Revista Palta | NI BIENESTAR, NI SALUD: SEXO
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NI BIENESTAR, NI SALUD: SEXO

Durante toda mi adolescencia -y un poco más también- actué como si gustarle a otro implicase no ser yo. Incluso en el plano de la intimidad, para ser deseable, tenía que seguir ciertos pasos.

Crecí en medio de un sistema que nos enseña a auto-promocionarnos, pensando que coger era sinónimo de bienestar, y que si no lo hacías seguido, andabas medio deprimida. Tuve que aprender a ser hacia afuera, y en ese intento administré mi vida íntima como si fuese una red social. Verme feliz implicaba mostrarme linda y, por supuesto, deseable. No tanto porque yo quisiera coger, sino para ser cogible para algún otro. Ese era el mensaje imperante en la configuración de mi sexualidad. Y a esa construcción la educaron entre muchxs.  

En el colegio me llenaron de miedos y precauciones. Me explicaron mucho sobre enfemerdades, métodos anti-conceptivos, y embarazos no deseados. Mi mamá, en esas charlas donde una quiere pero no quiere estar, me había dicho hasta el cansancio que el otro me tenía que cuidar, pero nunca mencionó algo mutuo. Después, la pornografía pasó a ser mi plataforma de aprendizaje. Empecé a estudiarla casi sociológicamente, para corregir, para mejorar. Entendí que calientan más las que no se cuidan, las que son vulnerables y las que obedecen. Que el buen sexo y el amor no conviven, y que lo que más le gustaba a los tipos era todo lo que yo no les podía dar.

Las charlas con mis amigas tampoco ayudaban. Parecían una competencia para ver quién se había animado a hacer o a probar más cosas. Nunca ninguna hablaba de su disfrute o de su dificultad para conseguirlo, eso estaba puesto en el otro. En cómo se la habían chupado, o cuánto les habían gustado sus tetas. Se desafiaban entre sí comparando el tamaño de pija de sus novios. Incluso cuando era tan grande que dolía, eso era visto como algo bueno. Yo, si la había pasado bien con una más chica, me quedaba callada. Esa era la regla. En esas charlas, ninguna era del todo sincera.

Podría decir que todo eso, junto con un par de chistes machistas, y otro par de comedias románticas, constituyeron mi “educación sexual”. Y no solo la mía, sino probablemente también la de varios de los chicos que estuvieron conmigo. Nada de juego, de complicidad, de experimentación, o de diversión. Asumí que ciertas cosas gustaban sólo si eran de una manera, y que si no lo disfrutaba el problema era mío. La culpa era mía.

Por no ser tan flaca, ni tan elástica; porque me cansaban las posiciones que no me dejaban relajar la espalda; porque mis bombachas estaban más gastadas que las del resto; porque no siempre me gustaba tener al otro respirándome en la cara; porque a veces después lo quería abrazar; porque otras veces me sentí mal por seguir moviéndome cuando el pibe había decidido terminar.

Pero igual buscaba, intentaba, como todxs, gustar. Me bajé aplicaciones para hacer ejercicio que sabía que no iba a usar nunca. Pensé en hacer crossfit, pero me dió miedo. También intenté con algunas dietas, pero no las sostenía y eso me llenaba de culpa. Guardaba siempre un chocolate en la mesita de luz, que me provocaba a la vez tanto miedo como amor. Intenté también ser bulímica, no me salió. Me hice amiga íntima de Yahoo Respuestas, por allá había algún/a anónimx que estaba igual de mal que yo; que se preguntaba cosas que creía que sus amigxs no. Creyendo que ser sexy era estar desnuda, me saqué fotos mostrando toda la piel bajo una luz tenue y las mandé por whatsapp. Cogí sin sentimiento, me deprimí más. Probé con algunas drogas.

Me llevó mucho tiempo entender que estaba equivocada. Y que mi único error, en realidad, era escuchar a los otros en vez de escucharme a mí misma. ¿Quién dijo que las flacas cogen mejor, o que debería estar cómoda en tal o cual posición?

En medio de tantas voces, de tanto entrometimiento, y de tan poca discreción, jamás escuché a alguien hablar con sinceridad sobre lo diferente que fue estar desnudx frente a cada una de sus “parejas sexuales”, sobre por qué a veces es tan incómodo el después, o sobre lo mucho que puede costar tocar y ser tocada. Nunca nadie me dijo que coger bien no tiene que ver con las tetas que tengas, o con la curva que haga tu espalda, sino con estar ahí, con el otro. Y mucho menos me dijeron que la que “está como quiere” no es la que lo hace mucho, sino la que lo hace cuando tiene ganas.

Entiendo que hay cosas que se aprenden haciendo, pero yo aprendí mirando, escuchando, y atrapando en el aire, erróneamente, lo que creí como las reglas del juego. Y mientras buscaba desde la compu de mi habitación adolescente tutoriales para no tener arcadas, me ponía hielo para que la depilación completa doliera menos, y googleaba tips para llegar al orgasmo; nunca nadie se empecinó en hacerme entender lo más importante: que si lo siento mal, está mal.

Manuela Martinez
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