Revista Palta | MI NOMBRE ES LEANDRA Y MI PRIMER NOVIO SE LLAMABA SANDRO MONASTERIO
532
post-template-default,single,single-post,postid-532,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

MI NOMBRE ES LEANDRA Y MI PRIMER NOVIO SE LLAMABA SANDRO MONASTERIO

Me gusta salir de casa. Me gusta no estar, saber que existe el hogar pero pertenecerle al pavimento. Tengo una bicicleta. Eso me da independencia. Me hace bien el concepto de libertad asociado a un par de ruedas. Soy acreedor de esa “libertad” efímera que cualquiera puede conseguir. Salgo y entro cuando quiero y a la hora que quiero. Muchas veces tuve conflictos con autos por toda la cuestión de la libertad. El año pasado terminé de madrugada en un hospital, con tomografía incluida. Otra vuelta andando en contramano subí el techo de un auto estacionado. Me seduce el riesgo de la bicicleta. La noche que saqué esta foto eran las 20:43 y me urgía salir del barrio. Tenía de esas sensaciones como cuando pasa algo intenso en el domicilio propio y uno cree que sólo puede subsanarlas desplazándose a otra dirección. Entonces fui al trabajo de Camila pedaleando como un obsceno. Un trabajo que consiste en estar parados y dar entradas a la gente para obras teatrales.

Y ahí ella sentada, con estampa de tigre. No sé cuál es su nombre pero la vamos a llamar Leandra y esta vez voy a asumir su voz.

Mi nombre es Leandra y soy de Ituzaingó, provincia de Corrientes. Cuando escribo no se nota que tengo acento, cuando escribo no se notan varias cosas. La tonada no se escribe, se arma con el silencio y el sonido, el juego entre ellos, es la voz galopando. Yo escribiendo dejo de sonar.

Mi nombres es Leandra y plancho la ropa antes de guardarla en el ropero. Necesito la tela sin pliegues, que todo esté terso. Que no haya montañitas de algodón acurrucado, ser llana, tener terreno en la tela. Hectáreas de tela.

Mi nombre es Leandra y tengo un tigre en la espalda. Es parte de mí, son mis ojos del reverso. De un lado la estampa, del otro el felino ¿Cómo se distingue si es tigre hombre o tigre mujer? Imposible notarlo, el sexo en el tigre se anula. El mío es tigre eunuco.

Mi nombre es Leandra y una vez estuve en Nogoyá, provincia de Entre Ríos, en la casa de mis padres. Me quedé unas semanas porque mi papá tenía arritmia e íbamos a operarlo de urgencia. En ese entonces Entre Ríos no es lo que hoy se conoce. Era una ciudad colmada de plantas y arbustos. Y las calles estaban delimitadas por sauces llorones a los costados. No existían las veredas. Peatones y motorizados convivíamos en el mismo espacio. Mis padres vivían en Nogoyá desde hacía once años. Para ese momento yo ya estaba asentada en Ituzaingó, ya era persona de treinta y tres.

El día que a mi padre se lo llevaron en la ambulancia me pidió que me quedara ahí, en su casa, hasta que él vuelva. Quería que toda la flora que había nacido no se palideciera. Yo acepte por amor ingenuo. La primer noche que dormí en su cama no pude cerrar los ojos. En general uso unos antifaces para que la pupila no se me dañe. De noche los ojos se me ponen rojos con cualquier luz. Por eso los tengo que cubrir, con paños, con lo que encuentre. De a poco me fui quedando días enteros en Nogoyá. El hospital donde estaba internado mi padre se llamaba «Cedrón» y quedaba en Concepción del Uruguay. En ese año, me acuerdo, no funcionaban ni los celulares, ni los teléfonos de línea, ni internet. Todas las compañías de Argentina habían sido hackeadas por un tal Aristóbulo Sepulcro, una historia tan compleja como capitalista. De modo que fui haciéndome oriunda, fui siendo una más de Nogoyá. Nadie era de ahí salvo yo. Prácticamente no existían los vecinos. Una tarde estaba caminando por el borde del Cerro La Fe y vi una casa. Me acerqué porque no era cotidiano ver gente en la ciudad. Estuve muy cerca de la fachada y era una de esas casas a las que le brotan tejas coloradas del techo. Por la ventana salió alguien y lo reconocí. Era Sandro. Sandro había sido mi novio cuando yo tenía diecisiete y él veintiuno. Nos abrazamos de una manera muy fornida. Como si todo el cariño que habíamos tenido se hubiese vuelto algo sólido. Como si todo lo que nos besamos por años se hubiera tensado tanto que se volvió escombro. Le pregunté qué hacía en Nogoyá. Me dijo que se estaba mudando, que hace unos días estaba ahí, que ese era su nuevo Centro Cultural, que lo estaba por inaugurar y que se iba a llamar Centro Cultural Sandro Monasterio. Me invitó a pasar y cuando crucé la puerta vi el cartel de madera apoyado sobre un sillón que decía exactamente eso: «Centro Cultural Sandro Monasterio». Me parecía un poco extraño porque la casa tenía mucha apariencia de casa y no le veía posibilidades para hacer actividades culturales. Apenas se entraba había un living con un smart tv, un sillón de chenille verde agua, una estufa de tiro balanceado, una mesa laqueada blanca y cuatro sillas plegables de caño. Le mentí y le dije que el lugar era un templo. Que seguramente se iba a llenar de gente. Me preguntó si quería conocer la sala de representaciones. Yo le dije que todavía era virgen. Él me dijo que no había conflicto con eso, que los ojos se tranquilizan cuando se apagan las luces todas y cuando se prende una que está lejos del que mira. Entonces entramos a un cuarto, que estaba cruzando todo el pasillo, en el fondo de la casa. Un cubo negro por dentro y por fuera. Nos sentamos en dos sillas de plástico y Sandro apagó las luces. Nos quedamos mirando hacia delante y sosegadamente se fue encendiendo un fresnel sin filtro. No había nada para ver. Los ojos se me empezaron a hacer fuego hasta que en un silencio largo apareció una polilla, mientras zumbaba un sonido similar al de un escape de gas. La mariposa volaba hasta la luz y se alejaba. Pasaron treinta y tres minutos del espectáculo hasta que llegó el apagón. Yo empecé a aplaudir enloquecida, con cólera, con rabia, las palmas rojas me quedaron. Vino la luz y no pude dejar de llorar. Lo abracé a Sandro hasta quebrarlo. «Nunca había visto nada» le dije. Él me respondió «Nunca vimos nada».

Mi nombre es Leandra y la última vez que vi a mi tía no me acuerdo si le dije «Chau tía» o «Chau pelotuda».

Mi nombre es Leandra y soy de Ituzaingó, provincia de Corrientes, pero fui haciéndome oriunda de Nogoyá, provincia de Entre Ríos.

Mi nombre es Leandra y mi primer novio se llamaba Sandro Monasterio.

Mi nombre es Leandra y fui perdiendo cabello desde que tengo trece. No sé por qué Diosito me quiere sin nada en el cráneo.

 

 

Por Juan Gabriel Miño.

Colaboración
[email protected]