Revista Palta | MI PRIMERA VEZ CON ALEJANDRO AWADA
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MI PRIMERA VEZ CON ALEJANDRO AWADA

Alejandro Awada y yo nos conocimos entrada la noche en una casa alejada de la Capital Federal. La reunión, festejo del lanzamiento del nuevo disco de Los Espíritus, Gratitud, y del reciente premio ganado de Awada, se convirtió en fiesta. Había amigos y familia, niños y asado. Se usaron todos los tipos de vasos y tazas que había en la casa. Vacíos y a medio llenar, con espuma seca pegada a las paredes, llenaron todas las superficies lisas de los muebles. Adentro no hubo fuego, lo aclaro por si hay alguien llega a encontrar alguna foto de esa noche. Pero los rincones y las caras de todos estaban iluminados de naranja, un naranja calidez de hogar que terminaba agotando. Para cuando yo conocí a Alejandro Awada, todavía llegaba gente.

Fue mucho después que yo me enteré que él había pasado toda la noche recluido en su dormitorio. En determinado momento, imagino que por cortesía y algo parecido al afecto, salió a saludar. Compañeros, amigos, invitados terceros, se acercaron y él recibió las felicitaciones dando apretones de manos y sonriendo, disimulando como siempre había visto en televisión, el asco reiterado. De casualidad quedamos los dos sentados a la altura de una mesa baja de madera de pino oscura, con un grupo de personas. Y enseguida yo también quise expresarle mi admiración. No me importó que tantos otros lo hubiesen hecho, nomás quise decirle. Empezamos a hablar de lejos, cruzando las conversaciones de los de alrededor, apagándolas.

Más tarde me encontré en sus brazos. Él nunca dejó de mirarme con los párpados caídos, sabiendo desde el minuto cero que ningún contacto anula tanto hastío despiadado. Con una mano me agarró de la cintura y con la otra mi mano, estábamos bailando un lento aunque no sonaba nada, al menos yo no escuchaba. No sé cuándo fue que empecé a derretirme cual manteca al calor, no sé cuándo me hice seda por dentro y él lo percibió. Mi otra mano la tenía apoyada sobre su pecho, en la solapa del saco que vestía, y en el hombro tenía caídas de la cabeza, escamas de caspa. Me dijo que el amor pesaba como quilates sobre la cabeza. Me dijo que pronto iba a tener que volver a su dormitorio porque la hipocresía lo llamaba desde adentro. Que me quería hacer pero no de todos modos no, el amor. Su cara rozaba la mía, estábamos muy cerca mirándonos a los ojos, y su barba contra mi piel era poco amable. Yo le dije, lo roto enamora y me quiero romper. Me entristecí cuando Alejandro desapareció y recuerdo que el mundo se volvió confuso: vi a Pipe Correa y a Martín Ferbat sentados en un sillón por allá, improvisando con otros una música. Vi que todavía salía humo de la parrilla del patio y no entendí que la fiesta continuara si ya estábamos en el apocalipsis.

Busqué un papel en los cajones de toda la casa, y con un fibrón anoté mi número de teléfono. Esperé mucho rato la oportunidad de entregárselo, pero no volvió a salir y esa anotación yo no podía encomendársela a cualquiera. El papel se me fue deshaciendo con la transpiración de la mano y la tinta verde se pegó a la palma. No quería que se terminara el sueño antes de poder estar segura de que mi número le llegaría, pero me desperté. Cuando abrí el puño cerrado, todavía tenía verde.

 

 

Por Agustina Espasandín.

Colaboración
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