Revista Palta | MI PRIMER HASTA, SIN LUEGO
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MI PRIMER HASTA, SIN LUEGO

El día que cortamos nos dimos un abrazo largo, lleno de llantos y de mocos. Cuando yo estaba a punto arrancar para la parada del colectivo, Seba me dijo “adiós”, haciéndose un poco el gracioso y moviéndose a lo Chandler. Supongo que porque no debe haber sabido muy bien qué hacer. Yo frené mi intención de caminata, le dije “adiós es horrible, decime chau por lo menos”. Él intentó con un hasta pronto para calmar las cosas, pero se dio cuenta que no iba por el buen camino, yo lloré lo que hasta hace un ratito se había calmado. Me preguntó “¿hasta luego?”, le dije que sí, le di un último beso corto, y me fui.

Es raro lo que me pasa con el tema de los adioses y los hasta luego. Todo lo que se puede catalogar como “despedida” es algo que me da vueltas en la cabeza desde que tengo memoria, y que definitivamente debo tratar en terapia. Freud probablemente lo asociaría con mis padres separados y el odio que me generaba el saludo con uno antes de irme todo el fin de semana con el otro. Maru hablaría de la muerte, de que cada vez que nos despedimos de un vivo estamos creando un fantasma. Mi ex seguramente lo relacione con sus viajes, con mis inseguridades y con el miedo a ser dejada de nuevo.

A mí me cuesta un poco más eso del auto-análisis, así que voy a decir que probablemente todos tengan razón: por eso no puedo subirme a micros sin llorar, ser la primera en cortar el teléfono,  clavar el visto sin culpa, o mentir con saludos del tipo “nos vemos” cuando sé que no nos vamos a volver a ver.

Al taxista que me dice hasta luego, en particular, siempre me dan un poco de ganas de mandarlo a la mierda. Y si bien puedo identificar el punto de partida del mambo (algo así como el miedo al que me dice que va a volver y no vuelve), en esta situación me cuesta un poco más entenderlo: tengo la seguridad de eso no va a suceder y no me molesta, ¿entonces por qué me miente? ¿por qué no puede directamente decirme “chau” o “que tenga un buen día”?

Hoy me tomé uno y por suerte no me tocó uno de los charlatanes. Esos son peligrosos porque intentan imponer un vínculo en lo que dura el trayecto. Yo estuve todo el viaje atenta al celular, contesté un par de mensajes y cuando me di cuenta ya habíamos llegado. Las únicas palabras que me dijo fueron: “Buenas noches”, “¿Vamos todo por el bajo?”, “¿Dos pesos?” y “Adiós”.

Me dijo adiós.

Yo hacía mucho que había cortado con Seba. No había ninguna razón para no sonreír, bajar del auto y seguir adelante, hasta podría hasta haber sentido admiración por la sinceridad en el saludo del hombre; pero me fue inevitable atragantarme con lo insensible de su comentario. Volví a experimentar ese incendio emocional que me produce la idea de no volver a vernos. Ese abismo humilde que viene, indefectiblemente, con la palabra nunca.

La molestia duró un segundo, capaz un poco más. Fue el tiempo que tardé en agarrar las cosas y bajar del auto. El tiempo que demoré con el cierre de la billetera que se trababa. No lo miré a los ojos porque me daba miedo la expresión que se pudiese llegar a leer en mi cara, pero fui consciente de que esa despedida se terminaba ahí y era para siempre. Y si, a veces los tipos cuando son sinceros me emocionan, daddy issues.

Cerré finalmente la billetera, saqué las llaves y me colgué la mochila de un sólo hombro. Sonreí falsamente, y me bajé, con el celular en una mano y las llaves en otra. Incliné el torso hacia adelante, apenas, lo suficiente como para que no se cayera la mochila, y antes de darle un empujón a la puerta, le dije, suavecito (porque una voz interior mía se moría de vergüenza): “hasta luego”.

Manuela Martinez
[email protected]