Revista Palta | MADRE NUESTRA QUE ESTÁS EN LA TIERRA
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MADRE NUESTRA QUE ESTÁS EN LA TIERRA

«El campo a oscuras parece más grande pero ya no me asusta. Un cosquilleo me revuelve el estómago, hay algo de esa inmensidad que me atrae».

Podría resumir mi experiencia en esa frase: la novela es un cosquilleo en las tripas. Y la historia es inmensa por lo freak, impredecible, llena de ese olor de los eucaliptus a la tardecita, cuando la noche es inabarcable y húmeda y oscura.

En Adentro tampoco hay luz, de Leila Sucari, el estado de las cosas en constante alteración, y el paso irreversible del tiempo y las relaciones, es incontrolable. Y la narradora me mete en su universo íntimo y creíble; en el círculo fragmentado, erótico y animal de su familia.

Cuando tenía diez años pasé una semana en el campo de unos parientes. Mi primer recuerdo de esos días es el de los lagartos a la vera del camino, sobre el ripio caliente de las dos de la tarde. Yo había llevado una mochila por si me animaba, la idea de quedarme en aquella casa tan grande y llena de plantas, a veinte kilómetros de casa, me excitaba mucho y poco. Había una señora de casi cien años que tosía y le zumbaban los pulmones. Blanco el pelo, blanca la piel: cuando alguien habla de la noche del campo con sus ruidos, esa imagen de la abuela de mi tío me persigue.  

Parecido a la heroína de esta historia, con su ojo que todo lo abarca, con sus juicios inocentes («La casa es grande y está llena de velas […] y las paredes son tan altas que me hacen sentir una miniatura») yo me quedé en aquella casa, en una especie de arrebato corajudo, porque dijeron que si tenía miedo no había drama. Mis primos me habían dejado solo, pero lo extenso del paisaje, las habitaciones llenas de libros y almohadones y la madera del piso flotante me suscitaban una especie de ensueño.

Y en un momento mi relación con mis parientes fue paternal, a veces austera. Aquella señora de pelo blanco se moría, y las meriendas eran tristes y yo hablaba poco: ese momento en que, de la confianza, ya no disimulaban el malestar. Ayudar a hacer el dulce de naranja y acarrear el tanque de aire de la viejita ya no era una opción. Como en la novela, ahí fue todo amor y odio. Me despertaba a la madrugada y quedaba mirando el techo, escuchando las ranas croar como histéricas y sin hacer más nada hasta que amanecía.

Sobre todo esto, Adentro… es una novela de mujeres. Como lector presencié una iniciación, biológica y política: la historia es como una sucesión de transformaciones, la narradora empieza a reflexionar en base a su condición de género («¿Y cómo recupero la sangre que se me va?»), y la subsistencia precaria en el campo, donde los hombres no cuentan (de los que aparecen, uno se muere de viejo y el otro escapa sin haber hecho otra cosa que dejar embarazada a su prima); hace de cuatro mujeres solas una convivencia salvaje y fraternal. Ésta es la mayor experiencia del libro. «(…) como no me acuerdo de ningún padre, recé diez madres nuestras».

La voz de esta narradora sin nombre es una voz gemela. El modo en que se acostumbra al lugar, su relación con la naturaleza y los animales. La manera que tiene de confundirse con ellos, como cuando yo me escondía en las huertas a buscar bichos bolita y comía las moras del suelo, feliz pero con un sentido de no pertenecer. La relación con lxs adultxs, cierta extrañeza y cierta melancolía: Adentro tampoco hay luz fue como una experiencia de regresión. Una regresión a ese ensueño infantil y único en una casa de campo.

Nicolás Fernández Ramos
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