Revista Palta | MI PRIMER OTRO NÚÑEZ
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MI PRIMER OTRO NÚÑEZ

Durante un tiempo tuve a Núñez minado de asociaciones, todas suyas, más bien nuestras. Nuestra dinámica se había desparramado por el barrio y, durante ese tiempo, no quería ni pensar en acercarme. En realidad, sí lo pensé y varias veces, puro morbo. Me entusiasmaba la posibilidad de volver a verla. Motivar una casualidad, digamos. Regodearme en el masoquismo de cruzármela, que se haga la boluda, mire para abajo o justo esté compenetrada mandando una nota de voz, o en realidad, se haga la compenetrada porque ya me vio venir de lejos. Una evasión con saña. No sé. No pasó, por suerte.

Hoy a la tarde iba en una caminata sideral de Villa Urquiza a Núñez para tomarme un bondi a Vicente López. Entonces empezaron las referencias: el puto Coto al que fuimos a comprar el día que nos conocimos. Era una tardecita de pre verano, llegamos a su casa y puso Glass Animals -por un tiempo también me cagó Glass Animals, pero lo recuperé a fuerza de escucha hasta el hartazgo-. Más adelante, Las Medialunas del Abuelo, a dos cuadras de su casa. Esa locación de cartel grande, medio venida a menos, me llevó mentalmente a la mañana de domingo que gaste un montón de guita en media docena para desayunar: 3 de manteca, 3 de grasa. No me la jugué porque no sabía bien cuáles le gustaban más. Yo me iba a comer las que no quisiera. Obvio.

Si hubiera sabido que me iba a dejar así, tan brutalmente, compraba unas Don Satur. Pero no por el precio, ni porque sean malas, sino por las expectativas con las que inflé ese ritual de compra: las dos cuadras con el sol proyectando sombras irregulares de los árboles sobre los adoquines, la parsimonia del domingo que se mueve como en almíbar y yo, con la misión de llevar provisiones a choza. Al habitáculo del sexo, de la sensación de enamoramiento precoz que dejé crecer, y nos tocaba alimentarnos. Compartir también esa cotidianeidad. Entonces era fundamental que fueran Medialunas del Abuelo.

Hoy cuando pasé, miré de frente todo eso, transité esos espacios para desasociarlos creo. O revivirlos todos. No sé bien. Pasé también por el Subway en el que un viernes a la noche paré a comprarle un sándwich de 15 cm, con los ingredientes específicos que quería, anotados en un papel porque me estaba por quedar sin batería. Esa noche ella estaba enferma. Llegué a su casa y había tirado un colchón frente a la tele del living, casi debajo de la mesa del comedor porque había poco espacio. No, no era un colchón, era algo que había improvisado con mantas y una colchoneta de la perra medio mugrosa y llena de pelos. La perra y ella encima de todo ese brebaje de telas, gérmenes y pelos de perro. Todo el espacio medio en penumbras, iluminado por la luz deprimente del televisor. Le di el sándwich y un ibuprofeno, gracias, sos una divina. Sí, ya sé, pensaba yo, pero me encantaba esa versión mía tan preocupada por ella. Ella que había quedado reducida en ese campamento por un ejército de criaturas anginosas. Salió perfecto lo del sándwich. No garchamos porque se sentía mal, la abrazaba y la sentía caliente, tenía los ojos lavados de malestar. La perra encima de nosotras. En la tele, una película de mierda de Ben Stiller, en ese momento nos pareció un programón. Ella se dormitaba y yo la apretaba cada vez más contra mí. Como si la cercanía la fuera a curar. Ella se dejaba. Le gustaba.

Esta tarde seguí a Vicente López, caminé y vi todos los lugares que tenía que ver para no volver a verla. Para que Núñez, de a poco, vuelva a ser terreno neutral.

 

 

Por María Noel Pérez.

Colaboración
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