Revista Palta | MANUAL PARA DEJAR LOS MANUALES
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MANUAL PARA DEJAR LOS MANUALES

Por Dana Madera

Hoy a la mañana le dije a la chica con la que estaba saliendo que no quería que nos viéramos más. Tuve muchas charlas del estilo, algunas más jodidas que otras pero no me dispuse mal para conversarlo con ella porque lo nuestro era algo un tanto “flexible”. Tan flexible era que estuve tres semanas intentando encontrar el momento para decir que quería que terminemos lo que no habíamos ni empezado.

Creo que eso era exactamente lo frustrante. Tres semanas de contestarle a alguien, de coordinar encuentros, de cancelarlos o que me los cancelen, por no ser la que dice “che, esto no fluye”, porque si sos la que dice algo sobre el estado de las cosas, sos también la que estuvo pensando y si estuviste pensando sos una rosquera, una intensa, una flashera.

Quizás la lectura es errónea, quizás la persona del otro lado no siente nada de eso, pero hay algo en la flexibilidad para los vínculos que a veces complica plantear dudas, molestias o malestares. A veces una siente que está diciéndole las cosas a la persona equivocada.

Cuando llegué a la oficina, entre el segundo y tercer mate, me llegó un mensaje de una amiga, me había pegado un link y abajo escribía “¿vos leíste esta mierda?”, lo abro y salta una nota de Clarín: El manual de la mina reclamera. Empiezo a leer “Para reclamera el tipo siempre podría haber sido mejor. Reclamera lo rebota sin pudor. Reclamera cree que es re copada. Reclamera no se anda con pavadas”.

Mi primera reacción es una mezcla entre rechazo y miedo. Rechazo porque entiendo el reduccionismo bobo, el estereotipo en todas las oraciones, el retroceso que estas cosas implican siempre. No me importa si alguien me dice que son cosas mínimas, no me importa si me dicen que es en chiste o que el lector promedio de Clarín igual ya pensaba estas cosas; para mí, esto es un retroceso siempre. Pero a lo que le presto más atención es al otro sentimiento que me asalta y que se me hace menos obvio: miedo. ¿Seré yo reclamera? ¿Seré yo la que “sabe más que el psicólogo”?, ¿la que “atrae lindos estorbos”?, ¿la que “Se define como mina sencilla”?

Todas las definiciones de reclamera me venían sentando bien, todas me remitían a alguna de las cosas que había dicho hacía no tantas horas en una conversación donde sentí que había ganado pero que, sentada al escritorio leyendo esa nota, empecé a creer que había perdido.

Tengo que ser más copada pensé. Y automáticamente, como si me escuchara en alguna conexión telepática, mi amiga me mandó un segundo mensaje, abajo escribía “otra joyita” y ante mis ojos se abrió El manual de la mina copada, fechado unos meses antes que el de la mina reclamera. Empecé a leer con detenimiento “Copada rara vez pide ayuda. Copada llora en silencio. Copada no guarda rencores”. Me quedé un rato pensando frente al monitor. Todas las cosas que definian a la mina “copada” son las que creí que había que hacer siempre. Hago como un inventario mental, como una columna. Pongo reclamera en un lado, copada en el otro. Enumero las cosas que he hecho. Gana copada, gana por afano. Y eso no me hace sentir mejor. Por el contrario, cada vez que leo y me identifico con “Copada entrena la aceptación y la tolerancia. Copada se enreda con flojo de papeles y no lo delata. Copada anda depilada y con interiores engamados por si algo pasa” lo único que me nace pensar es: copada es una boluda.

Me resulta un ejercicio útil hacerme cargo de mis propias convenciones, de mis propios estereotipos que fui internalizando a lo largo de mis 28 años y decirme “una parte tuya cree que todo esto es cierto”. Porque si me lo admito, si me doy cuenta de que a veces y de a ratos creo que este es el manual para ser la persona ideal de ese otro alguien, puedo empezar a pensar que lo que en verdad necesito, y necesitamos todes, es el manual para congeniar con nosotrxs mismxs. Que el otro venga luego, con el suyo propio. Si coinciden bien y sino mala suerte. Me repito eso como un mantra “y sino mala suerte”.

Me van cayendo otras fichas sobre las cosas que habìa dicho hoy a la mañana, cuando le dije a X que no quería verla más. Sobre todo lo que empezaba con “esto aprendí hace rato que no me sirve” “esto no me cierra” “no lo prefiero” y por eso mejor no vernos más. En algunas cosas ví un avance. Un aprendizaje torpe pero certero . Ya no más la mina “ copada” que nunca blanquea lo que le jode por miedo a quedar “reclamera”. Me voy desprendiendo de ambas. Antes de irme hoy a la mañana, mientras X se hacía un cigarrillo para ocuparse las manos, le dije que no era tanto por lo que sentía ella, sino por lo que sentía yo con el vínculo que teníamos. “Antes no te hubiera dicho nada, pero ahora no quiero, ahora quiero empezar a darle bola a las cosas que no me cierran”, me miró de golpe y me dijo “¿y tenés que empezar conmigo a hacer eso?”. Le dije que sí. Que tenía que empezar por alguna parte. Ahora la memoria de la charla me cae de a poco con alivio. Las dos notas me miran desde la pantalla. No soy ni reclamera ni copada. No sé que soy pero lo buscaré tranquila, por alguna parte, sin apuros, sin presiones. Dejando de lado las muchas instrucciones de los muchos manuales básicos que han hecho para nosotras, las chicas, esas voces que nos dicen: si te mostrás como sos puede que termines sola.

Colaboración
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