Revista Palta | MRS. MÚSCULO
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MRS. MÚSCULO

Por Sofia Cherchyk.

Desde que tengo cinco años entreno aquellos mal etiquetados “deportes de mina”. Patín artístico y distintas danzas fueron apareciendo en mi vida con el correr del tiempo. “Yo te enseño y podemos hacer pareja de danza” -una de las disciplinas de patinaje artístico-, inmediatamente la respuesta de los varones era “¡Ni loco, querés que me haga puto!”.

Con los años me interesé por hacer acrobacia en telas. En esta nueva etapa me enamoré de verme fuerte, de sentir que mi cuerpo también podía estar marcado y con extremidades contrarias a escarbadientes. Era hermosa la sensación de levantar todo mi cuerpo con mis brazos, la in-gravedad que se siente al estar arriba, sola, contenida por tus profesorxs desde la tierra. Saber que realmente tenía que confiar en mí, en mi cuerpo, en mi fuerza, que no tenía que ser perfecta. Podía ser yo a la décima potencia, tener el pelo en una simple colita, no ser súper flaca, tener los brazos musculosos y tonificados; podía sentir otra vez el aire, el vértigo de estar a más de dos metros de altura.

Mis pensamientos adoctrinados por el común social se desperdigaron como las mostacillas de mis antiguas mayas en el piso negro. Mi concepto de perfección iba cambiando. Estar sola ahí arriba me hacía meditar más de una vez, tener conciencia de por dónde pasaba mi cuerpo, de cómo me sentía, si tenía que ser efectiva para realizar la maniobra más rápido por el tembleque del músculo, o si tenía tiempo para sentir la brisa de verano o los dedos de los pies congelados por el frío.

Empecé a hacer ejercicios que implicaban más fuerza en los gimnasios, cross fit fue uno de ellos. Mi costumbre de tener barrales y sogas se vio forzada a cambiar por un gimnasio más tradicional, donde el salón se dividía en máquinas y zona de musculación. Y esa última, en su ochenta por ciento, la encontré ocupada por hombres. Por el contrario, el eliptico y la rutina con ejercicios para tonificar glúteos, parecía estar más referida a las mujeres.

El hecho de verme como una intrusa, en una zona que sentía que mejoraba mi fuerza muscular, era una sensación nueva y no podía entender qué estaba haciendo mal. ¿Estaba muy gorda?, ¿desarreglada?, ¿debería vestirme como para la pasarela de una marca deportiva?.

La gente suele temerle a lo diferente, a lo que no encaja con lo que conoce como “normal”. Y eso sentí que sucedió. Me miraban extraño, y era por romper el molde. El hombre en el gimnasio está destinado a demostrar su masculinidad levantando veinte mil kilos, mientras que la mujer acentúa sus ganas de tener el cuerpo inmaculado, quemando grasas con estilo en las clases. El estereotipo que le asigna un rol y lugar a cada sexo sigue impregnado en cada arista de la sociedad, y depende de cada uno romperlo. Quizá, mi manera sea boca abajo, a tres metros sobre la tierra, tirando un mega desde las alturas telísticas.

Colaboración
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