Revista Palta | MI PRIMERA VEZ CON ESTAMBUL
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MI PRIMERA VEZ CON ESTAMBUL

Se acercaba el momento de mis esperadas vacaciones. Esto me emocionaba porque necesitaba urgente el descanso y la desconexión de la rutina, pero al mismo tiempo me llenaba de ansiedad. No quería quedarme en casa, tampoco tenía compañía para un viaje pues ninguna de mis amistades estaba disponible.

Una noche en medio de un impulso de quinceañera me enteré de una oferta de pasajes a destinos exóticos, en medio de un trance saque la tarjeta de crédito y sin pensarlo mucho compre un ticket en oferta para Barcelona, España. Luego de una euforia desmedida que duró pocos segundos, me di cuenta que el boleto tenía una peculiaridad; debía pasar 24 horas en Turquía, Estambul.

Hice caso omiso a un par de tías fatalistas que me dijeron que estaba yendo a la boca del lobo y armé mi plan; tomar un city tour parecía la mejor opción para aprovechar el tiempo. La verdad es que mis conocimientos sobre esta ciudad y sobre Turquía en general eran bastante escasos, pero hice de esto otra herramienta para que mi experiencia fuese lo más rica posible.

Llego el esperado día. En medio de mi cansancio por el largo viaje la emoción seguía intacta. Bajo del avión y cruzo el inmenso aeropuerto a las corridas para no perder mi tour. Primer reto: migraciones turcas. El oficial apenas entendía mi inglés y yo el de él, pero con un par de sonrisas torpes logré que culmine el engorroso interrogatorio y me dieron la bienvenida con un sello ruidoso estampado en mi pasaporte.

A los pocos minutos de iniciado el recorrido en el autobús, mis miedos me fueron abandonando y me conquistó el paisaje arquitectónico. Me encontré con una ciudad llena de historia donde distintas culturas conviven en una aparente armonía. Primera parada, degustación gastronómica. No sé decir que comí, pero la satisfacción fue absoluta, la cantidad de especies bien mezcladas en mis platos me vuelven loca en el mejor de los sentidos. Barriga llena, corazón contento.

Segunda parada El Palacio Topkati, museo de la herencia del Imperio Otomano. Antes de entrar al lugar nuestro simpático guía nos explica que desde el interior de los jardines podremos avistar El Bósforo (esto lo sacaría, para que no quede tan largo). Rápidamente saco mi cámara y, embelesada con la imponente fachada, no me doy cuenta que mi grupo se aleja.

El corazón contento empezó a palpitar más fuerte. De pronto se acerca un soldado turco con un arma larga y me habla en su idioma. El arma me asusta y, en medio de mi nerviosismo alcanzó a balbucear: “Sorry I don’t understand you, I am a tourist”. El tipo me señala un puesto de seguridad donde soy revisada más que  en el aeropuerto. Detector de armas, máquina de rayos x y al final una policía mujer que termina la inspección. Después de pasar con asombro al interior del edificio, mi guía me explica: “es por las amenazas terroristas”. Decido ignorar esto para no perder mi incipiente valentía y volver a dejarme conquistar por lo vistoso del hermoso lugar.

Cada jardín es más imponente que el anterior y al fin llego al fantástico lugar para avistar el Bósforo. En medio de la magnífica vista somos interrumpidos por un altavoz que da un mensaje en turco. Vuelven las palpitaciones cuando registro las caras de alarma. El guía trata de conservar la calma y nos advierte que debemos volver con orden al autobús y de regreso al aeropuerto.

Cuando llegamos a nuestro destino, nos revelan el misterio: Un par de hombres se acaban de inmolar en áreas públicas. Por seguridad nos recomiendan volver al área de pasajeros en tránsito.

A pesar del susto, Turquía me dejó con un abreboca que despertó mi curiosidad por este precioso lugar.  Me saco de mi rutina, me encontré frente al temor, y amplié mi paladar y mi cabeza en pocas horas. Me prometí volver mejor preparada la próxima. Emprendí camino hacia la linda Barcelona, olvidada en segundo plano por una breve escala que marcó mis aventuras viajeras.

 

 

Por Leisa Mancipe.

Colaboración
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