Revista Palta | “NADA QUE NO QUIERAS”
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“NADA QUE NO QUIERAS”

Cuando miré para atrás ya no quedaba nadie. Martín sonrió, como si no le sorprendiera, como si todo estuviese arreglado previamente. Me habló de un lugar escondido en la playa y se metió entre unos arbustos, llevándome con él. Apoyó la cabeza en la arena y miró al cielo. Señaló las constelaciones que conocía y me contó que él ya había hecho el amor.

Me dio un beso y yo lo respondí porque creí que era lo correcto. En ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de decir que no, aunque a mí él no me gustase.

Dijo que fuéramos a su casa, la que habían alquilado sus papás ese verano. Le dije que no, que eso significaba hacer cosas para las que no estaba lista. Me preguntó qué era lo que me daba miedo. Le dije que no sabía hacer nada y que creía que me iba a doler. Me dijo que siempre hay una primera vez, que no quería lastimarme y me dio una explicación bastante hippie sobre cómo hacer el amor y desnudarse con otrx siempre es hermoso. Le dije que me llevara a lo de los papás de mi amiga, donde yo estaba parando; o que me indicara el camino. Él siguió insistiendo y yo seguí diciendo que no, pero mis “no” eran cada vez más suaves. Fui perdiendo firmeza porque creí que la única manera de salir de esa conversación era cediendo. Al final, dijo que me llevaría pero que antes lo acompañase a su casa a tomar agua, o a mear, no me acuerdo. Le pedí que me prestase su teléfono para avisarle a Juli que volvía más tarde. Él ya lo había hecho por mí.

Me ofreció agua y me mostró su cuarto. Nos sentamos en el colchón de abajo de una cama marinera y me volvió a besar, esta vez en el cuello. Yo intenté frenarlo pero se anticipó: “No vamos a hacer nada que no quieras”.

Mi cabeza no dejaba de dar vueltas sobre las cosas que podrían llegar a pasar y yo me repetía a mí misma que no estaba lista para hacer el amor, que ese era mi límite, pero que si por algún motivo sucedía, él tendría que ponerse un forro. Seguro había uno cerca.

Martín agarró mi muñeca y la llevó hasta su entrepierna. Le toqué el bulto por arriba del jean mientras él me tocaba las tetas por debajo de la remera. Me pidió que le sacase los pantalones. Bajé su cierre y él me desabrochó el corpiño. Me dijo que tenía lindas tetas. Después me volvió a agarrar la mano y me mostró cómo debía tocarlo. El primer contacto me pareció muchísimo, pero después pensé que era sólo piel, que tenía muchos pelos y que no quería lastimarlo.

Cuando me sacó la bombacha sentí mucho pudor y pensé que preferiría estar tapada o que las luces estuvieran apagadas. Me concentré en sentir placer, me dije que era algo que a todo el mundo le encantaba, y que sería raro si yo no sintiese lo mismo. Además, no me dolía, esa era una buena señal. Así que cuando preguntó si me gustaba le dije que sí.

Más rápido, más despacio, más suave, más fuerte. Intentaba hacer lo que él decía pero me costaba sostener la atención en tantas cosas al mismo tiempo. Me preguntó si era zurda, le dije que no. Me dijo “chupamela”, lo miré como diciendo “esto es más de lo que tenía pensado hacer hoy”, él dijo “dale”, puso la palma de su mano por encima de mi cabeza y la empujó hacia abajo. No necesité saber hacerlo porque él manejó mi cabeza todo el tiempo. Yo sólo me concentré en respirar por la nariz para evitar arcadas, un consejo que había escuchado de unas chicas más grandes.

Lo toqué un poco más hasta que me cansé y solté la mano. Me dijo que no pare, que le faltaba un toque, y yo no entendí a qué se refería pero seguí igual. Cuando acabó miré el líquido blanco sobre su panza. Él puso su mano sobre la mía y frenó el movimiento de a poco. Pensé que quería lavarme, que era pegajoso y que tenía olor feo.

Me cambié con cuidado de no manchar la ropa y fui al baño deseando no cruzarme sus papás. Me miré al espejo despeinada y sin terminar de entender qué había pasado exactamente. Me lavé bien las manos y cuando salí le pedí que me acompañase a lo de mi amiga.

Cuando llegamos me dio un beso en la boca para despedirme. Estaba amaneciendo así que asumí que estaba todo bien porque era más o menos así como lo mostraban en las películas. La playa, las estrellas, el beso y el amanecer de fondo. Me escabullí en mi cama intentando no despertar a nadie.

A la mañana siguiente Juli me pidió que le contase todo y reaccionó como si se muriera por estar en mi lugar. Ella me contó que cuando yo me fui con Martín, los demás fueron a la playa y pintó guitarreada. Yo moría por estar en el suyo.

Después del almuerzo nos encontramos con las demás familias. Lxs adolescentes jugamos al truco aunque se volaran las cartas y nos metimos al mar. Yo me sentí más cómoda en malla que el día anterior, porque Martín ya me había visto desnuda y aún así le había gustado. Su mamá me miró de lejos y me sonrió, la saludé con la mano. Martín se acercó y me dijo de ir a caminar, tenía algo para decirme. Le dije que sí, pero que volviéramos rápido. Mi micro salía dentro de pocas horas.

Ya lejos dijo que después de la noche anterior se había sentido mal, algo de que si él no la frenaba terminábamos cogiendo. Su tono parecía más de reproche que de disculpas, o por lo menos yo lo entendí así: era mi culpa, yo lo había dejado, yo había estado flojita. Reaccioné a la defensiva. Le dije que estaba confundido, que no había hecho nada que no quisiese y que de ninguna manera habría perdido mi virginidad esa noche.

Me acompañó a la terminal de la mano y en silencio. Cuando llegamos Juli me estaba esperando. Me sorprendió verla ahí y corrí a abrazarla. Le pedí perdón, le dije que me sentía culpable porque me había invitado un fin de semana a la playa y casi no había pasado tiempo con ella. Me dijo que estaba loca, que yo la había pasado bien y que eso era lo importante. No le respondí, me senté a esperar el micro con ella y le di otro abrazo antes de irme.

Manuela Martinez
Manuela Martinez
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