Revista Palta | MEDIALUNAS FÚNEBRES
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MEDIALUNAS FÚNEBRES

Lo miro desde afuera, apoyo las manos con miedo sobre el vidrio de la funeraria para hacerme sombra y lo distingo entre las velas, que a mí me parece que son a pila porque no chorrean nada. Porque, petrificadas, iluminan con sus llamitas rectas ese rostro tan lejano y ajeno y pálido que se ofrece al llanto. Cejijunto, callado, con manchitas amarronadas en la calva; el abuelo Ubaldo.

Pensar que estuve sentado en la falda de gente que nació en el 1900 me da una felicidad no exenta de excitación. Para ese momento yo no sólo conservaba a todos mis abuelos, sino también a sus padres, y el abuelo Ubaldo fue mi primer (y último) duelo.

Todavía recuerdo la casa, el contexto y el sonido de los puños de mi viejo dando golpecitos en una de las columnas de la pérgola del patio y diciendo «es así de duro el hijo de puta», hablando con uno de mis tíos. Lo decía por mí, por mi ausencia de lágrimas, por mi forma tan poco convencional de recibir la muerte. Pero lloraban todos, lloraban demasiado. Yo luchaba contra una fascinación que concebía maleducada. ¿Qué tan corto era el tramo entre la vida y la muerte? ¿Quién era ese viejo hombre a partir de ahora? ¿Por qué llorarlo? La vida a esa edad transcurre bajo el ritmo de la acción y la curiosidad y yo no salía mi asombro. Mis pensamientos eran que había tratado con un muerto. Pero lo más extraordinario fue pensar que en ese momento ya hacían doce años que era el bisnieto de un muerto, como si ya estuviese muerto desde siempre. Y esa sola idea me enloquecía de tan morbosa.

Cuando llegué de la mano de mi viejo, él me dejó con unos parientes en la vereda y fue hasta adentro para hacer el gestito porfiado de mirarlo, llorar un poquito y volver a salir para fumarse un cigarrillo. Y así varias veces en la tarde, cada vez más ojerosos, confundiendo el cansancio con el estrés de la tristeza, yéndose a dormir temprano porque al otro día lo metían en un nicho y dejaban de verlo para siempre: para mí, todo eso ya era exótico.

Como yo era el mayor, era el único de los nietos que estaba ahí, sintiendo cómo mi familia se convertía en otredad, en algo que yo desconocía; tocados por la muerte, se portaban de otra forma, hablaban de otra forma. Y lloraban. Yo no soportaba que llorasen tanto. Fue a esa edad que empecé a hacerme preguntas pertinentes, preguntas de «un hijo de puta» que con doce años ya veía la muerte como algo más sencillo: cuando manifesté mis ganas de comer medialunas en medio de la caravana fúnebre, mi viejo me preguntó si lo estaba cargando, que era un desubicado, que más respeto.  

Desde que el abuelo había fallecido en su cama, habían pasado casi tres días. Nunca pensé que un cuerpo frágil y en proceso de pudrirse pudiera soportar tanto manoseo y movimiento. Para mí, la falta de respeto era toda esa especie de fetichismo luctuoso en que convertían a aquel pobre hombre: entonces sí, me dieron ganas de llorar. Quería que lo dejaran quieto. Y aquella mañana de la caravana, mientras mi viejo me lanzaba miradas con una expresión indeterminada entre el odio y la comprensión, pensé que el día que yo muriera me gustaría hacerlo como los perros; solo, lejos, tranquilo y sin dilaciones.

Decidí que morir no sería otra cosa que eso, un acto privado.  

Nicolás Fernández Ramos
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