Revista Palta | NI ROSARIOS, NI PERDÓN: MI CUERPO, MI DECISIÓN
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NI ROSARIOS, NI PERDÓN: MI CUERPO, MI DECISIÓN

Por Valentina Groba.

Me acuerdo de una de las tantas veces en las que creí estar embarazada. Por recomendación de mi médica, fui a hacerme un analisis de sangre. Los resultados me iban a llegar por mail al dia siguiente: fueron las veinticuatro horas más densas que viví.

¿Quería ser mamá en ese momento? No. ¿Abortaría? Sí, pero ¿dónde? ¿y de dónde iba a sacar la plata? ¿Se lo contaría a mi mamá? ¿qué diría mi familia? ¿y mis amigxs? Iba a pasar a ser la piba que abortó. Esa iba a ser mi etiqueta. Pensaba que ese posible hecho iba a cambiar mi vida para siempre.

Tenía miedo. Y pensar que en ninguna de mis preocupaciones estaba morirme, o ir presa. En Argentina mueren por causa de abortos clandestinos un estimado de 43 mujeres por año, según las cifras del Ministerio de Salud de la Nación en el pasado 2016. La deuda de la democracia, por la que exigimos todos los días, nos está costando vidas.

Quería olvidarlo todo, resolver el problema y nunca más pensar en eso. Enterrarlo en lo más profundo de mis recuerdos junto con la vergüenza de haberlo hecho. Sin embargo, en estos días me pregunto ¿por qué me senti tan mal? ¿por qué el aborto era algo innombrable para mí? Porque el patriarcado, carácter intrínseco de la sociedad en la que vivo, dictamina que esta práctica es abominable. Y encuentro varias situaciones interdependientes entre sí que perpetúan esta concepción del aborto.

Hoy el aborto es considerado un delito haciendo que se mantenga en el ambiente de la clandestinidad, generando trabas para su posible legalización, ya que se pone en peligro el negocio millonario que esta implica. Detrás, hay una coyuntura social, difamando al aborto, despreciándolo moralmente con sus discursos provida, convirtiendo a esta práctica en algo ajeno y siniestro. Sumado a esto, no sólo se sentencia la práctica en sí misma, sino también a la mujer que decide (y puede) realizarla, sufriendo una condena perpetua por decidir sobre nuestros cuerpos y sobre la vida que queremos tener: hay un estigma social hacia las mujeres por elegir y por elegir abortar. El patriarcado así lo dictamina, amparado por el Estado nacional.

Cuántas veces escuché decir a ese amigx decir “no puedo ni imaginarlo, es la peor de todas las experiencias”, “qué fuerte y horrible”, “pobre, nunca va a poder salir de algo asi…”. En este discurso opera en el inconsciente un dictamen del patriarcado. ¿Por qué tiene que ser el aborto una experiencia traumática? ¿Por qué hay que tener vergüenza de haber elegido? ¿Por qué predomina el sentimiento de culpa? ¿Y por qué nunca vas a poder recuperarte de una situación semejante?

No sería justo generalizar que a todas las mujeres les ocurre lo siguiente, pero sí a una gran cantidad. Esta es otra manera de oprimirnos: sentirnos mal forma parte del mandato patriarcal. ¿Por qué hacernos sentir mal es necesario? Ubicarnos en esa posición, ¿por qué? ¿para qué? Porque en el momento en que podamos despojarnos de ese estigma el aborto va a estar en boca de todxs y el grito del feminismo va a ser incallable. Tener vergüenza o que nadie nunca se entere que abortaste, son estrategias para mantenernos al margen y no hablar, para impedir la sororidad entre nosotras.

Es un perro que se muerde la cola, estigma social y condena estatal. En cualquier momento la demanda social será tan fuerte que el sistema judicial no va a tener otra opción que legalizar el aborto, junto con la despenalización del mismo, y luego se va a desarrollar una aceptación social de aquellos sectores que todavía renieguen la práctica.

Este 8 de marzo, vamos a pedir una vez más por los derechos que se nos deben, un sistema de salud pública eficiente, que responda a las demandas y necesidades. Por la soberanía de nuestros cuerpos, sin estigmas ni riesgos de vida.

Colaboración
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