Revista Palta | MI PRIMER AMOR ESCRITO
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MI PRIMER AMOR ESCRITO

La primera vez que escribí fue por desesperación. Por la desesperación de perder un amor. Tenía once años. Estaba de novio con Mariela, una chica del turno tarde. Yo estaba en mi casa, tirado en mi cama mirando el techo. Nos habíamos peleado. Me había dicho que no quería estar más de novia conmigo porque la hacía sufrir. Tenía razón.

Me levanté, fui hasta el escritorio, agarré un volante de una pizzería que había sobre la mesa y empecé a escribir. Con las palabras que tenía a mano en ese momento hice párrafos con una cierta rima. Una poesía. Trato de recordar alguna frase textual pero me es imposible. Trato de imaginar cómo veía a Mariela ese yo que tenía once años, pero tampoco puedo.

Pienso en el poder de la palabra escrita. ¿Cuándo fue la primera vez que lo noté?

Ayer encontré una caja en el altillo que tenía escrito en la tapa: “Papeles Gonzalo”. Lo abrí y encontré agendas viejas, anotadores, pedazos de papeles de diferentes colores (la mayoría con teléfonos, direcciones y nombres), también fotos de un primer book, una carpeta con una investigación que hice en el año 2003 sobre las repeticiones en las estructuras familiares, el primer recibo de sueldo que cobré en actores y cartas.

La primera carta que me escribió mi mamá estaba doblada en forma de cuadradito. La leí. Me pedía perdón por algo, que ahora no recuerdo, pero lo que más me llamó la atención fue el último párrafo: “Te escribo por primera vez porque es la forma que encuentro para poder decirte lo que siento y ojalá vos también puedas hacerlo conmigo.”

No recuerdo si lo hice o no, pero pensar en esa carta, en esa mamá escribiéndole a ese hijo me emociona.

El día que le escribí a Mariela en el volante de la pizzería, la llamé y se lo leí. Sólo recuerdo, y creo que es lo más nítido que tengo en la cabeza, el silencio que hicimos en el teléfono. Las palabras escritas crearon silencio. Un hondo, una nada. Silenciaron las otras palabras.

Lo único que ella me dijo fue «No lo puedo creer».

Yo tampoco, hasta ese día, creía en la palabra escrita.

 

 

Por Gonzalo Heredia.

Colaboración
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