Revista Palta | MI PRIMERA VEZ COMO PUTITA PREMIUM
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MI PRIMERA VEZ COMO PUTITA PREMIUM

Empezamos la noche de la fiesta de fin de año de la empresa. El reventón esperado, la eyaculación anual en donde se desfiguran las caras, las formas, las formalidades contenidas en trajes y polleras tubo. El “las vegas” low cost de los oficinistas promedio. Pablo se había juntado antes con el gerente de finanzas y llegaron con los ojos brillosos y chiquitos, no iban a durar. Ellos, los del cargo de gerentes de algo, usan trajes con pitucones, esos que se volvieron a usar, les planchan las camisas todos días, les gustan las pendejas, los Apple watches y los perfumes de free shop.

Después de las actividades programadas del evento, sorteos, palabras motivadoras impostadas del CEO y alguna cosa más, veía borroso, me comía el mundo y bailaba cuarteto con el presidente de la empresa, que se dejaba tocar la pelada por las chicas de limpieza.

En un confuso pase de canciones Pablo me agarro la mano y me llevo afuera.

Planazo.

Me gustaba hacerme la linda con él. Me calentaba de una forma que no tenía desenlace posible, por mi ingenua barrera moral inicial: casado en un segundo feliz matrimonio (según lo que me dijo unos meses después “yo amo a mi mujer”), dos hijas, una de cada, fotos en Facebook con un minón de esposa, medio Claire Underwood con pelo largo, sonrisa grande y bronceado 365 días.    

-Madonna, fumamos un pucho?

No me acuerdo cuándo empezó a decirme Madonna, para mí es un montón, pero me gusta sentirme medio ella en la época de los corpiños de cono exagerados. Medio putona, guerrera, sucia pero a la vez histérica y nenita.  

Fumamos más de uno, me hacía chistes con ojos libidinosos y yo estaba muy a la altura para retrucárselos.

-¿Nos vamos juntos a Nueva York? Yo te invito, pero del hotel no salimos.

Pajero.

Y yo le decía que sí, que de una. Re chica trashera vip que se va con tipos casados a garchar al primer mundo. Sabía que el papel de putita premium me iba a durar lo mismo que el efecto en el cuerpo de porro, birra y tragos medio pelo. No quedaban muchas más promesas ebrias por hacer, en medio de 3 o 4 cigarrillos organizamos alojamiento, fechas y algunos planes como ver a Woody tocando jazz. Me fui a bailar y no lo ví más esa noche. Quebró. Seguro.

Durante las semanas que siguieron hablamos mucho por inbox de Facebook. En su foto de perfil las hijas, una de 8 y una de 3. Como para reforzar la idea paternal, como para subrayar que estaba cruzando mi límite moral y esa tensión en mi cabeza me calentaba más. Todo el morbo, todo los issues edípicos no resueltos ahí construyendo escenas dignas de video porno cliché.

-Probemos y después nos arrepentimos. Yo quiero y vos también. Olvídate de los mandatos sociales, el jueves al mediodía, es nuestro momento de demencia.

Y siguió:

-Igual el rol de acosador, me cabe poco, ya medio que me bajo, y preferiría que no me dejes. – Me escribió buscando complicidad y apurando respuesta.

-Cero acosador eh, es otra cosa, sabes, pero te acompaño a bajarnos.

Con algunas otras herramientas discursivas berretas que terminaban siempre en una negativa histérica, se despidió y no volvimos a hablar por 4 meses. Mientras tanto, miradas de pasillo y saludos protocolares en la oficina, nada más.

-¿Vas a la despedida de Fede? – Volvió un día el oportunista buscando una fisura en la matrix del tiempo matrimonial.

-80% sí

-¿Nosotros hacemos 100?

-No sé de qué hablas

-Tomamos algo ahí y nos vamos juntos, ¿querés?

El plan era un clásico after office interdepartamental en un hostel con bar en el subsuelo. El dueño del lugar es el presidente de la empresa, como para que nuestro sueldo centrifugue en un mismo sentido.

Pedimos una jarra de cerveza tirada. Quilmes, pero tirada y entre cuatro, la ecuación me pareció bien para arrancar. Estaba a dos vasos de bajar la exigencia en cuanto al posicionamiento de la marca de birra cuando llegó Pablo. Estaba vestido como se visten las personas que huelen muy bien, blazer beige, buena genética capilar –como un Pablo Echarri en Resistiré a nivel peinado- mix de canas/no canas en la barba de medio centímetro de largo, que entró hablando efusivamente con el gerente de alianzas bancarias. Me activó el sensor nena-histérica-sucia pero me hice un rato la compenetrada en otra charla sobre la discapacidad de liderazgo de mi jefe y otros tópicos básicos de after office.

-¿Me vas a ignorar mucho tiempo más? – Me habló por atrás cuando salía a fumar y definitivamente tenía el mejor perfume caro y poderoso que olía en mucho tiempo. De esos perfumes que deben estar científicamente testeados para calentar a cualquiera que se acerque a menos de 20 cm.  

-Hola Dave –  Acordamos que si yo soy Madonna, él es Dave Grohl, una versión corporativa, por supuesto.

-¿Cómo estás nena?

NENA.

Me dijo nena como si supiera exactamente los interruptores que tiene que activar para sacarme sexualmente de quicio.

Flor, que me estaba esperando para fumar, debe haber salido unas cinco veces más y no me importó. Perdí levemente la conciencia del tiempo y del entorno, hablamos cerca y enfrente de todos, expuestos al radio pasillo jugoso, adictivo y molesto del día siguiente. Hablamos de su adolescencia, de rehabilitación, de lo personaje que es su viejo, de la fidelidad y de cuándo ama a su mujer, tanto como para no reprimirse el deseo de estar con otra persona.

Había empezado la etapa de la noche en la que parecíamos tribus haciendo actividades diferentes por grupo. Algunos bailaban, otros hablaban gritando y brindando mucho, otros miraban sus teléfonos en plan de fuga, otros salían a fumar y otros hablábamos cerca en pares.

Lo agarré del brazo y, cinematográficamente, le dije “hoy me voy con vos”.

 

 

Por María Noel Pérez.

 

Colaboración
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