Revista Palta | MI PRIMER HALLAZGO
566
post-template-default,single,single-post,postid-566,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

MI PRIMER HALLAZGO

Mi abuela me pide que la ayude con el goyete que se desliza hacia delante o hacia atrás sobre la pantalla, el que le da más o menos brillo a las fotos en editor que suele usar. Le gusta sacarle fotos a la luna y la quiere brillante. A medida que el cosito se desliza los cráteres se van quemando bajo el brillo y la rejuvenece como si fuese una imagen de su propia piel.

Empezó con eso de las fotos cuando yo era pendejo. Ahora maneja una réflex que le regaló mi vieja, y se entretiene con eso. Al principio era muy molesto; no podías distraerte porque después aparecías etiquetado en Facebook con la boca llena de torta o la sonrisa toda violeta de tanto vino. Nos agarra infraganti porque es su hobby. Es viuda y acarrea la cámara como la reencarnación misma de mi abuelo, el negro Oscar. Negro y panzón como la cámara.

Hace dos o tres años le descubrí un cuadernito rojo. El diario de una viuda enamorada. Con mi ex novia, la de los ojos en compota, quisimos transcribirlo a mi notebook pero nunca terminamos. Acostados en la cama, ella me dictaba en voz alta las palabras que mi abuela había marcado en lápiz con una cursiva elegante. Yo la seguía en el teclado de mi computadora mientras a ella se le quebraba la voz o del nudo en la garganta yo necesitaba pararme y tomarme un vaso de agua. Lloramos mucho con ese cuaderno.

En sus recuerdos y ensoñaciones mi abuelo regresa en forma de pájaro o como una simple sombra que se acerca hasta la mesa del comedor y hace temblar las llamitas amarillas de un par de velas. En ese fragmento mi abuela le escribe que puso dos platos, dos copas, dos velas, y le pide que por favor, negro, no me asustes. Termina con un baile de cisne —la música clásica se enciende sola al leerlo—, en el que ella, con su vestido negro de lunares blancos, como te gusta a vos, mi amor, se deja llevar por el espectro de él a lo largo del comedor; entre el sofá y la mesita ratona; alrededor de la mesa grande, con el mantel de dibujos naifes.

Ella era actriz. Si dejo de actuar me tiro en la cama a llorar, le escuché decir una vez por teléfono. No me voy a olvidar jamás la obra en que hizo de madre alcohólica. En ese momento no lo sabía, pero hoy sé que de alguna forma hizo de su madre, mi bisabuela. Debe haber sido duro para ella desenterrar las palabras a la rastra de aquella lengua floja de su mamá la Ali. Una excelente actriz, nos hizo llorar a todos. Yo tenía diez y lloraba porque mi vieja lloraba, no sabía de ese pasado que compartía la familia. Y siento que su cuaderno es un guión, una doble realidad en primera persona, entre el confuso plano de los muertos y los vivos. Es un papel que encarna; una Susan Sarandon entrerriana que juega con el espectro de su marido.

El cuaderno rojo de mi abuela no se terminó de transcribir. La réflex funciona bien y parece haberle agarrado la mano. Ha tomado clases de fotografía y ha dejado de llenar una copita más en los años nuevos para brindar por mi abuelo. La primera vez que vi ese cuaderno ella estaba sentada en una de las ventanas de la fachada, la navidad oscura del 2005. Yo no sé cuándo empezó a escribirlo; tenía las manos cruzadas sobre el estómago y el cuaderno preso en ese cuerpo lastimado. Los nenes no te vieron morir, negro, le escribe en una de las páginas; esa noche, la inocencia que nos valía a mis primos y a mí nos sacaba sonrisas por cada chasquibúm que reventábamos en la casa de Mario, el vecino bombero. Los cuetes y los bocinazos resonaban en la habitación, me dijo un día mi vieja. Tu abuelo suspiró profundo y murió en paz. No les quisimos romper la ilusión, por eso llevamos los regalos al arbolito de Mario. Así fue que el día de la muerte de mi abuelo todos sus nietos festejamos con cañitas voladoras y sidra sin alcohol.

Ahora mi abuela saca fotos y usa Facebook. Usa Picasa. Usa Netflix. Cuando le pregunto por el cuaderno me mira por sobre los marcos de los culo de botella y me responde con otra pregunta ¿qué cuaderno, mijo? Vení a ayudarme con el piripicho este.

Y la abrazo. El cuaderno lo tengo yo.

Nicolás Fernández Ramos
[email protected]