Revista Palta | MI PRIMERA VEZ COMO BILLY ELLIOT
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MI PRIMERA VEZ COMO BILLY ELLIOT

Ya el año pasado hice una cosa rara pero con convicción. Me autofilmé bailando en un supuesto solo de danza por un casting que hacía un coreógrafo francés para un espectáculo que se haría en el Museo de Arte Moderno. El tipo buscaba no bailarines y bailarines muy específicos. En los ensayos de la obra ellos me dijeron que cuando vieron mi video creían que lo que yo hacía era algo que no sabían qué nombre tenía pero que les daba curiosidad. Yo les dije que «eso» era mi manera de bailar en fiestas.

Fueron tres días de ensayos y tres días de funciones donde estuvimos muchas horas en el museo y bailábamos todos todo el tiempo. En un recreo del ensayo fuimos a comprarnos unas cervezas y les conté a mis compañeros que me encantaba bailar, que me gustaría hacerlo con más regularidad. Ahí pensé en clases, como una manera de entrenarme en el baile.

Pasó un año.

Pensé que iba a ir a hip hop porque eso me divierte. Fui a una clase pero no pude seguir yendo porque se cruzaba con mi horario laboral. Hablando con Rodo, un amigo que es chileno, y con el que siempre decíamos que íbamos a hacer una obra de danza juntos, me dijo que vaya a lo de Celia, que seguramente me iba a interesar, no me acuerdo el por qué pero me lo recomendó. Yo nunca había visto bailar a Celia, ni sabía mucho de ella. La agregué a Facebook, le escribí un inbox y me dijo que vaya un jueves. La cuestión horaria me cerraba por ambos costados, de 20:00 a 22:00. Bailar de noche tiene todo el sentido del mundo para mí.

Llego al estudio y pago una clase suelta. No me voy a sentir casado con un espacio que ni siquiera conozco, en terreno totalmente desconocido. Entro a la sala, le digo «yo soy Juan y tengo hiperhidrosis». Perfecto, me responde ella. Le pregunto si puedo hacer la clase con zapatillas porque no me gusta estar descalzo. Me dice que a la dueña no le gusta mucho pero que las traiga y que si me incomodo me las pongo.

No me acuerdo todos los detalles, pero hubo un encuentro que fue feliz. Estar en el suelo y pensar en la idea de útero como espacio, el estudio tenía algo de eso. Y yo sentía ser persona formándose, no en el sentido académico sino humano. Empezaba de a poco a tener manos, pies, piernas, partes de mí, las empezaba a sentir, las extremidades, lo cutáneo. Uno empezar a reconocer(se).

En esas clases me entendí como un pedazo de carne. De ser nada y ser pura materia. El cuerpo me empezó a emocionar, esa posibilidad de moverse moviendo lo que rodea y lo que adentro uno contiene. Me pongo muy espiritual y eso me gusta porque entonces me creo bailarín verídico. Amo tener machucones en el cuerpo. Amo las reflexiones sobre el tiempo, sobre el tiempo y el aire. Pensar en agua, en que uno puede ser una pelopincho o un charco. Que el agua se te escapa y que uno puede ponerse en ese lugar y no ser un cubito, o ser un cubito y dejar derretirse en la pileta de la cocina e irse por las tuberías a tener una vida impura llena de gérmenes.

 

 

Por Juan Gabriel Miño.

Colaboración
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