Revista Palta | MARIPOSAS EN LA CABEZA
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MARIPOSAS EN LA CABEZA

OTRA CLASE DE CLASES

En la puerta del bachillerato popular Mocha Celis hay un Sarmiento dragueado. Esta es una escuela con orientación de género, sexual y cultural que está ubicada en Chacarita y que existe hace cinco años. Las paredes de esta institución están repletas de mariposas -símbolos de la transformación- y de frases de Lohana Berkins, referente del activismo trans en Argentina. Un ámbito muy distinto a la educación y la cultura con la que me formé.

Me acuerdo del acoso escolar -psicológico y moderado- que me hizo pasar por cuatro colegios privados, hasta que mis formas se adaptaron a ellos. Todos tenían un patio interno con una bandera argentina que nunca flameaba, metáfora de la des-ideologización que proponía su plan de estudios. Todos nos obligaban a vestir uniformes sexistas, dividirnos en filas de varones y mujeres, y gobernaba la intolerancia a lo diferente. En ninguno de ellos existió un centro de estudiantes, y su idea de la educación estaba dirigida a una ambición más económica que explorativa. Las historias de egresadxs exitosxs rondaban por la escuela: personas que hicieron guita, armaron familia y llevaron a sus hijxs al mismo colegio que los educó. Héroes y heroínas del capitalismo patriarcal.

En el Mocha el dicho “buena vibra” cobra un sentido para mí. La calidez que emanan sus docentes y estudiantes me hace sentir partícipe de una familia tan disfuncional como práctica. En un taller que ofrecen de relatos trans en primera persona conozco a Alma Fernández y Flavia Flores, entre otras travestis que celebran integrar un espacio que les da herramientas para abandonar su rol de objeto de estudios y convertirse en sujetxs que construyen su propio sentido. 

UN PRVILEGIO LLAMADO “CIS”

Cuando me encuentro con identidades de género que van por fuera de la heteronorma y el binarismo, el apoyo a sus problemáticas empieza por dentro. Me enfrenta a personas que llevan adelante una emancipación mucho más engorrosa de la que yo encaro como rubia, cis y heterosexual.

¿Será que mi vida no incomoda demasiado a nadie?

El colectivo trans está compuesto por sujetxs de derecho de una forma más nominal que práctica; con dificultades de acceso a la salud, trabajo, vivienda y educación. Son víctimas de violencias con cifras inexactas de sus problemáticas más urgentes: travesticidios; violencia civil e institucional; desempleo e indigencia. Personas que se cansan de correr de -y a- una sociedad llena de represiones e intolerancia, acá pelean con felicidad por quién es la mejor de la clase.

OTRO TIPO DE CUENTO DE HADAS

En 2001, Alma Fernández llegó a Buenos Aires haciendo dedo desde Tucumán. En ese entonces ella tenía 13, había hecho hasta segundo grado de la escuela primaria y no tenía un peso. Tampoco quería caer en el destino mayoritario de las travestis: la zona roja.

Me cuenta que pasó sus noches durmiendo en plazas y sus días robando celulares para comer; sola y desprotegida en el oscuro laberinto de la disidencia. Sus intenciones de no cobrar por sexo para subsistir no duraron mucho: todavía lleva una herida en el brazo que le recuerda esos años.

Ella llegó de adulta y de casualidad al Mocha Celis, un giro de suerte que le permitió comprender mejor al mundo que habita para poder contarlo desde su lugar. Participó del Centro de Estudiantes, conoció la política como herramienta de transformación y hoy está en la lista de diputadxs de Unidad Ciudadana. Lo cuenta con más alegría que honra, con la ilusión de que sus compañerxs gocen de los derechos adquiridos con la Ley de Identidad de Género (2012). Con la desgarradora esperanza de convertir su suerte, de poder vivir y proyectar en derechos para todxs.

VIVIR PARA CONTARLA (Y DENUNCIARLA)

“Tengo 52 años, aunque no se me noten”, dice Flavia antes de contar su historia. Es cierto que no parece de su edad, pero ese dato no deja de conmoverme: estoy delante de una travesti que superó los 35 años de expectativa de vida que tienen sus compañerxs. ¿Por qué esta cifra? La salud pública todavía no está preparada para recibirlas ni para encarar sus tratamientos hormonales. El trabajo no se consigue y ocupar una vivienda estable es un lujo.

Flavia recuerda su educación como un episodio traumático, que tuvo que abandonar por no poder soportar el violento castigo de ser distinta. Hoy, además de estudiar en el Mocha, lucha por la Reparación Histórica a todxs lxs trans que fueron violentadxs y asesinadxs tanto en dictadura como en democracia.

La escucho y me pregunto cómo hubiese sido mi vida si mi identidad de género e inclinaciones escapaban de la norma. Cómo encararía una lucha hoy con esta sociedad seteada a mirar tan para otro lado.

VOLVER AL COLE A DESARMARLO

Entrar a esta escuela me lleva a otra dimensión educacional, una que todavía sigo trabajando y descubriendo, que se refiere a las problemáticas de género. En mi caso, a esta difícil y gratificante tarea de resignificar todas las implicancias que se le asignan al ser mujer.

Me tomó muchos años y experiencias de mierda comprender que mi trabajo de “empoderamiento” era sinónimo de libertad. La educación que tuve me calzó unos lentes que cerraron mi mirada a chicas y chicos divididxs, juntxs sólo para la cama.

En el Mocha me acuerdo de la bandera que no flameaba en mi colegio primario y de esas autoridades añejas que infundían más miedo que respeto. Algo similar a lo que me generan hoy lxs actuales gobernantes. Pienso en este contexto social en donde el pensamiento político en lxs jóvenes está mal visto, mientras el incumplimiento de leyes como la Ley de Educación Sexual Integral se funde en el silencio cómplice de políticos y medios.

Las historias de Alma y a Flavia me dieron ganas de empezar la escuela de vuelta. Ver en ellas la alegría triunfal de poder acceder a un derecho tan básico como la educación me brota las ganas de tirar todos los libros que leí a la basura y de tomar los cuatro colegios privados a los que asistí durante 12 años como una autómata. De regresar al inicio de clases, mezclar las dos filas, revolear los uniformes, acortarme la pollera y amar al cuerpo por el que me burlaban; de decirle a mi mejor amigo que está bien que sea gay y que empiece a disfrutar su sexualidad desde pendejo; entrar a mear al baño de “varones” y perder todos los modos de chica bien. Volar de una patada a los conceptos “heternorma” y “binario”. Hacerlos llegar bien alto hasta convertirlos en mariposas.

Maru Labat
Maru Labat
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