Revista Palta | LOS TRABAJOS QUE TE ROMPEN EL CORAZÓN
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LOS TRABAJOS QUE TE ROMPEN EL CORAZÓN

Estuve recorriendo la Expo Zona Jobs en su versión virtual. Tiene una bonita vista aérea de la feria en 360 grados que se ve bastante fría, por cierto, detrás de mi pantalla.

Si tuviera el valor de ir hasta la feria con mi cuerpo y mi CV, pienso que, quizás, me convidarían café y vería los rostros humanos de aquellos que lograron un empleo temporal en la feria.Pero ni siquiera logro loguearme: perdí la contraseña de mi usuario en Zona Jobs  y perdí, también, cualquier contacto y golpe de gracia o suerte que me acerque a algún tipo de búsqueda laboral.

Ante la inminente y, por ahora, permanente búsqueda laboral, me pregunto ¿Otra vez un trabajo me va a romper el corazón?

 

La idealización

El primer trabajo que me rompió el corazón fue una pasantía en el Ministerio de Educación. Recuerdo el orgullo que sentía por haber quedado seleccionada entre una de las pocas pasantías interesantes que hubo en toda mi carrera. Me acuerdo del mail, la palabra “postulante” era prometedora pero no definitiva. Me ilusioné muchísimo.

El día de la entrevista usé una camisa de color blanco con lunares rojos y azules, un sweater rojo encima, porque era Junio y hacía frío, y una pollera tableada azul. Me acuerdo, fue una semana muy gris. Parecía un personaje de Wes Anderson, en ese entonces Moonrise Kingdom era lo último. Fui decidida y con la mayor cantidad de nervios de mi vida a mi primer entrevista de un trabajo formal. Tenía 21.

Dimos un paseo por el flamante Ministerio de Educación, el llamado “Palacio Pizzurno”. En los pasillos había obras inmensas y hermosas de artistas argentinos, era un como un mini Museo Nacional de Bellas Artes. Las paredes eran de mármol, los pisos relucían, había silencio y yo estaba maravillada. El trabajo consistía en hacer visitas guiadas a chicos de colegios para que conozcan las obras del Ministerio y después hacer un taller de plástica o algo recreativo para cerrar con algún fin didáctico e interesante.

Durante la entrevista el uso verbal de los tiempos de quien me entrevistó me confundió: “vos trabajarías acá, vendrías tal dia, harías esto con posibilidad de lo otro”. Ella me hablaba de un futuro en el que yo estaba incluida. Era la primera vez que me pasaba, ni siquiera en la más desastrosa de mis relaciones alguien se atrevió a hacer uso del tiempo futuro en el lenguaje de esa forma.  Una promesa en la que participaba para después no invitarme más.

Se demoraron más o menos una semana y media en definir el puesto. Había dos postulantes más. Cada minuto entre la entrevista y el llamado final contaron para hacer crecer la gran burbuja de la fantasía sobre mi próxima vida. En ese tiempo se resolvieron mis problemas financieros, mis faltas materiales, problemas estéticos y artísticos el ¿ya planeaste tus próximas vacaciones? ¿y el departamento al que te vas a mudar?

Si estás muy inspirada como yo, podés llegar a sacar un par de cuentas y planificar el año entero siguiente pensando en las cuotas que vas a pagar para ir comprandote la casita en el Tigre para seguir evadiendo la realidad el fin de semana.  Y si sos como yo, te olvidás de que un trabajo cansa, genera estrés y que (comprobado) exacerba la personalidad obsesivo-compulsiva que requiere ser excelente en el multitasking.

 

Heartbreak / un puñado de desilusiones

No recuerdo el momento exacto en el que me comunicaron la noticia de que no era elegida para el puesto pero sí me acuerdo que después de ese primer rechazo del primer trabajo que me generaba alguna ilusión llamé a mi papá y lloré desconsoladamente como si me hubiera peleado con mi mejor amiga. Después fui a una lavandería con los ojos llorosos y le entregué mi frazada a la china que recuerdo que me dijo algo importante pero no lo pude retener. Era uno de esos momentos en que se te confiesa un secreto de la existencia y vos simplemente no estás ahí para recibirlo.

 

Buscar trabajo me confunde

Mi imagen mental de un trabajo es una gran confusión entre películas de los años 50 estilo Mad Men en el que tengo que usar un maletín con una mezcla de cyber café en el que estás obligado a realizar tareas (o a estar sentada, depende qué tipo de trabajo), alrededor de un grupo de gente que si tenes suerte, te cae bien.

En el abismo del desempleo naufrago entre la divagación del sentido de la vida, una gran surfeada de ola para no caer en la apatía, el pesimismo, la abulia y un exceso de consumo de astrología. La esperanza puesta en los amigos y en otros países y en el próximo CV-maletín que voy a mandar para el siguiente trabajo prometedor.

La mayoría de los puestos que se ofrecen para mandar CV no tengo idea de que se tratan: Desarrollador Java. Analista contable. System Manager Jr. Engagement – team – manager – data analyst. La verdad que me encanta el concepto de networking pero nunca entiendo si somos personas sentadas en un cybercafe intercambiando experiencias reales o solo data.

Pienso que la data también es una experiencia real aunque no sé si categorizarla como real en un sentido material. Es material porque la data mueve plata y a esto podría rapearlo.

Un maletín llama mi atención en la parte inferior derecha de la pantalla y dice: “envía tu CV”. El típico maletín de los años 50 (me pregunto por qué insisten con esto). Abro la pagina y esta se cae, no abre, se rompe, “error temporal”.

Voy a seguir planeando en la vista aérea de la página de la Expo Zona Jobs como un ave de rapiña hasta encontrar esa empresa que tenga una pasantía para una socióloga, y mientras tanto voy a mirar como CompuTrabajo me ofrece puestos y pasantías que no me sirven como: fonoaudióloga, asistente de enfermera, farmacéutica y asistente contable en empresas de realidad dudosa ubicadas en lugares a los que no sé bien cómo llegar.

Julieta Blanco
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