Revista Palta | LLORAR EN PAZ
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LLORAR EN PAZ

Por Julieta Habif.

La primera regla del decálogo de familiares de enfermxs es nunca tener lástima. Las otras nueve también.

Esta es la habitación 307 de una clínica de rehabilitación amarillenta de Almagro. Dos pisos para arriba están lxs pacientes de mayor complejidad; dos pisos para abajo lxs de cuadros con menos dependencia. Acá estamos mamá, la señora cuyo nombre empieza con M (vamos a llamarle Marcela; no es un intento de preservar su identidad: de la etiqueta pegada en su lado del placard sólo comprendo la letra ‘m’), y yo. Cada tanto, como hace un rato, viene a visitarla su hijo. En realidad viene más que yo porque lo cruzo casi siempre, ¿o él pensará lo mismo de mí? No creo. Todo el mundo me dice que hago muchísimo pero la verdad es que hago lo mínimo e indispensable. Vengo para poder no venir por dos semanas.

Mamá tuvo un acv hemorrágico en el 2014 y está internada desde entonces. Todo lo demás en mi cabeza funciona como una radio que pasa algunos temas que me gustan y sube y baja el volumen casi todo el tiempo. Cuando el tema no me gusta, me aturde.

Marcela le pregunta al hijo si trajo una bolsa. El hijo le dice que no. Marcela le pregunta por qué. El hijo le explica que no tenía nada que cargar. Marcela retruca: “¿y si yo te pedía que fueras a comprarme algo?”. El hijo consulta: “¿querés algo?”, y Marcela dice que no y el hijo le pregunta “¿entonces?” y ella dice que bueno, que no sabe.

Esta es la habitación 307 de una clínica de rehabilitación de Almagro pero ya pasamos por otras. Mamá estuvo en el quinto piso cuando entró porque tenía la traquiostomía, traqueotomía, traquiotomía, andá a saber. Me niego a aprender a escribir una palabra tan horrible. Y antes del quinto estuvo en un centro de Escobar enorme, lleno de verde y con habitaciones amplias. Disney para enfermxs. Mamá llegó a Escobar casi en estado vegetal, sus amigas activaron muy rápido el traslado del sanatorio a esa clínica de rehabilitación para esquivar que la prepaga sacara cuentas, mirara un poco más de cerca y la mandara a un geriátrico. Antes de esa clínica paradisíaca estuvo en un hospital, en coma. Y antes de eso con un dolor de cabeza inimaginable, y antes de eso jugando al tenis.

Cuando mamá estaba en Escobar, mi abuela todavía vivía. Fuimos a verla juntas varias veces. Mamá come por sonda, y una vez la abuela le preguntó si quería algo, si quería que le dijéramos a alguien que pasara a visitar, si quería que fuéramos más seguido, qué necesitaba. Mi mamá en ese momento no hablaba pero podía mover los labios y emitía la unidad mínima de sonido, un murmullo que le implicaba mucha fuerza. Una respiración con significado. Ese día le dijo a mi abuela que quería un bife con papas fritas. Las tres nos reímos muchísimo y yo me me llevé ese momento de regalo.

Marcela le pregunta al hijo si queda shampoo y el hijo le dice que sí, que compró en la semana. Marcela le dice que lo ponga junto con el resto de las cosas de higiene, él le dice que está ahí, que ya lo acomodó. Marcela pregunta si está bien cerrado, que chequee por favor, le dice. Yo me quiero ir. Agarro el celular aunque intento no hacerlo cuando estoy acá para que el tiempo que paso en la habitación 307 sea fructífero; pero es que no soporto a Marcela y no puedo creer el calvario que vive el hijo; y lo cuento y me dicen que debe ser una dinámica que les rinde, que les resuelve el no tener que afrontar la verdadera tortura de ser y tener a un familiar enfermo. La habitación 307 es una pesadilla espiralada a la que no nos acostumbramos, por muy bien o masomenos bien que lo podamos llevar.  

Una vez una psicóloga me dijo que no importa si vengo diez minutos o dos horas, que la intención de la visita es poder, en la medida que el acv lo permita, conectar, interactuar, charlar. Abro Twitter, cierro, dejo el celular, le doy un beso a mi mamá y le digo que la amo. No tengo nada para contarle, pero me corté el pelo y sé que no le gusta, o no le gustaba. La última vez que me corté mucho el pelo fue en el 2004 mientras ella estaba de viaje con el tipo que le rompió el corazón después de mi papá. Cuando volvió me vio y me dijo “¿por qué me hiciste esto?”, pero ahora no tiene esa capacidad de reacción, a lo sumo sube las cejas sorprendida.

Ayer estuvieron Manes y Rubinstein en la tele hablando de acvs. Manes habla de los mitos y recorre el tema de forma disruptiva, como si hablara de otra cosa, como si fuera el poema de un uruguayo millonario, con lírica pero con una firmeza antipática; Rubinstein dice que en su otra vida, antes de ser funcionario, fue investigador, y cuenta que la primera causa es la hipertensión arterial, y suma que él mismo es hipertenso. Manes lo interrumpe con su voz de locutor y el intercambio se disuelve y la cámara toma a algún actor con media hora de trayectoria, hay un chiste, un chivo, pausa y chau. Todo me recuerda a la vez que decidí hacerme una resonancia de la cabeza para ver si yo tenía algo. Ahora quiero tomarme la presión arterial.

Pero esta es la habitación 307 y son las 12 del mediodía del domingo. El Dr. Gutiérrez me trata de usted e intuyo que exige el mismo trato en retorno. Me llamó y me dijo que tengo que conseguir otro lugar para que mi mamá “transite lo que le queda de vida, porque esto es una clínica de rehabilitación”. Me dijo que prepara los papeles y los tiene en 48 horas. Hace más de tres años que mamá está en la misma institución pero últimamente nos vienen insinuando que, como es una paciente crónica, quizás habría que buscarle otro tipo de centro. Por ahora sigue acá. Las enfermeras se manejan por piso. Mamá estuvo en el quinto, en el sexto, en el primero y ahora en este. Depende de su evolución y de la disponibilidad de camas. En el quinto y en el primero tuve el mismo episodio: entré a la habitación compartida, vi la otra cama vacía y pensé que la persona que usualmente la ocupaba había muerto. Ninguna de las dos veces me animé a preguntar, sólo lloré en silencio y en soledad y un día volvieron de la internación en sanatorio o del hospital de día en el que estaban.

Algunas enfermeras, cuando me ven llorar, me dicen que tengo que ser fuerte. Así tal cual: “tenés que ser fuerte”. ¿Por? ¿Y si no quiero? ¿Y si quiero llorar hasta deshidratarme?

Qué complicado es estar con gente que no deja llorar en paz. Extrañar en voz alta, amar con el oxígeno interrumpido. Dame un abrazo sin lección, es lo único que te pido. Ni siquiera necesito escuchar que todo va a estar bien. Abrazame fuerte y guardate todos tus saberes sobre superación de traumas. Contame un chiste. Quereme mucho un rato, te juro que no preciso nada más.

A “¿cómo está tu mamá?” quiero contestar no sé, no voy hace mucho y no quiero ir porque no me llevo nada más que sensación de haber cumplido. No habla, no se mueve, no sabe mucho de mí, no le puedo pedir consejos ni pelearme con ella cuando estoy enroscada por otra cosa que no tiene nada que ver. Así que no sé, realmente no sé; pero respondo que está bien, igual, ahí anda, a su manera se comunica, que hoy estaba más dormida pero bueno, que hay días y días. No creo que mucha gente comprenda el agujero negro de tristeza que implica tener a un familiar enfermo muchos años. Quiero hablar del tema todo el tiempo hasta sentir que la cadena enredada y envasada al vacío en el pecho se hace de goma espuma; pero no quiero hablar nunca del tema porque no quiero victimizarme, no quiero que mi vida se trate de ser la hija de una mujer enferma, no quiero. Y no quiero que me miren con lástima ni que me digan ay mi chiquita la que te tocó.

Por eso rescato el cruce con el hijo de Marcela, y con todxs lxs hijxs y esposxs de enfermxs que veo pasar. Porque no pensamos que nadie es un héroe por sobrevivir a un familiar enfermo. No se aplaude ninguna valentía, no se admira ninguna fuerza, se transita, sin lástima, se baila al son de la canción que está sonando todo el tiempo, se baila con el fondo y con la forma de esa canción; nos guste o no; porque nosotros, los familiares de enfermos, sabemos que esta tanda de baile es virtualmente eterna.

Esta es la habitación 307 de una clínica de rehabilitación amarillenta de Almagro. Con el hijo de Marcela nos miramos. Imagino que no quiere ser el primero en irse y yo tampoco. ¿Mamá percibe el abandono? La culpa es un yunque que tenemos atado al pie. Pero junto fuerzas, digo hasta luego, y lo arrastro hasta el ascensor. Hasta luego, muchacho, sé fuerte si querés, si no desmoronate, en algún momento vas a poder rearmarte y las piezas entrarán todas en el mismo lugar. Todo va a seguir en el mismo lugar, de eso se trata esto. Hasta luego, che, nos veremos en dos semanas.

Colaboración
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