Revista Palta | LO QUE CAMBIA ES EL TERRENO
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LO QUE CAMBIA ES EL TERRENO

Que yo esté al borde de la obsesión con todo lo que esté relacionado a las guerras mundiales es un dato aparte. Que además me gusten las buenas películas de terror, no.

Si alguna vez hicieron zapping hasta los números más altos que ofrece el cable entonces engancharon algún documental sobre los nazis, la caída del Tercer Reich, Los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, y cosas por el estilo: en ellos la cuestión está en la imagen dramatizada, los archivos de los desfiles de la Rusia de Stalin como una adaptación distópica y descolorida de lo que hoy puede remitir a una escena de Ben Hur (la original). Pero hay otra versión de todo eso, netamente (in)humana: los libros de Alexiévich, publicados por Debate.  

La única obra que había llegado a sacarme un par de lágrimas había sido El pecado del mundo, del francés Van der Meersch, una novelita ambientada en una Francia arrabalera y extremadamente pobre: esta vez me topé con una señora ucraniana que llegó un poco más allá; no puedo asegurar si las primeras lágrimas fueron de horror o a partir del horror, si me brotaron por no pestañear o las voces desalentadas y en primera persona de los que alguna vez fueron niños en la pobreza y la guerra llegaron al punto de generarme tal deseo de socorro. Apretar los dientes, llevarme las manos a los lugares donde el relato se vuelve tortura y dolor, pasar de leer en susurro a una lectura silenciosa, incrédula, son algunos de los efectos inevitables; como llorar hasta por historias que quedaron en páginas anteriores, difíciles de digerir como una bola de carne cruda.

Lo peor de todo es que de ficción no tiene nada. Hasta las metáforas que pueden llegar a leerse están cargadas de una imagen real, un hecho del pasado que, gravitando con un peso mayor, lastiman con el filo de una astilla profunda. En este caso los monstruos son los alemanes que se adueñan de las casas o las queman por diversión. Y uno siente culpa porque del otro lado del mundo y en este mismo instante siguen volando pedazos de niños por los aires y los que no revientan esperan oprimidos por un armatoste de hormigón la llegada de un rescate: lo que cambia es el terreno. Y uno se siente inepto, lejos, sin ideas ni recursos, porque Svetlana te clava esa mirada, te pone incómodo. Porque sea quien seas, la imagen de una familia con hambre que come una campera de cuero hervida no se borra jamás.

Pero se nos ofrece un conjuro, textos sin filtro que proponen un lavado de conciencia, y el patetismo trágico de la guerra se muestra como lo que es. Como en las películas de terror, se respira con cierto alivio porque uno está fuera de escena, lejos de ese drama en blanco y negro que describe un mundo en ruinas: nada más actual, estamos ante la forma acabada de un pasado que continúa.

Nicolás Fernández Ramos
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