Revista Palta | EL MITO DEL NIÑO BLANCO
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EL MITO DEL NIÑO BLANCO

Apenas entramos lo primero que vemos es un cuadro de diálogo como de Internet de un dinosaurio saltando que dice algo como “volvemos pronto”. Acto seguido la obra abre con Juan y Natalia mirándose enfrentados y un gesto que es una de las cosas que me gustan de la obra: el blanqueo. Juan y Natalia hacen de ellxs mismxs y no tienen nada que ocultar, “¿Estás nervioso, Juan?”, “arrancamos?”, aunque esto quizás también sea actuación, una puesta pensada para que parezca genuina como la mayoría de los vídeos que estamos por ver.

Ningún pibe nace cheto recorre, entre otras cosas, el mito del niño blanco y su uso en los medios para generar efectos políticos. En ocasiones me acordé de cuando una vez fui a Santiago del Estero y unas nenas me preguntaron si trabajaba en la tele, “¿Vos sos de Cantaniño?” porque tenía algo así como el pelo claro y la cara blanca. El mito de lxs niños blancxs y angelicales, yo era de esa estirpe, podía portar cara de tele y fingir sonrisa de niña publicitaria, la nena gringa, me decían. Pero sobre todo sucedía que ellas eran niñas morenas, lo blanco era digno de tele, ellas en cambio, no se planteaban esa posibilidad.

Hubo momentos reveladores y ahí fueron mi cuerpo y mi conciencia juntos testigos de quienes son esxs que nos están, entre muchas comillas, dirigiendo con políticas nacionales. Fue el momento en que se reveló una verdad que no puedo creer que no hayamos registrado como pueblo: el día que asumió el actual presidente todo lo que pudo hacer, todo lo que nos pudo decir, fue “gracias argentinos” y bailar y cantar una canción que pega con todas las clases sociales y que es como un himno nacional sólo que más cool y trendy: Fuiste de Gilda. Sentí que se me revelaba una verdad espiritual. Después de eso pensé, estxs chicos sxn investigadores: el primer discurso presidencial que fue una canción cantada como Karaoke, ¿cómo no nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo? El problema es que la televisión nos confunde, asumimos por completo el show, vemos la película y parece que no nos está pasando a nosotrxs, que es ahí, es la tele, otro registro.

Como estudiante de Sociología la obra fue a la vez un deleite y algo agotador. Un deleite porque podía entender el lenguaje en el que hablaban, por así decir el marco teórico, y agotadora porque la intensidad con la que se conjugaban las citas, lxs autorxs, las referencias epistemológicas y el análisis del análisis me llevaron a un lugar que como estudiante quisiera no recordar tanto. Si bien me excitaba cuando nombraban libros y autores que conocía y asentía que sí con la cabeza como diciendo “gracias por hablar el mismo idioma”; el material de trabajo de un estudiante de Sociales es agotador y la información para procesar es tanta que sólo puede hacerse espaciadamente.

Natalia y Juan hacen algo oscuro que ilumina: develan el archivo de la sombra de lxs poderosxs, capturados en sus momentos menos pensados pero más reveladores: en ese sentido, me sorprendió un montón pensar en esa tarea de investigación, en el proceso de armado de la obra que podría ser la tesis de alguna carrera por la cantidad de bibliografía que manejan y de citas de teóricxs, sociólogxs, filósofxs, antropólogxs.

Por momentos me puse un poco emocional: estallé de risa con los Teletubbies cayendo desde su pradera, me indigné cuando el señor presidente hablaba de sus hijas y cómo las sentaba a upa aún siendo mujeres que toman sus propias decisiones y le gustaba que estuvieran alrededor de él. Cómo cada vez que alguien le hacía una pregunta incisiva, difícil, se respondía mostrando su nueva adquisición simbólica totalmente programada: una bebé que no tiene la culpa de haber nacido cheta, como nadie tiene la culpa de nacer según el estrato social que fuere y por eso, ahora sí por culpa del sistema, cargará con los efectos sociales y políticos que le correspondan, con las marcas en el cuerpo y los gustos, creencias y prejuicios que a partir de esto se monten sobre elles.

 

Julieta Blanco
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