Revista Palta | NI PADRES, NI COLORES
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NI PADRES, NI COLORES

Mi prima es una chica de treinti-largos de clase media tirando a media alta. Está separada del padre de sus dos hijos Inti y Juana (no digo divorciada porque nunca se casó), trabaja de lo que le gusta, y tiene un perro que adoptó en un refugio. A sus hijxs nunca les da de comer carnes que no sean orgánicas y lxs acostumbró a desayunar jugo de arándanos antes de ir al colegio -el homeópata le dijo que era lo mejor-. No se animó a la escuela Waldorf, así que van a un privado bilingüe que, según ella, no es para nada concheto: tienen taller de murga y a fin de año hacen obras sobre la conciencia ecológica. Se la pasa criticando a las otras madres del jardín y con el padre de los chicos se pelean por teléfono porque él no entiende que “si lxs chicxs se aburren un rato no pasa nada”. Hacen yoga familiar lxs tres juntos y sólo lxs dejó faltar el día que fueron a la marcha de Ni Una Menos. También lxs llevó con ella a la que se hizo por la despenalización del aborto y, por supuesto, votó a favor del matrimonio igualitario.

No solo votó a favor, sino que se puso la bandera LGBT en la foto de perfil de Facebook y, como toda madre progre, le contó a lxs chicxs más o menos de qué se trata. A mi me lo contó, orgullosa, la tarde que la acompañé a comprarle a Inti una campera para el invierno que se venía.

Fuimos lxs tres: Inti, ella y yo. Caminamos, porque eran sólo un par de cuadras. En el camino nos cruzamos con dos hombres besándose y ella trató de distraer a Inti, creo que por miedo a que mire raro y quedáramos mal.

Llegamos al local y ni miramos ropa, mi prima preguntó directo por la campera y la vendedora nos trajo dos opciones: una verde y una rosa. La rosa, en realidad, la había traído porque era el único talle cuatro que le quedaba de ese modelo, pero dijo que si le gustaba como quedaba la encargaba en otro color.

Al final eligió el modelo de la verde, porque tenía capucha; así que la chica del local trajo ahora las opciones de color: rojo, verde, azul y amarillo. La amarilla no le gustaba a mi prima, “muy del Pro”. Ahora era el turno de Inti, que miró las tres opciones que quedaban, hizo que no con la cabeza, y dijo: “la rosa”.

Mi prima, medio sorprendida, le dijo en chiste “Ey, pero esa es de nena!”. Inti puso cara pensativa y terminó quedándose con la roja, “como la del Rayo Mcqueen”. Ella instantáneamente me miró y se defendió: “es que después en el colegio los nenes son malos y lo tildan de puto”. Me invitó a cenar.

Al principio jugué con ellxs, Inti me mostró su pista de autos nueva y Juana me preguntó si me gustaba algún chico. Después se quedaron mirando la tele y nosotras las grandes charlamos más tranquilas. Cuando la cena estaba terminando y lxs chicxs estaban tiradxs en el sillón, ya lejos de sus platos de comida, empezó el programa de la princesita Sofía.

Inti agarró la corona de su hermana, se la puso, y empezó a correr y gritar por toda la casa: “Soy una princesa, soy Sofía”. Juana, que ya le lleva un par de años y juega a ser la adulta responsable de su hermano menor, lo sentó y le explicó que no puede, que él es un nene. Inti dijo “quiero vagina como mamá y ser alto como papá”. Juana le contestó: “Sí, yo también quería ser nene, pero nos tocaron los turnos dados vuelta”. Le sacó la corona a su hermano y se la puso ella. Mi prima empezó a levantar los platos.

Yo no sé qué tan inocentes fueron esos comentarios. Tampoco sé si Inti se siente nena, o si Juana le sacó la corona de celosa, o porque le quiso enseñar algo.

Lo que sí sé es que lxs chicxs copian lo que ven, y que nosotrxs, lxs adultxs, vivimos atentos desde el momento cero al color de campera que eligen, como si eso fuera a determinar su elección sexual futura.

La asignación de género por sexo es cultural. Si nace con pito, asumimos que se autopercibe hombre y que, por ende, querrá jugar con autos y no con princesas. Pero, ¿hay algo más arbitrario que asignarle un juguete o un color a un/a chicx? ¿No terminamos siendo, en cierto punto, nosotrxs mismxs quienes les inculcamos esas ideas que tanto criticamos?

Mi prima no es la primera madre a quien veo preocupada por la sexualidad de sus hijxs. A mí, en cambio, me preocupa su preocupación: ¿qué es lo que va a cambiar? o, mejor dicho, ¿qué es lo que quiere saber?

Entiendo que es más fácil hablar sin tener hijxs y no dudo que sea casi imposible no llenarse de contradicciones tratando ser una madre progre en una cultura como la nuestra; pero no puedo evitarlo.

Hoy tengo relación con niñxs porque tengo sobrinxs, y son lo más cercano al hijx que espero tener algún día. Mi deseo más grande es que nunca sientan que por tener determinado sexo, o autopercibirse con determinado género u orientación sexual, se les impongan ciertos colores, juegos o disfraces (y se les descarten otros).

Para eso, me auto-asigno la tarea obligatoria de, desde el rol que me toca, dejar de buscar respuestas en comportamientos que son -en su mayoría- inocentes. Entender y ejercer, de una vez por todas, la idea de que un niñx es sólo un niñx.

Yo creo que Inti no eligió la campera rosa por ningún motivo en particular, y espero que sea así para siempre.

Manuela Martinez
[email protected]