Revista Palta | NADIE NACE MUERTO
1966
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NADIE NACE MUERTO

La historia es la de un hombre quebrado, un mártir infinito que, a pesar de sus fracasos y la falta de reconocimiento, nunca pudo dejar de pintar. Un artista inevitable con una vida exagerada, a merced de lo incontrolable, con numerosas internaciones en manicomios y cartas que revelan una profunda tristeza, soledad desesperada. Vincent Van Gogh es algo así como el ideal de artista moderno.

Van Gogh: en la puerta de la eternidad es una más de las tantas películas que cuentan su historia, pero ésta no es la oficial, sino una versión del director, una interpretación libre basada en las cartas que escribió, y los mitos, hechos y rumores sobre la vida de este hombre que creyó haber nacido en un tiempo incorrecto, vivió en la pobreza, se cagó de frío y fue querido únicamente por su hermano Theo, su amigo Paul Gauguin, y sus pinceles.

“Un poco de locura es buena para el arte” dijo de sí mismo un siglo atrás, y muchxs siguen reproduciendo esa frase como un mantra, firmes en la idea de que sin su sufrimiento hoy no podríamos admirar su arte. Esta noción de creatividad como una especie de locura divina renace, principalmente, en Van Gogh; yo me pregunto ¿es tan así? ¿la creatividad viene, indefectiblemente, con la carga del sufrimiento? ¿lxs mejores artistas fueron lxs más torturadxs? ¿puede alguien nacer adelantadx a su tiempo? ¿por qué a tantxs artistas no se lxs reconoció hasta después de su muerte?

Una cámara subjetiva sigue al pintor en sus largas caminatas por el campo como si fuese su sombra. Pareciera caminar sin cansarse, como un hombre en una misión; después corre, se tira en el piso, se acuesta boca arriba, agarra puñados de tierra y se los tira encima, las partículas caen en forma de lluvia sobre sus ojos, su nariz, su boca. Podríamos asumir que se está enterrando a sí mismo, pero se levanta, se sacude, se ríe, se chupa la tierra de los labios y se pone a pintar. Arlés es Arlés, el camino por el que camina Dafoe es el que caminó Van Gogh hace más de un siglo. La cámara toma su mirada, se distorsiona y se tiñe de amarillo. La película parece hecha con un pincel.

El film comienza con el protagonista escapando de París hacia el sur de Francia en busca de una nueva luz y lo acompaña en sus últimos dos años de vida. Recorriendo fragmentos que se balancean entre sus momentos de creatividad y su capacidad un tanto deteriorada a la hora de funcionar en la sociedad, Julián Schnabel se permite abordar aspectos más reflexivos y filosóficos en torno al proceso creativo, el martirio del artista y las internaciones en las que pintó sus obras más emblemáticas.

A pesar de ser 25 años mayor que el pintor cuando murió, Willem Dafoe encaja perfecto en el cuerpo de Van Gogh, su cara arrugada carga con toda la experiencia y el sufrimiento del personaje que compone. Sin caer en los clichés dramáticos del artista atormentado y loco, lo interpreta como un hombre pensativo y triste -e incluso bastante racional- que lucha por pertenecer y que intenta, pero no puede, entender la intensidad de sus sentimientos.

“Sólo quiero ser uno de ellos” es lo primero que escuchamos decir a Vincent al empezar la película. Una vida entera deseando encajar y ser aceptado, en constante choque con sus emociones exageradas y su falta de tacto descomunal. Un grupo de niñxs lo cuestiona por pintar las raíces de los árboles en lugar de las copas que son más lindas y menos monstruosas, se burlan de él, lo interrumpen en su proceso creativo; él los ataca. Le pide a una pastora que se recueste en el piso y que pose para que él la pinte. Ella no lo entiende, se asusta, se acuesta igual. Él la toca bruscamente para acomodarla, la invade, la acosa. Sus vecinxs firman una petición para que lo internen y no lo dejen volver a Arlés.

En sus picos de locura más altos, Vincent Van Gogh estuvo atado de brazos sin poder agarrar un solo pincel. Cuando su estado prosperó, pintó a los psiquiatras que lo trataban. La digoxina con la que lo medicaron tiñó su campo visual de amarillo y bajo ese efecto pintó los famosos girasoles. Pintó todo lo que no pudo expresar con palabras. El arte fue lo que lo alejó de sus fantasmas internos y el cable a tierra que lo ayudó a mantenerse sano.

Pienso entonces que, quizás, su enfermedad no fue su inspiración, un regalo de los dioses como diría Aristóteles, sino un impedimento para su talento. Quizás la razón por la que no recibió ningún tipo de reconocimiento en vida no tuvo que ver con sus obras magistrales y adelantadas a la época, sino con su incapacidad para hacer cualquier otra cosa. Nadie nace antes de tiempo.

Con un profundo amor por Van Gogh, y por el arte en general, Schnabel (un pintor sobre otro pintor) esboza la pregunta sobre el genio incomprendido y deja flotando un interrogante: ¿por qué nos empecinamos en romantizar el sufrimiento ajeno?

 

Manuela Martinez
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