Revista Palta | LIBRE DE SÍ
1587
post-template-default,single,single-post,postid-1587,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

LIBRE DE SÍ

Pienso en desintegrar la familia tipo, desarmarla, romperla. Me inunda el cuerpo una sensación de extrañamiento. Madre, padre, hijo, hija, mortificadxs alrededor de la mesa. De repente, me parece algo impuesto. Una ficción. ¿Y si la idea de familia genera infelicidad?

Regalos de navidad, peinados con moños y besos en la frente. Que el nene no se caiga, que no se meta cualquier cosa en la boca. Mirarlo todo el tiempo, incluso cuando parece que el tiempo no alcanza. Mirar también las estrellas, sonreír. Hablar del clima, de si Marido cargó nafta en la estación de servicio y preguntarle qué comió. El bebé te toca, te besa, te llena de baba, te pega, se cuelga, te rompe el vestido. Sonreír igual. Teta, mamá, teta.

Algunas personas necesitan mirar el mar para calmarse. La protagonista de Matate, amor prefiere un arma. Quieta y dócil sobre un estante, alcanza con saber que está ahí. Ella observa, desde adentro y desde afuera, ese (o éste) mundo de hombres convencionales que comparan a las mujeres con la luna como si quisiera, todo el tiempo, escaparse, o matarlos a todxs.

Erica Rivas, sola en el escenario y con un gran equipo detrás, nos hipnotiza encarnando -magistralmente- a una mujer que, a raíz de una relación amor/odio con un hijo no deseado, observa extrañada el mundo que la rodea desde una animalidad que pareciera no estar dispuesta a moldearse. Desde ahí, pone en evidencia la idea de la mujer dividida entre el ser y el parecer, y en crisis la extranjeridad: como si por decir o sentir ciertas cosas a las mujeres se nos exportase, dejásemos de estar integradas en la sociedad y pasásemos a ser locas, raras, enfermas.

No se trata de la típica mujer que está cansada, abrumada y hastiada de su cotidianeidad; hay una vuelta de tuerca que va más allá. El amor conyugal es visto como acoso. El amor del hijo también. Indirectamente, se nos invita a vernos como extranjeras del mundo que habitamos, de nuestras propias familias, y de nuestros propios cuerpos. Poética antisocial. Ella se revienta contra un vidrio, corre al medio del bosque, se pierde en medio de la nada, busca a “su ciervo”. No es una reflexión contra el matrimonio: es una búsqueda insaciable de libertad.

Me cuesta imaginar la libertad por la que lucho. No hablo de pequeños cambios dentro del sistema que ya conozco como salir sin corpiño, mandar a la mierda a alguien importante o hacer topless en la pileta de unxs amigxs; hablo de un cambio de lenguaje, otras formas. ¿Cómo queremos las mujeres vivir la maternidad? ¿Qué es la familia? ¿Y si nos relacionásemos en grupo? ¿Y si la crianza fuese en comunidad? ¿Cómo abordaríamos la vejez? ¿Y la sexualidad? ¿Cómo habitaríamos el espacio? ¿Nos mataríamos entre nosotrxs?

Salí del teatro flotando en un mar de preguntas que ni siquiera podía poner en palabras. Sin ninguna idea clara, pero con ganas de cuestionarlo todo. Es que el material no propone una solución, una idea digerida, procesada. No hay un lugar a donde llegar. Hay una invitación a pensar por fuera de las opciones binarias que analizamos cuando creemos que estamos siendo libres.

Matate, amor es una obra incorrecta; que rompe con todas las normas establecidas, y también con la manera políticamente correcta de cuestionarlas. A la mierda los modos que tenemos que tener las mujeres. Fantaseemos con matarlos a todxs, tranquilicémosnos con armas en la mesa de luz, tengamos ganas de abrazar a nuestros bebés hasta ahogarlos, quejémonos de los besos sin lengua, masturbémosnos hasta el cansancio, peguemos patadas al aire.

La mujer en la piel de Erica se pasa la obra entera buscando a “su ciervo”. Es como si éste fuera el único ser capaz de entenderla, de mirar el mundo con sus mismos ojos. Él podría comprender esa tristeza que la atraviesa, que me atraviesa también mí y que pareciera atravesarnos a todas; él también es preso de construcciones mundanas que le son ajenas.

Pero ese ciervo con el que fantasea no es una fantasía: somos nosotras, hermanas, volviendo a ese estado animal que nos pertenece, buscando nuestra identidad desde bien adentro de nuestros cuerpos, viéndonos en la loca que está arriba del escenario y diciéndonos que no estamos locas, y que tampoco estamos solas. Cuestionemos entero ese mundo que quieren que habitemos incómodas y con sonrisas, y empecemos a habitarlo como locales. Nos pertenece.

Manuela Martinez
[email protected]