Revista Palta | MIS PRIMERAS SIEMPRE LIBRE
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MIS PRIMERAS SIEMPRE LIBRE

Me fui al viaje de egresados de la primaria. El día anterior a viajar había ido con mamá a comprarme una bikini. Nunca había usado una, tenía muchos complejos porque era medio “rellenita”, como nos gusta decir a las entusiastas.

Mis amigas eran flacas, sus tetitas ya formadas buchoneaban que ya eran todas señoritas, o en su mayoría. Yo sabía que muchas en sus bolsos, además de más bikinis que yo, llevaban sus toallitas femeninas y algún jean que les marque bien el culo. Yo tenía el orto medio de vieja, no sabía elegir ropa que le guste a los tipos.

Pero ése era, decididamente, el motivo de mi viaje: chaparme cuánto tipo pudiera. Sabía que yo era simpática y que, aunque sea, al que le gustaran los Red Hot Chili Peppers le sacaba el tema música y lo enroscaba hasta tranzar en frente de todas las señoritas. Lástima, claro, que los chicos a esa edad estaban demasiado en la play y demasiado en la paja como para no tener barba ni ser varoniles.

No me importaba. Yo tampoco era una señorita. Era una nena rellenita con bikini de Wall Mart que iba a romperla.

No fue tan así.

El segundo día de viaje decidí pedirle prestada la bikini a Lau, una de las lindas del curso. Además, tenía mejor gusto que mi vieja y que yo, y de los modelos del Wall Mart para los caídos post-corralito.

La bikini de Laura fue un éxito. Unos chicos de otro colegio no me vieron como puerquito y me gritaban piropos. Y no había ni hablado de los Red Hot todavía.

La pileta no me gustaba, los juegos me agitaban. Después de descubrir a los los boludos que se aguantaban el aire bajo el agua para ver culos, decidí salir para mirarme en el espejo del baño. Chequear si en una de esas la bombacha de mi bikini se me había metido adentro de la cola.

Saludé a las chicas que no se metían a la pileta. Eran medio gorditas e inseguras, supuse que no se metían por vergüenza. Adentro del baño aproveché para mear y en la bikini azul Francia que me había dado Lau apareció un manchón rojo que me dio tanta alegría como pánico.

Pero la puta madre, pensé. En el viaje de egresados me tiene que venir. No sabía con quién hablarlo, no había forma de comunicarme con mamá y las coordinadoras del viaje de egresados estaban demasiado entretenidas histeriqueándose a los coordinadores.

Mis asesoras fueron Nadi y Dai, compañeras de cuarto. Después de celebrar que ya era mujercita y que podía ser mamá si no me cuidaba con forro de grande, fuimos a comprar toallitas. No sabía cómo funcionaba la cosa, se ve que las otras no eran tan señoritas porque tampoco la tenían tan clara.

Siempre estaba manchada la toallita, así que el debate era: ¿dejamos que se siga manchando esto o una se las va cambiando cada vez que va a mear?.

Ninguna era lo suficiente mujer para aconsejar ni para ser mi mamá, y su respuesta poco convincente dejó a mis intuiciones como las únicas aliadas en esto.

Cinco paquetes en tres días gasté. 40 toallitas. CUARENTA.  

No me quería meter a la pileta y me quedé con el grupo de las vestidas, que además de inseguras eran mudas. Un embole. Para el último día, “ya fue”, me metí al agua con la toallita tal me había aconsejado Nadi. Salí como bebé con un pañal meado y cagado que me marcaba un bulto pronunciadísimo en la bikini del Wall Mart. Puteé bastante, extrañé a mamá, quise ser chica de vuelta. El agua del pampers no dejaba de chorrear y mis ganas de ser mujer se habían agotado en las 40 veces que me había cambiado toallitas y las otras tantas que pedí que me dijeran si estaba manchada.  

Una noche Dai se enojó porque no había tirado bien la cadena y “había dejado un churrasco en el inodoro”. Lloré como nunca había llorado. Más tarde entendí que era parte del mambito menstrual.

Pero no todo salió tan mal. La sangre no interfirió en la pista de baile, y trancé lindo, me puse de novia y me volví con una pulserita hermosa que me regaló mi galán. Pero eso no llegó a ser el evento protagónico de mi primer viaje en bikini y menstruada. Las cuarenta Siempre Libre triunfaron.

Volví habiéndome gastado toda la plata que me dieron para los souvenirs en toallitas. A la mierda los alfajores de membrillo que le quería traer a la abuela. A la mierda la remera para mi hermano, los aritos para mamá, la piedrita para papá. A la mierda mi niñez.

Maru Labat
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