Revista Palta | MI PRIMERA VEZ COMO GORDA FAN
549
post-template-default,single,single-post,postid-549,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

MI PRIMERA VEZ COMO GORDA FAN

Intentaba posar igual a Camila Bordonaba en su look diablito cuando mis amigas me sacaban fotos con las cámaras descartables que nos daban para los campamentos. Combinaba mi ropa a lo Flor Bertotti y usaba corpiños deportivos arriba de remeras, zapatillas Converse y polleras con pantalones. Le dediqué un fotolog a Candela Vetrano, hablé por teléfono con sus hermanas, le firmé a Lali el suyo diciéndole que la amaba y armé collages con fotos exclusivas de los programas de Cris. Remodelé mi cuarto para darle una onda más adolescente y pegué con cinta scotch un póster de Peter Lanzani sobre la pared color verde manzana. Le recé a su lunar. Una noche soñé que me lo chapaba y cuando me desperté y entendí que era un sueño me deprimí fuerte. Era una gorda fan.

Mi primero de esos amores platónicos fue con Benjamín Rojas. Miraba Rebelde Way a escondidas y cuando empezó Floricienta le prometí a mamá que si conseguía llevarme la grabación yo iba a lavarme los dientes todos los días, ayudarla a poner la mesa y bañarme siempre sin pedir “excepción”. Obvio que no cumplí, pero ella sí: superó la vergüenza que le daba y llamó por teléfono al contacto que tenía para pedirle que, por favor, me llevase con él a la mansión Fritzenwalden.

Invité a mi mejor amiga, que se puso como loca y vino a dormir a casa la noche anterior. Me prestó una de sus remeras de esas que se agarran de un solo hombro, y pusimos la alarma lo más temprano posible.

Miramos cómo grababan la primera escena de la mañana sonriendo desde un costado. Cuando terminaron, las actrices halagaron nuestra vestimenta y fueron ellas las que preguntaron si se podían sacar una foto con nosotras. Logramos que todos firmasen nuestro álbum de figuritas, nos sacamos fotos con el cartel del Pasaje de los Besos y le pedimos deseos a la caja de amuletos de Flor.

Estábamos charlando sobre lo poco mala que era Malala, y lo bien hecha que estaba la colita de pelo de Delfina, cuando apareció nuestro adorado Benjamín Rojas. A esa edad todavía no nos habían enseñado a ver a otras mujeres como amenaza, así que no competimos entre nosotras. Lo miramos fijo (porque nos fue imposible disimular) y esperamos paraditas hasta que terminó su charla y caminó hacia donde estábamos nosotras.

Tener al modelo de los pósters que nos chapábamos todas las noches en vivo y en directo nos hipnotizó, así que no llegamos a frenarlo en su caminata; pero cuando pasó por al lado nuestro él solito dijo: “¿todo bien?”. Qué humilde. Lo seguimos, caminamos detrás suyo hasta que se frenó en la puerta de un camarín, le dimos dos golpecitos en la espalda y, tímidas, le preguntamos si nos podíamos sacar una foto los tres.

Cuando revelé el rollo le dije a mi papá que me había enamorado y que creía que él también, por la manera en la que miraba a cámara con los ojitos celestes que le brillaban, y por cómo me apoyó la mano en la cintura cuando posamos para la foto. Así que, segura de que la historia de amor estaba recién empezando, me empeciné de nuevo: hice todo lo posible, esta vez con papá, y conseguí repetir la secuencia camarines cuando Floricienta estuvo en el Rex.

Él vino conmigo, teníamos asientos en la primera fila. Cuando nos acomodaron, nos dieron una especie de piloto/capa con capucha y nos dijeron que era porque en una escena salpicaban agua de una fuente y las primeras filas se mojaban. Pobre papá. Benja cantó Kikirikí versión gato, y en la parte que dice que quién será la elegida para ser mi gran amor, si me miras con cariño la elegida serás vos me señaló. Yo lo miré a papá que me codeó y me apretó la mano fuerte. Un poco morí de vergüenza, otro poco compartimos la emoción.

En los camarines busqué a Benja y a sus ojitos de lobo, como decía mi hermana. Tardé en encontrarlo, pero de repente apareció entre la gente con poca ropa y transpiración en la cara de esa que brilla. Pidió perdón por su aspecto y se declaró fan de papá. Después me dijo “yo te señalé a vos”, papá hizo un chiste que no me acuerdo y Benjamín le hizo una reverencia pidiéndole por la mano de su hija (o sea la mía). Morí de amor.

Me prometí volver a buscarlo, pero su lugar lo ocuparon (poco tiempo después) Peter Lanzani y las ganas de ser amiga de los Casi Ángeles. Mi sueño pasó a ser irme a Israel con ellos y subir videos graciosos en desayunaderos de hoteles. Fueron millones las veces que me peleé con papá y me levanté de la mesa llorando porque no me dejaban ir a los castings de Cris, porque insistían en que primero tenía que terminar el colegio.

Un día Lali dijo en una entrevista que su actriz preferida era mi mamá. Eso para mí significó, de alguna manera, que podríamos llegar a ser amigas. Lo comenté ilusionada con mi hermana mayor, esperando que compartiera la emoción conmigo; pero, lejos de eso, se rió de “mi amor por los famosos” y me tildó de interesada. Después me aconsejó que se me vaya pasando porque “mirá que si a los 40 años sos fan, sos Lorna”.

No sabía quién era Lorna, pero el mensaje me llegó igual: ser parte del mundillo significaba no ser tan fan. Así que me dije que todos eran unos pelotudos y que no admiraba a nadie. Crecí un tiempo creyendo que eso era ser canchera, e incluso me auto-psicoanalicé al punto de creer que mi deseo de conocerlos era el de desilusionarme, que ellos no eran más que las proyecciones de mundos inexistentes.

Me dije que hay una edad donde está bien, y otra donde el fanatismo se vuelve una obsesión que mejor que la trates con un psicólogo. Que hay una edad en la que ya no podés seguir compartiendo las coreos que aprendiste repitiendo infinitamente los vídeos de youtube; que si querés bailar, mejor que sea a escondidas. Y que si querés tener un ídolo, que no se note demasiado.

Hoy ya no siento ese nivel de fanatismo por nadie, y lo agradezco porque sino me daría vergüenza. Miro casi con desprecio a las Believers o a las Lalitas y sé que, en parte, esa mirada es impuesta. Me pienso rezándole al lunar de Peter Lanzani y me siento estúpida, pero también envidio la fuerza con la que deseaba las cosas: esa falta de contradicción dentro mío, la impunidad del deseo que se terminó cuando me empezó a importar la mirada de los otros.

Porque confundí crecer con censurarse. Cambié mis deseos por otros más posibles, y aprendí las estrategias para conseguirlos, como si se tratara de un método. Pero hoy extraño a mi versión soñadora, y me pregunto si no me equivoqué.

Si crecer no tendrá que ver, en realidad, con poder volver a eso. Si sentir el peso de las miradas censuradoras no será, simplemente, el primer paso para sacárselas de encima. Si en mi intento de ganar madurez, no perdí tantas otras cosas.

Manuela Martinez
[email protected]