Revista Palta | MUJER, MADRE Y JUDÍA
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MUJER, MADRE Y JUDÍA

En Harvard, como en casi todas las instituciones donde se concentra el poder, no hay lugar para una mujer. O por lo menos ese era el orden establecido en 1950, que permitió que el decano de la universidad les pidiera a las nueve mujeres recién entradas a primer año de la carrera de derecho argumentos para justificar el hecho de que estuvieran ocupando un lugar que podría ser de un hombre. Mientras varias de ellas intentaron, sin éxito, ser diplomáticas en sus respuestas, Ruth Bader Ginsburg contestó, con una sonrisa y un tono irónico ejemplar, que su marido estaba cursando el segundo año de la carrera y que ella quería aprender más sobre su trabajo para ser una esposa paciente y comprensiva.

La voz de la igualdad es una película sobre los inicios de esta reconocida abogada feminista, que hoy tiene ya 85 años y es miembro de la Corte Suprema de los Estados Unidos. La directora del film, Mimi Leder, nos invita a ser testigxs de un recorrido que comienza en sus primeras clases como alumna de la universidad de Harvard, y termina en el primer caso que defendió, mediante el cual probó por primera vez ante la Corte que la ley discriminaba a las personas por su género. Y lo hace con la empatía que sólo puede sentir una mujer que conoce el grosor del techo de cristal contra el que se choca: Mimi también tuvo que hacerse su lugar en una industria dominada por hombres. Quizás por eso, a diferencia de la mayoría de las películas hollywoodenses con protagonistas mujeres, esta no sea una historia de conquistas ni enredos amorosos heterosexuales. Si bien en esta historia hay varones del bien -y del mal-, no existen los príncipes azules: la línea que sigue la película es la del amor incondicional de una mujer por la causa que milita.

Mujer, madre y judía. Ruth sabe que tiene todas las de perder. Sufre la discriminación pero no se rinde ante ella: se esfuerza para ser la más inteligente de su curso, estudia y trabaja el triple que cualquiera de sus compañeros de clase porque sabe que es la única manera que tiene de obtener lo que merece. Quizás por eso es vista, por muchxs, como una heroína. Pero es mucho más que eso: Ruth Bader Ginsburg -apodada RBG por sus admiradores- es una mujer con una enorme capacidad política que lucha para modificar una estructura que la oprime. Y es por eso que le agradecemos tanto, porque su enorme trabajo finalmente dio frutos, y no tuvo que ver -solamente- con conseguir el lugar que se merecía, sino con abrirnos la puerta a todas las que vinimos después.

Ahí está la semilla de la revolución feminista: somos hijas porque somos herederas. La película tiene claro este eje y sobre él dibuja a Ruth. Ella sabe que si tiene la posibilidad de conquistar estos espacios es porque hubo otras antes que ella, y el personaje de Dorothy Kenyon -militante feminista y referente suya- se lo recuerda, le dice que mire a las generaciones anteriores, las que tomaron las calles y lucharon por su derecho a voto.

Hoy estamos nosotras, de cara al 8M, pintando carteles y llenándonos de glitter, porque cargamos con la herencia de mujeres como Ruth. La nuestra es una lucha y una sabiduría que se retroalimenta y nos enriquece a todas, que mira para adelante y para atrás en la línea de tiempo pero que nunca se detiene. La revolución de las hijas de la que habla Luciana Peker. Nuestro espíritu, el de las hijas y las nietas, se ve representado en la película principalmente en el cuerpo de Jane, la hija adolescente de Ruth, que se escapa del colegio para ir a escuchar a Gloria Steinem, que va a marchas porque cree que “no es un movimiento si están todas sentadas”, y que putea a los tipos que la piropean en la calle. Su mamá la mira, se enoja, le discute y también se emociona: la nueva generación es más libre que la suya.

Juntas, y con feminismos que discuten pero que se complementan el uno al otro, madre e hija piensan y ejercen distintas estrategias para convertir al mundo en uno más justo. La película nos invita a acompañar a esta familia en la aventura de pensar argumentos y estrategias para que los hombres que se visten de traje y ocupan lugares de poder en el juzgado entiendan (o accedan a) lo que para nosotrxs es materia de sentido común.

El camino que encuentra Ruth parece irónico pero no lo es. Para luchar contra un siglo de prejuicios legalizados que atentan contra las mujeres, elige el caso de un hombre que es discriminado por su género. A Charles M. Moritz el Estado le niega un beneficio que sólo se le otorga a mujeres y a hombres divorciados: una deducción fiscal por contratar a una enfermera para cuidar de su madre. Si Ruth puede ganar este caso, demostrando que la suposición de que un hombre no se debería hacer cargo de tareas del cuidado está basada en ideas arbitrarias y prejuicios en relación a su masculinidad, entonces quedarían establecidos precedentes de que la ley discrimina a las personas por su género. Sobre estos principios se basará luego para defender los derechos de las mujeres en virtud de la constitución.

“No les estamos pidiendo que cambien al país, eso ya ocurrió y no se necesitó el permiso de ninguna Corte; les estamos pidiendo que protejan el derecho del país a cambiar.” Mirando no hacia el pasado sino hacia el presente, a la revolución que encarnan su hija y sus alumnas levantando pancartas en la calle, y con una base académica sólida; Ruth desarrollará una teoría constitucional para persuadir a los dinosaurios que tiene enfrente y convencerlos de que el mundo, les guste o no, está cambiando.

 

Manuela Martinez
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