Revista Palta | MÁS ALLÁ (DE TODO)
1491
post-template-default,single,single-post,postid-1491,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

MÁS ALLÁ (DE TODO)

Yo asumí que mi abuela, la única que conocí, estaba muerta mucho tiempo antes de que en verdad lo estuviera. Desde el día en que decidimos no vernos más, preferí creer que ya no existía.

Nunca se comportó de manera “maternal” conmigo e incluso, en más de una ocasión, puse en duda si realmente alguna vez me quiso. Hay olores y sabores que todavía me hacen pensar en ella. El humo de cigarrillo que salía generalmente de su boca difumina la imagen y no me deja recordar su cara con claridad. Me acuerdo que tenía un gran lunar sobre el labio y que cada vez que me daba un beso yo lo sentía sobre mi cachete. Siempre elegí pensar que olvidarla me iba a ayudar a no sufrir por su ausencia. Que, siendo así, el día en el que me llamaran para avisarme que mi abuela se había muerto, no me iba a doler tanto.

Sobre lo que sucede después de la vida sabemos poco. Coco nos propone -basándose en la cultura mexicana- que, en el “más allá”, existe un mundo colorido y hermoso en donde permaneceremos durante toda la eternidad junto a nuestros seres queridos, en tanto y en cuanto haya alguien en vida que nos recuerde.

Miguel, el personaje principal de la película, desde siempre supo que le gustaba la música y no acepta que su familia no lo permita. Se cuestiona todos los mandatos familiares que le fueron impuestos, e indaga sobre esa parte de sus orígenes de la que ellos nunca le hablaron para conocer un poco más de sí mismo. Reconstruye toda su historia y la de su familia, su linaje, en una sola noche. La película no se concentra en remarcar lo sobrenatural, al contrario, busca empatizar con quien la ve, volver a los valores más “básicos” de familia y valorar esos vínculos que desde que nacemos están pero a veces los damos tan por sentado que no nos detenemos a fortalecerlos.

Ojalá hubiera nacido en México. Celebrar la muerte me parece más sencillo que vivir con la incertidumbre que genera no saber con qué nos vamos a encontrar. Admito que me gustaría reencontrarme con algunas personas. Hacer preguntas y contestar otras, reconstruir vínculos.

Lo que más me dolió de la muerte de mi abuela fue no haberme podido despedir de ella. El orgullo de ambas no nos dejó avanzar y es algo que a las dos seguro nos hizo mal, pero fui yo la que se llevó la peor parte. Porque acá me quedé, sin saber que sentir. ¿Culpa? Es que nunca la busqué de nuevo después de la discusión. Ni siquiera sé si la extraño, o si me arrepiento de algo.

Me atrevo a decir que es dificil no llorar con el final de la película. Mis amigxs y yo, agarradxs de la mano, nos reímos por escuchar los ruidos que el llanto provocó en nosotrxs. Nos vimos obligadxs a sentir cosas que tenemos tapadas, escondidas; recordándonos que lo que realmente importa es algo que en el día a día se nos escurre.

La película de Pixar termina al ritmo de una canción, realmente hermosa, llamada “Recuerdame”. Mientras suena, pienso en todo lo que no sé de una parte de mi familia. Las historias que se perdieron en el tiempo porque no hubo quién las contara. Los parientes de los que nada sé porque no tuve interés en escuchar sobre ellos. Pienso en mi abuela y en como la borré de mi vida, pero me hace bien fantasear con que, como ahora la estoy recordando, debe seguir viva en la tierra de los muertos. Es que de una forma un tanto injusta, somos lo que la gente que nos conoció elige recordar y compartir acerca de nosotrxs. Porque es el olvido lo único que finalmente nos mata.

Paloma De La Jara
Paloma De La Jara
[email protected]