estos contienen otros, y así.

Dejó el cuaderno en el piso al lado de los restos de vela. El calor en su cara había contagiado su pecho y su panza. Se acostó y quedamos frente a frente, puso un dedo en mi párpado y lo movió despacito, recorrió la cara y el cuello. Nuestra respiración aumentó, temí por nosotros, más por mí que por él. Besó mi espalda, se metió entre mis piernas y se quedó besando la unión de la pierna con la cadera. Mi respiración movía la panza que subía y bajaba como una ola en la orilla. Sentí que su cuerpo era una continuación del mío. Las olas que hacía mi panza subieron por el pecho hasta la garganta, sentí lágrimas sobre el cachete. Una catarata de agua que bajaba de mis ojos hasta el cuello y desembocaban en la nuca. Quedé con los ojos abiertos mirando el techo, altísimo, lleno de telarañas. El Ruso me abrazó con todo el cuerpo, me besó y sentí que no había otro momento adentro de ese momento, sentí la garganta abriéndose y lloré de nuevo sin poder decidirlo. Caí sobre las sábanas. Quise ponerme de pie, pero el cuerpo no me respondía. El Ruso prendió el ventilador y nos quedamos acostados escuchándolo, tacatá tacatá tacatá, puso sus dedos en mi cuello y apretó marcando el tacatá hasta que me dormí.

Sueño que tengo alas de mariposa, pero no se ven porque me quedan chiquitas en relación al cuerpo. El único que se da cuenta es mi papá. Caminamos hasta una calle de tierra y yo le muestro mi aleteo. Me elevo sin esfuerzo y él desde abajo me dice que lo bueno de la vida es poder darse cuenta de las cosas. Cada vez subo más alto y ya no puedo escucharlo. Ahora en vez de alas tengo globos aerostáticos y no los puedo controlar. Cuanto más alto vuelo, mi papá más empequeñece. Siento impotencia y angustia.

Amanecí otra vez de noche. Lo que siguió fue una ducha de a dos. El magnetismo nos había tomado. En ese momento no entendí si lo que estaba viviendo era un comienzo o si estaba saliendo de él. Mi sensor de finales estaba cerca de la inhibición.

Por Jazmín Carballo.

Colaboración
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