Revista Palta | MUTANTE COMO TUS CAMPAÑAS
795
post-template-default,single,single-post,postid-795,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

MUTANTE COMO TUS CAMPAÑAS

Las buenas campañas publicitarias, con perspectiva de género y slogans como “pelea como chica” o “mujeres reales” me generan pensamientos encontrados: ¿esto es una conquista o las multinacionales están jugando con mi sensibilidad?

Quizás también sea una jugada efectista, por parte de un director, poner a la amistad entre una cerda gigante y una joven coreana como protagonista de un film. Me imagino que Bong Joon-ho sabe que hay personas que encontramos en las mascotas una relación que nos modifica; que por más que les hablemos o las humanicemos, en el fondo lo que nos gusta es ese vínculo que nos equipara.

Okja, a grandes rasgos, me reencontró con Pancha, la perra que tuve por casi diez años. Una hermosa bulldog que, de tan querida por mi familia, nos pareció buena idea jugar a ser Dios y reproducirla. Esos cuatro cachorritos que tuvo por cesárea, con quienes nos encariñamos y lloramos al despedirlos, fueron concebidos artificialmente: la raza está tan manipulada por trabajos genéticos que no tiene forma de reproducción ni parto natural. A Pancha la subimos a una mesa de aluminio y una veterinaria la inseminó con la jeringa que antes había llenado al masturbar a Tambor, nuestro perro. Un proceso de apareamiento forzado que consentí inocentemente, y que con una escena de la película me regresó como un proyectil en el corazón de mis ideales. Yo, sin oponerme, favorecí la violación de mis propios perros.

La película me puso en ese lugar. Me dejó con ganas de dejar de comer carne, de pedirle perdón a mis mascotas por haberme creído su dueña por darles el alimento. Pero Okja no es una crítica al negocio ganadero, exclusivamente, ni de la forma que tenemos de relacionarnos con los animales domésticos. Muestra muy bien las dos caras de la misma moneda en el capitalismo de ayer y el capitalismo de hoy -maquillado pero con las mismas intenciones-.

Lucy Mirando (Tilda Swinton) es la heredera de una corporación que antes había sido liderada por su inescrupulosa hermana, y tiene el objetivo de cambiar la imágen de la empresa. Fresca y graciosa, Lucy lanza una competencia de crianza de cerdos gigantes para “combatir el hambre en el mundo”. Claro que el objetivo final era encontrar la fórmula para instalar un sistema de producción a gran escala y menores costos, con animales genéticamente alterados y con una competencia de granjeros que disimula esa pretensión. En su discurso, Lucy utiliza términos como “ética”, “productos ecológicos” y “sin transgénicos” como quien se convence de su propia mentira. Es tal su ambición por mantenerse en los límites de lo políticamente correctos que a Mija, la criadora y amiga de Okja, la termina eligiendo como la cara de su concurso de súper cerdos. Su cinismo es tan grande que usa como imágen a la persona que más sufre sus intenciones; quien sabe que no tiene otra alternativa que aceptar para poder salvar a su cerda.

El film me reencontró con mi animalidad, con mis películas favoritas de la infancia, con todos los errores que cometo cuando quiero mucho a una mascota; con la explotación animal, y la de compañerxs de nuestra propia especie, en la cadena de producción alimentaria; con Monsanto y con el crecimiento del Marketing: esa herramienta que convierte a grandes corporaciones en “gente como yo”, noble e idealista. Trampas del mercado que me hacen elegir un determinado desodorante en vez de otro.

Me parece  una reducción decir que es una película activista. Es minimizar todo el entramado de personajes patéticos e historias de “buenos” y “malos” que la hacen más profunda que su visible crítica a la industria ganadera.

A mí me regresó a Pancha, al orígen de su raza y a la brutalidad que implica su conservación. Y me llevó a replantear todas esas publicidades que comparto en grupos de feministas, donde todas celebramos que una empresa históricamente machista nos muestre como queremos que nos muestren (y este verbo se puede reemplazar por vender). Me pregunto cuántas de esas industrias de cosmética o indumentaria que me sedujeron con una imágen o un slogan, reflejan puertas adentro esa misma lógica. Cuántas de ellas emplean a tantas mujeres como hombres, y sostienen en su empresa la ideología que intentan representar, con mismos salarios e igualdad de oportunidades. O si, al final, somos todes como Mija.

Maru Labat
[email protected]