Revista Palta | MI PRIMERA NAVIDAD SIN PAPÁ NOEL
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MI PRIMERA NAVIDAD SIN PAPÁ NOEL

Fue la navidad más aburrida del mundo. La cena fue como una cena de grandes de un día cualquiera. Los regalos estuvieron sentados en el árbol desde el momento cero y pude medir con los ojos el tamaño de todos los que tenían mi nombre, e imaginarme varias opciones de todo lo que podía haber dentro. Me aburría pero me gustaba saber que ya era parte de ese mundo, los adultos. Jugué a ser una más. Me entretuve decorando la mesa con servilletas de colores y abriéndole la puerta a los que llegaran. Mi tío se sorprendió de que yo le abriera e intentó esconder los regalos, después se volvió a sorprender cuando le dije que ya no creía en Papá Noel. La miró a mamá, como chequeando información, y fue a dejar sus regalos al árbol.

En la cena me preguntaron cosas como cómo me estaba yendo en el colegio y cuáles eran mis materias favoritas. El resto fue comer y hablar de cosas que yo tanto no entendía. Pero me quedaba callada, ya no estaba en edad de intentar llamar la atención, eso me decía. Estaba apurada por servir el postre, que lo había cocinado yo; así que unos minutos antes de que mamá pusiera a hacer el café me fui a decorar la bandeja de las trufas. Las llevé a la mesa con cara de “vergüenza” y esperé a que todos me hablaran de lo ricas que estaban. Los tíos hicieron comentarios como “¿Manuela ya cocina?”, uno de mi edad medio bobo me felicitó acariciándome el hombro, y yo me puse triste porque Carlos ya estaba muy lleno y eligió no probar.

La mesa dulce terminó temprano, mucho antes de las doce, y mamá quiso entregar los regalos. Puso la excusa de que yo ya estaba grande y “no era necesario todo el ese circo”. Yo insistí en esperar un poco más pero no me hicieron caso. Lo que sí me dejaron fue seguir con la tradición de repartir los regalos, así que me senté en el árbol y empecé. Lo organicé perfecto: primero pispié más o menos cuántos había y para quiénes, y después, haciéndome que los iba agarrando en ese orden de pura casualidad, los entregué “desorganizados”, cosa que nadie tuviese un bache demasiado largo sin recibir algo. Al principio me salió bien pero después los grandes se impacientaron y quisieron romper mi orden. Me invadieron, entregaron de a tres a la vez y se aburrieron en mi parte favorita: ver y festejar lo que le tocaba a cada uno. Me acuerdo que dentro de ese caos de dar muchos regalos juntos me confundí y le dí uno que decía “Mechita” a mi hermana Mey. Ella lo abrió y se lo guardó contenta; después la abuela anduvo quejándose de que no había visto el perfume que le había comprado a mi mamá. Mamá dijo que “se le debía haber caído en el camino”. Yo no dije nada.

Todavía faltaba mucho para la parte de los fuegos artificiales, y todos esperaron eso para irse. Teníamos un tiempo muerto, y si yo no encontraba algo para hacer me aburría. Me empezó a atacar el sueño, pero por suerte mi tío me salvó con la idea de jugar al Diccionario. Me encantaba porque ahí yo ahí me reía con los grandes, entendía sus chistes, era todo de igual a igual (excepto para jugar, que quería hacer dupla con uno de ellos, claro). Siempre estaba mi tío Hugo que jugaba en joda y mi tío Carlos que jugaba en serio. Eran los dos muy buenos. A veces algunos votaban las definiciones de Hugo que eran graciosas y Julia se enojaba porque decía que “para eso cualquiera…”. Yo seguía sin entender por qué no habíamos jugado antes de los regalos, por qué para eso no esperaban a las doce si de todas maneras se iban a quedar a ver los fuegos, si total no nos íbamos a ir a dormir… pero a mamá le molestaba estar fijándose la hora a cada ratito y quiso que los fuegos la interrumpieran. Así fue.

Salimos a verlos al balcón, cerrando siempre la puerta, cuidando a Copito que si no se asustaba con los ruidos. Cuando volví del balcón ya todos tenían la campera puesta. Mis hermanas salían, iban a una fiesta, mamá dijo que ella ya se iba a acostar. Les pregunté a mis hermanas si podía ir con ellas, otra vez las ganas de ser grande. Ni ellas ni mamá me dejaron. La gente se fue rápido. Le dije a mamá de seguir jugando, pero me pidió que en vez de eso la ayudase a levantar. Llevé un par de platos a la cocina y me acosté. Me dormí, sin ganas, pero con la promesa de que, así como ya era parte del grupo que no creía en Papá Noel, un día iba a ser más grande todavía e iba a ir con mis hermanas a esas fiestas después de las doce.

Manuela Martinez
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