Revista Palta | MI PRIMERA MARCHA
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MI PRIMERA MARCHA

No sé que voy a escribir y de eso se trata todo. De ser, sin saber. Sin preconceptos.

Yo soy yo. Siempre fui yo. Siempre tan actor, tan hijo único. Ahí, correteando y figurando para ser el centro de mi mundo y de todos los mundos, para que mi vieja dijera mi nombre cuando hablaba por teléfono con alguien, y yo gritando hasta bastante grande y huevón, queriendo llamar la atención.

Esa noche, recién llegado a una reunión, todavía empapado por la lluvia, un amigo me dijo “Tu primer marcha, y fuiste a la de las minas”. “Sí” Le dije. “Mi primera marcha, y fui a la de las minas”.

Viví un tiempo afuera y la distancia me dio perspectiva, y la perspectiva interés y preguntas. Sí, el mundo se siente más infinito que antes, pero…¿por qué pasé tanto tiempo de mi vida al costado cuando al mundo, a mi mundo, le pasan cosas? ¿Acaso yo mataría por proteger a alguien que amo aunque mi moral preconcebida indique lo contrario? Yo llego a mi país y voy a empezar a estar. A participar. A ayudar a protegerlo, me decía. A rendir cuentas y dar mi apoyo al mundo en el que yo sucedo.

Yo, yo, y mil veces yo. Siempre fui yo.

El 19 de octubre del 2016, me desperté en Argentina y leí conversaciones que no entendía. Argumentos, posturas, experiencias, discusiones amables, discusiones menos amables. Lo único que quedaba claro, era el título de la jornada: Ni una menos. Así, separado, sin hashtag. Y claro. Yo (así, bien pronunciada la sh), a eso del mediodía, ahora me recuerdo pensando nada más en por qué yo no podía participar de la marcha. ¿Por qué no podía YO marchar junto a las mujeres?

Me fui a un café y escribí sin pensar. Necesitaba entender. Necesitaba saber qué significaba, qué significa para mí. Porque yo, yo, y mil veces yo.

En algún momento del día supe que tenía que ir. Que la única manera de terminar el trazo del dibujo amorfo de mi cara dislocada, ausente, era yendo.

Respiro. Pausa. Y les cuento. Me asusta no saber como voy a seguir este texto. ¿De qué se trata tanta palabra? ¿Por qué escribo ésto?

Entre el cemento denso y el calor de un millar de cuerpos en la estación Carlos Pellegrini de la línea B, vibraba un cambio. Personas que no entendían qué pasaba. Por qué la escalera ya no funcionaba como tenía que funcionar. Por qué nadie avanzaba en un espacio justamente preparado sólo para el tránsito, para ir y venir, para estar sin estar. Pero esta vez no. Esta vez el cemento se había fracturado por el calor de la pólvora. Y entre puteadas, peleas, suspiros y caras de culo, ahí, abajo de la tierra, la revolución encendía la mecha.

Avenida Corrientes, Obelisco, BA de pasto, Mac Donalds. La lluvia mojaba al sistema entre bombos y banderas. Salgo a la calle para encontrarme con unos amigos y siento que desde ese momento hasta una cena en la que estuve después, no existió exactamente el tiempo. O al menos a mí, el tiempo ya no me pertenecía.

Empezamos a andar y nunca paramos. Yo siento que casi no hablé. Que dejé de hacerme preguntas. Que por eso ahora escribo sin saber que estoy diciendo. No sabía, ni sé, porque yo no soy mujer. Porque simbólicamente, entre metáforas y palabras de oleos y pincel, podría jugar a decir con encanto ser alguien que, la verdad, no soy. Porque aunque intentase entender, intentando ponerme intelectualmente en el lugar de…Yo no soy mujer. Yo, soy yo; un pibe de 30 años que más de una vez gritó por la ventana de un auto a alguna chica o festejó los bocinazos de un amigo con la cara afuera de la ventanilla mientras le gritaba barbaridades. Yo, el que fue una vez a un prostíbulo y se fue sintiéndose mal sin saber hasta ahora (sí, hasta ahora, la eterna maldición de la relatividad del aprendizaje) por qué. No eran los hechos ni la anécdota. Era otra cosa que se sublevaba muda en el recuerdo.

Yo marché junto a ellas. Fui parte del acto, sí, pero yo no era esa sangre que recorría las venas de la Capital haciendo vibrar las calles cantando sin cansancio, haciéndose presente entre edificios grises, enmudeciendo la Ciudad del ruido, con un solo grito. Una sola voz. Y de eso se trata la revolución, ¿no? Minutos más tarde, la Plaza que a lo largo de la historia tanta gente vio ir y venir a favor o en contra de tantísimos movimientos políticos, solamente gritaba “Basta”. Basta de una historia que se repitió por inercia a lo largo de décadas y siglos, de una sociedad que se reprodujo porque sí, desde el diccionario hasta el almanaque, desde Billiken a la Biblia. Basta de tocarnos el culo. Basta de matarnos.

Ellas. Voceras del cambio de una sociedad que gritaba con los labios cosidos. Un dolor que nos corroe y siempre ha corroído los huesos a todos. Pero a la hora en que el enemigo que nosotros mismos pusimos del otro lado manchó de sangre nuestro propio suelo, ellas gritaron guerra. Porque los años las descuidaron, las vendieron, las golpearon, las mataron. El diccionario de la cultura les puso insultos en el lugar donde tenían que mostrar con orgullo sus nombres.

Entre bombos, caras pintadas, sonrisas, gritos de guerra, mientras algunas chicas ya hablaban desde el micrófono del escenario montado en la plaza, sentí el rubor y la emoción que no habría podido premeditar nunca. De esas sensaciones invasoras y hermosas. Y cuando debajo de la capucha encontré los ojos de mi amiga emocionada, entendí todo. Entendí que yo no iba a poder entender ni imaginar, que ser testigo de su fuerza me iba a deshacer para poder empezar, por fin, a ver.

Yo no tengo hermanas. No tengo novia. Tengo amigas. Tengo madre. Siempre tuve a mi mamá. Mi primera marcha fue en la única en la que yo no podía ser protagonista. Corretease lo que corretease alrededor de mi vieja mientras hablaba por teléfono, hiciese lo que hiciese, por fin y a los bifes, entendí que esta vez, sólo tenía que arrodillarme como un niño y en silencio escucharla hablar. Escucharla gritar por mí y por ella. Y saber que gracias a tantas tantísimas mujeres como ella, la guerra del amor está empezada.

 

 

Por Sebastián Romero.

Colaboración
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