Revista Palta | MUJER, MADRE Y PUTA
1207
post-template-default,single,single-post,postid-1207,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

MUJER, MADRE Y PUTA

Por Lilian Sprovieri.

 

Debutar sexualmente es liberarse, más aún si tuviste una educación represiva. Todavía recuerdo la felicidad que sentí cuando finalmente había pasado eso que me daba miedo. Ese salto al vacío que es la sexualidad humana, lo más hermoso y más íntimo de la vida. A partir de ahí, si bien tenía novio, sabía que no iba a durar para siempre, y que cuando pasara se me abriría el gran banquete de chabones. Hice un cursito acelerado con él y después fui por todos los asuntos pendientes que tenía escritos en el cuerpo.

Una tarde con una amiga estábamos en el parque meta pucho, mate y risas. Sin embargo los restos del sábado presionaban mi mente, hasta que finalmente solté: “anoche cogí”. Pero ese encuentro, y tantos otros, estaban lejos del placer y lo anecdótico como había soñado cuando era una púber de estreno. Traían consigo el trato que esta sociedad considera adecuado para las chicas a las que nos gusta el sexo de una noche. “No te regales tanto” dijo mi amiga con la tristeza que implica dar un consejo con el que no se está muy de acuerdo.

El sexo estaba liberado para mí, mujer joven de clase media en este lugar de occidente, sin embargo otro discurso se escondía en la noche, en los telos, en la fricción de los cuerpos. No me quedó otra. Tomé el consejo de mi amiga para sobrevivir y comencé a fingir una relativa virginidad. Tenía citas, demoraba los encuentros sexuales y coger no llegaba nunca porque al conocer más al otro descubría que no me gustaba tanto. Descargarme, liberar mi deseo, sin dejar en el camino una parte mía expuesta, era imposible.  

Al mismo tiempo no dejaba de escuchar declaraciones masculinas contradictorias: “Ustedes las mujeres cojen cuando quieren”. No lo cuestioné en el momento pero sentí que no se condecía con mis noches de fantasías extremas, pajas interminables, y la confusión con la pregunta evidente “¿pero los hombres no quieren mujeres calientes en sus camas?”.

Los fines de semana opté por quedarme en casa. Los domingos iba a ver obras de teatro, a museos, a bares de jazz sola, con muchas parejas alrededor. Y un día mirando la ventana otoñal del cuarto que tuve en la casa de mis padres, llegué a la felicidad. Había relegado el descubrimiento personal a través del sexo a otras áreas menos costosas socialmente. Mientras, seguía escuchando a las inevitables voces del sentido común decir cosas como: “Yo si fuera mina sería re puta”. Cuando yo mujer —sexualmente disponible y “liberada”— estaba encerrada en mi propio cuarto.

Tiempo después conocí a un chabón. Jodas, risas y energía erótica que crecía inexorablemente. Algo entusiasmada, pero temerosa por este nuevo hombre que aparecía en mi vida, una noche le conté a un amigo lo que tenía en vista. Otra vez un enunciado conclusivo: “Las mujeres sólo quieren comprometerse”. Entonces había que rehuir de eso. Si era así, que no se note.

Haciendo una revisión sobre mi pasado descubro que aquellos años no fueron diferentes a los de cualquier hombre de clase media que vivió su juventud en la primera década de 2000. Sin embargo, los costos emocionales y sociales y el nivel de peligro de tal exposición, no fueron los mismos siendo mujer. Cuando llegaba el momento de contarle a mis amigas cómo estuvo surgían preguntas tipo “¿pudiste acabar?” o “¿se quiso poner el forro?”. Preguntas intrasladables a la misma situación en un grupo de hombres.

Lejos de la creencia popular, mientras estoy soltera no cojo cuando quiero. Mi calentura viene acompañada de una especie de casting irremediable. Un escaneo previo, rápido pero profundo, del compañero sexual, ya que relacionarme con el hombre equivocado una noche cualquiera puede, entre un amplio espectro de pasarla mal, también, costarme la vida. Y ante el hecho consumado de una mala experiencia el escarnio público de hombres y mujeres: “Lo que pasa es que vos garchás con pelotudos”. Sí, puede ser… pero ¿es solamente mi culpa? El filtro supersónico de pelotudos no había funcionado, ¡otra vez! Todo indicaba que había que seguir ajustándolo y en el interín recibir los golpes.

Hay una falla de sentido en lo común. Esa percepción de bruja para darme cuenta si el chabón vale la pena, al ratito de conocerlo, no la tengo yo (ni nadie). Por ende, como medida de precaución ante una mala noche no es viable. Otra opción podría ser abandonar el juego si algo no me gusta. Pero ¿por qué siempre me pareció imposible pensar que puedo vestirme e irme? ¿si me voy antes de que el chabón acabe, qué pasa? Más escarnio por histérica y ¿qué más? Sinceramente no lo sé, jamás me atreví a hacerlo.

Hoy triste confieso: el sexo ocasional no fue viable para mí, y ante ese fracaso formé pareja. Fue la vía más segura que tuve de ejercer una vida sexual activa, plena, de calidad y cantidad sin morir o ser cosificada, ni señalada. Sin embargo siempre seguí escuchando a los hombres hetero quejarse de las demoras en los “favores femeninos” y siendo más grande lo entendí. Es lógico que una no quiera ser ser un objeto descartable en una experiencia sin orgasmos. ¡O al revés! Disfrutar del sexo, mostrarse deseante, amplia, dispuesta y que te descarten igual después de coger porque una mujer que goza es desmesurada, incontrolable, lo hace así con cualquiera. Es María Magdalena y no la virgen María por eso tiene que recibir el trato que merece por su condición de libertina, porque no existe la madre y la puta en la misma mujer.

Sentir placer te convierte en persona y eso no se amolda a la sexualidad libre preestablecida donde el hombre es sujeto y la mujer objeto. Donde secretamente ocurre todo lo que no queremos y todo lo contrario a lo que decimos. ¿Por qué se nos niega lo más hermoso e íntimo de la vida? ¿Es que nuestra única posibilidad de plenitud sexual es la familia, el hogar y la monogamia?  

 

Colaboración
Colaboración
[email protected]