Revista Palta | LLORANDO CON LOS CAMELLOS
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LLORANDO CON LOS CAMELLOS

Yo era chica (tendría nueve o diez años) y me aburrían esas películas, especialmente las que no tenían mucho que ver con mi mentalidad occidental y apurada. A mamá le gustaban más y siempre me convencía de verlas. Me terminaban gustando, pero tenían una lentitud que a mi mente impaciente le costaba superar. Tampoco me solían entretener los documentales, porque yo al cine le pedía que me mintiera; pero mamá me llevó al sillón marrón del living con un té de manzanilla, una bandeja con galletitas, y el dvd de La Historia del Camello que Llora, y me sentó a verlo con ella.

Los camellos entraban en la misma categoría de personaje que la familia principal, eso me divertía. Me sentía identificada con ese amor por los animales (pensaba en la fuerza que hacía para comunicarme con ellos en el zoológico), y en el fanatismo del nene por el televisor, que me decía “somos parte de lo mismo”. Lejos de eso, la situación me era totalmente ajena, pero me dejé llevar por esa mezcla de globalización, rituales y música; entré.

Mamá me hacía comentarios (me chequeaba), y trataba de explicarme cuando sentía que me perdía, pero no había demasiado que explicar. Era una mirada que no venía de un científico, ni de un antropólogo, ni de un fotógrafo de National Geographic (que después me enteré que un par trabajaron en la película); sino que era una mirada totalmente humana. Estaba todo dado con una sencillez tan absoluta que ni el idioma, ni la poca palabra, ni la lentitud fueron impedimentos para que terminase llorando con los camellos.

La subsistencia en sí era una coreografía, y la vi por primera vez. Igual que la ternura y el respeto con el que se mostraba a los camellos, y el comportamiento de la naturaleza que hasta ahora para mí había sido imperceptible. Entendí algo.

La revolución apareció en mi cabeza de nena de cuarto grado: esa forma de pensar no por ser arcaica era menos evolucionada que la actual, sino más bien todo lo contrario. Me corrí de la ciudad y pude ver otro mundo, tanto que quise fusionarlo con el mío. Unirme a ellos, a su tranquilidad, a su hermandad; y no era imposible, de verdad no lo era.

No necesité más palabras porque la película era un poema. Una despedida que me daba esperanza. Que me hacía entender algo y preguntármelo todo. Lo que hacía y lo que estaba dispuesta a hacer a cambio de lo milagroso de eso que venía asumiendo como cotidiano, la magia de lo ínfimo. La falta de amor que nos atrapa y que asumimos con aires de ventaja; una realidad que es tan dura y prepotente que la tildamos con aires de cursi, pero que nos dice que ninguna vida es posible sin amor.

Manuela Martinez
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