Revista Palta | METERLE LOS DEDOS A LA RED
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METERLE LOS DEDOS A LA RED

¿Cómo sacarle provecho a las redes sin que las redes se aprovechen de mí en el intento? ¿Hay un límite entre el “buen uso” de las tecnologías y el descontrol psicológico? ¿Mi cerebro está preparado para tanto estímulo? ¿Por qué mi dedo índice acaba de desbloquear el celular?

Los pasos se repiten una vez que fijo la mirada en la pantalla, mi puerta de acceso a la sociedad no presencial. Mi dedo pulgar ejecuta -sin pedirme permiso y de manera automática- su gestión fisgona. Sólo él y yo sabemos que no me saqué el pijama en todo el día y que adquirí la capacidad de enfriar mates y reducir un dos ambientes a mi cama. Quizás la soledad y el aburrimiento, unidos, sean tan crueles como esto: derivar mi contacto con la realidad a un comportamiento autómata desarrollado por mis dedos y su elemento favorito, el celular.

Por suerte mi versión digital no tiene código de vestimenta para encajar; acá se vive en modo arroba, hashtag, scrolleo y reacción. Se pasa de una red social a otra y se interactúa con amigxs, se meten emojis y se opina. Ahora entiendo que la resistencia a ponerme las zapatillas para comprar comida estaba haciendo cucharita con todas las redes con las que me regodeo secretamente.

PASO 1: EL MARAVILLOSO MUNDO DE INSTAGRAM

Acá encuentro otro tipo de atardeceres, usuarixs que sí se vistieron y que me devuelven una cotidianidad esperanzadora, con comidas bien emplatadas y amistades creativas. Incluso la soledad que exhiben algunxs me parece interesante, y eso me lleva a probar el enfoque de mi cámara frontal. Tengo ojeras y ningún ángulo me favorece, mejor reniego de mi actividad: esta foto no se sube.

El scrolleo aumenta en velocidad hasta que alguna imagen me resulta familiar o interesante. Me detengo con una compañera del primario, que no veo desde los siete años. Tiene un perfil canchero que ostenta un autoestima saludable y subió un video cantando con una guitarra. ¿Invierte mejor su tiempo en redes que yo? Le doy play. Su interpretación chill de un tema de Raffaella Carrá me parece ridícula, pero valoro que se exponga ante sus seguidorxs a la vez que resignifica mi valoración negativa de las ojeras. Esto amerita mi corazón.

PASO 2: TWITTER, LA PAPA FINA DE LAS REDES

Dónde está Santiago Maldonado, feminismo, noticias, fútbol, gestión Cambiemos, indignación y opiniones creativas. No hay un día que no me quiera hacer amiga o invitar a salir a estos perfiles que me hacen sentir interpelada y me informan en 140 caracteres.

Toda la crisis que dejé en modo avión elige este espacio como un antídoto que siempre se vuelve en su contra, pero que mi pulgar no puede dejar de consentir. ¿Cómo no voy a compartir esto? ¿Qué tipo de público objetivo sería yo si mis redes no estuvieran marcadas por mi ideología? ¿Qué clase de perfil le voy a dejar a mis chongos? Sos vos, pulgar, meté retweet. Fav si merece.

El scrolleo se vuelve más lento y pensativo cuando algo de mi vida romántica se filtra. Ahora empiezan las búsquedas sentimentales y la primera es el perfil de mi ex. La ansiedad que me genera ver su actividad la combato al tipear la cuenta de mi “media naranja digital”, persona que no conozco. En segundos entiendo que mejor me pongo a ver Game of Thrones si quiero que este usuario se convierta en realidad, y me alegro por nuestras compatibilidades musicales. Imagino un encuentro enérgico en el Escandinavo y hasta el momento en el que me confieso como su “ex” stalker pasadas las tres birras. ¿Chapará tan bien como twittea? Me canso.

PASO 3: CONSUMO DE DATOS EN ESTADO DE EMERGENCIA

He visto todo y éste es el momento en el que se empiezan a agotar los recursos de mi teléfono. Abrumada por toda la información que creo tener de tantas personas, marcas y portales, vuelvo a poner la vista en la cama y mi existencia se resignifica. Mi pulgar intenta distraerme y me pasea, desesperado, por Facebook, Gmail y WhatsApp y esto empieza a angustiarme. Demasiada pose y demasiados romances, ideologías, eventos y charlas inconducentes. Google Calendar me recuerda que mañana tengo dentista.

BASTA DE METER DEDO

Mis amigas le llaman “algo muy virgo” a estos lapsos analíticos que me surgen hasta en el scrolleo. Pero un poco me enfoca pensar que esas personas tan activas en las redes están haciendo una construcción positiva o interesante de su intimidad. Que lxs llevan a otra dimensión y que así, pienso, condimentan mejor esa rutina que a mí a veces me desestabiliza y que prefiero no postear.

Se trata de otra clase de vida privada que la antropóloga Paula Sibilia me ayudó a entender en su libro La intimidad como espectáculo. Hay una forma en constante mutación de construir el “ser” que, a su vez, obstaculiza las formas de internalizarlo. Paula describe cómo, en tiempos de tecnocultura, la megalomanía y el exhibicionismo son un atributo; las reacciones en las redes afianzan el autoestima y la dependencia al teléfono es una realidad que traspasó las fronteras del ocio -hasta convertirse en productividad y llegar al grupo de WhatsApp de la empresa-.

Esto un poco deserotiza mi idea del bienestar de lxs otrxs, y le quita valor a la ansiedad que me produce no haber posteado nada hace rato. Me imagino a toda esa gente en su casa, con su mate, pensando el tweet con la intención del retweet o haciendo malabares con la cámara para captar buena luz y conseguir muchos likes. Esa escena absurda de la “pre-producción” me seda y me devuelve a la cama, al libro, a las preguntas.

¿No estaré alterando más rápido mi subjetividad de lo que me demoro en subjetivizarme? ¿Cómo voy a poder definirme si lo que más reviso es un contexto ajeno que ni siquiera puedo comprobar? ¿Esto me tranquiliza o me altera? ¿Cuántos likes tuve en la última foto?

Muchas veces pienso sobre mi ser para las redes. Me cuestiono, como ahora, si todo ese conjunto de posteos que subo pero que no siguen la línea de un perfil hablan de mi pasividad -como elección racional- o reflejan todo lo que no sé si soy ni quiero mostrar. Pienso en esas personas generando tantos contenidos digitales por día y me pregunto: ¿cuál es la mejor forma de habitar este universo digital? ¿quién le está metiendo el dedo a quién?

Maru Labat
[email protected]