Revista Palta | LO QUE MUERE MIENTRAS VIVO
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LO QUE MUERE MIENTRAS VIVO

En Navidad mi mamá me llamó alegre, con voz de tener una sonrisa pintada. Al toque me di cuenta que poco antes había llorado de emoción. Ella, después de cuatro años de ponerle el cuerpo y la mente a una enfermedad que se suele utilizar como insulto, se comunicó conmigo para contarme que volvió a meterse al mar Que se olvidó del dolor y marchó hasta la orilla. Como, imagino, debe haber hecho en su infancia, ilusionada, cuando metió los pies en ese agua por primera vez.

Es muy fácil darse cuenta cuando estás en la puerta de entrada a un cambio grosso. Cuando a mi vieja le diagnosticaron cáncer de pulmón, desde el primer momento, el miedo a lo que pudiera pasar no pesaba tanto como lo que yo ya extrañaba de mi pasado.

Me convertí, de un día para el otro, en una espectadora de la vida ajena. Especialmente de la gente como yo, de mi edad, con mis ambiciones, porque era lo único que me quedaba de eso que tuve que pausar cuando todo cambió. Mi vida, paralizada por el miedo y la incertidumbre, compró los pochocolos y se sentó en el sillón más cómodo para observar el curso de lo que yo consideraba lógico. Cuando reproducía mi vida como era antes, me parecía inverosímil y cambiaba de canal.

Me acordé de mi abuela, aún viva, en su geriátrico. Siete años de ser un vegetal, con ese alzheimer que avanzó más rápido que nuestra prisa para despedir su consciencia y su memoria. De despedirme a mí como nieta de esa abuela. De ese vínculo único que fue reemplazado por visitas inconducentes y, más tarde, por mi total indiferencia. A mi abuela la duelé viviendo.

Me reencontré con las palabras de mi hermano mayor, persona que siempre hizo buenas síntesis de mis roscas. Con la enfermedad de la  abuela, sin saberlo, me enseñó algo importantísimo: la muerte virtual no es tan dura como la real. Pero es una muerte.

Si la vida fuese un cuerpo, hay muertes virtuales y reales que le amputan un pedazo. Que le sacan parte de esa estructura. Puede pasar con cualquier tipo de duelo: una separación personal, una separación de padres, independizarse, irse a vivir a otro país. El cuerpo -por no decir la mente- se adapta a andar sin una pierna. Al principio la vida parece imposible, pero después la otra pierna se hace más fuerte a costa de esfuerzo. El resto del cuerpo acompaña y arenga. Como sea,  el cuerpo siempre se las ingenia para funcionar, entero o a pedazos. Algo así nos pasa en la cabeza cuando lo impredecible le resetea el sistema.

Pero la enfermedad, cuando llega a la mesa navideña de todos los generadores de duelo y amputadores de estructuras, viene vestida de gala. Es la invitada de lujo, trae el pan dulce más fino y se convierte en anfitriona en casa ajena. Hace buenos chistes: “Y vos, boluda, que te pensabas que el fin del mundo era cortar con tu ex”. Te ridiculiza.

Te pone a prueba y, sin darte tiempo de pensar, te lleva a estar dándole la manito al pilar de tu vida antes de un estudio importante. Te convierte en algo que no sos, que nunca fuiste, pero que no podés no ser. Porque la misma que te enseñó a amar ahora se está cagando de miedo. Y vos tenés que estar tranquila y tiene que parecer que sabés tanto más que ella, que la podés serenar. Como cuando te abrazaba el primer día de clase en un colegio nuevo, o cuando tenías miedo de hacerte el PAP.

De pronto ese rol se invierte, y ese calor humano regresa como la única medicina que sos capaz de dar. Ahora tu manito tiene que decirle decirle “todo va a estar bien” y nunca, y por nada, lo que sí pensás: “ojalá no te pase nada que sin vos me muero”.

Aún en este marco, el sentido de la vida va cambiando de tipografías a medida que pasa el tiempo. Hoy puedo decir que la mía se escribe en Comics Sans. Informal, aniñada pero alegre. La check list que tenía armada para antes de los 30 la tiré a la mierda. Y de a poco me voy entusiasmando con los nuevos objetivos, en la arena complicada de que alguien que querés mucho la tenga más difícil de lo que quisieras.

Mi vieja volvió a meterse al mar. Ella me dice que se curó y yo le creo. Al final, la fuerza de las manitos sí funciona. Y no como escudo al dolor ni a la soledad. Sino como el pacto de volver a ver la alegría en lo simple, aunque te falte un pedazo.

Maru Labat
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