Revista Palta | LIBERTAD PARA HIGUI
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LIBERTAD PARA HIGUI

Soy mujer, comunicadora, trabajadora, hija, amiga, estudiante. No me gusta el rosa, de chica prefería trepar árboles antes que jugar con muñecas, siempre relegadas a una esquina del cuarto y limitadas a la función de modelos cuando quería aprender a hacer trenzas. Algunos de mis pasatiempos son: me gusta coser, jugar al fútbol e ir a clases de cerámica.

Más de una vez me dijeron que el maquillaje me quedaría bien, que una sombra de color y delineador resaltaría mucho mis ojos. Me han pintado los labios para probar y, aunque el resultado haya encantado al público, no llegaba a convencerme.

Estos datos son, sin duda, irrelevantes, pero me han llevado a pensar que en lo cotidiano ese tipo de comentarios son usuales. ¿Será que nos cuestionamos demasiado cómo lucen quienes nos rodean? ¿De dónde viene esa necesidad de prestar a debate cuestiones tan personales? ¿Quién nos dio el aval para ser jueces?

Mi abuelo me decía cuidate, que a los hombres después no les gustan las mujeres con cicatrices y marcas en la piel, si seguís lastimándote por jugar con tu vecino varón, cuando crezcas no van a gustar de vos. Así son los mandatos sociales: empiezan por el ámbito privado, la familia, y se perciben en todos los ámbitos públicos que transitamos desde que somos niñxs como el barrio, el jardín, la escuela.

Analía “Higui” de Jesús es una mujer que vino a romper con todo canon preestablecido, a despreocuparse por lo que la sociedad espera de una mujer y de su supuesta decente apariencia física, y lo que ganó fue odio y cárcel. Higui no resaltó su cintura, ni presumió su cuerpo con polleras, vestidos o jeans elastizados, tampoco con remeras entalladas ni pelo largo.

En otras palabras: no le interesó ser una mujer aprobada, tentadora, provocativa a los ojos de los hombres, acorde a los modelos que están acostumbrados a consumir. Da la impresión de que tener personalidad es, a su vez, un acto desafiante.  

Lxs vecinxs de Higui la maltrataron, acosaron y persiguieron durante tiempo. Abusaron de ella por ser lesbiana y la acusaron de no ser una mujer “con todas las letras” acorde al manual del macho universal: buen culo, buenas tetas, y predispuesta naturalmente a querer hacer alarde de esas cualidades.

Resulta difícil de asimilar –porque entenderlo no se puede– que estas personas se sintieran con el derecho de poder juzgar la vida que Higui llevaba, y que ya no puede llevar porque se encuentra privada de su libertad; que pensaran que debían corregirla, enderezarla.

Higui no encaja con el arquetipo de lesbiana con el cual los hombres se excitan y masturban. Estos machos no pudieron con la idea de que esa mujer no estuviera seteada para su goce, que nada le interesara menos que ser un pedazo de carne para satisfacer su hambre sexual.  ¿El resultado? Complotarse, agruparse y depositar en ella su violencia acumulada.

Sufríó la persecución diaria por parte de sus vecinos del barrio Mariló hasta que la situación fue insoportable y se mudó al barrio Burrufaldi, cerca de Campo de Mayo. El 16 de octubre de 2016 cuando iba a visitar a su madre a Mariló, fue rodeada por unos diez hombres que le pegaron y la violaron hasta dejarla inconsciente.

Volver a aquel lugar era todo un riesgo. Antes de salir tomó un cuchillo, el mismo mecanismo de defensa que tenía cuando pertenecía a esa comunidad. Durante la violación, un momento antes de desvanecerse, se defendió e hirió de muerte a uno de los violadores y como respuesta recibió más golpes, hasta que un vecino interrumpió la escena.

Más tarde despertó en una comisaría. No conforme con haber sido golpeada y violada por sus vecinos, y haberse defendido de ellos, la policía ignoró sus moretones, la sangre que manchaba su ropa y su cuerpo, los rasguños y la ropa deteriorada por la agresiva situación que acababa de vivir. A pesar de necesitar asistencia médica, su destino fue el calabozo.

Importó que una mujer hubiera herido de muerte a un hombre, en primera instancia, y no que este macho -con ayuda de tantos otros- la hubiera estado violando antes de que eso ocurriese. La violencia física fue, ni más ni menos, el punto cúlmine de la violencia simbólica y verbal que Higui soportaba día a día: la forma definitiva que el barrio elegía para escupirle en la cara la repulsión que sentía por ella.

Los muchachos y las mujeres se sumaron a la repulsión pública respecto de Higui, representando el odio que todavía tanta gente siente respecto de las minorías y los sectores que van en contra de lo establecido, de lo “normal”, lo intalterable. Reflejan el asco que les produce ver a una mujer que no está sujeta a la expectativa hegemónica y heteronormativa.

Yo nací en Entre Ríos y me vine a vivir a La Plata para estudiar periodismo. Tengo la suerte de conformar un grupo social que me permite ser quien soy sin tener la urgencia de caminar con un arma blanca en el bolsillo. Me siento libre, con ellxs, pero no en todos los ámbitos. Higui personifica la marginalidad dentro de un sector marginal, y su valentía y su fuerza la convierten en mi referente. Su situación actual debería ser un mensaje que cambie el curso de la discriminación y genere conciencia.

Higui, en un simultáneo papel de víctima y justiciera, me (y nos) está diciendo que abramos los ojos, que veamos la diferencia con la que hombres y mujeres son tratados en sociedad, porque si una mujer se defiende en medio de una violación grupal, la única que sigue corriendo riesgos es ella. Tras las rejas y esperando el desenlace de su caso,  es la prueba viviente de que el género masculino frente al femenino tiene impunidad ante los ojos de la ley.

Higui nos representa como minoría, forma parte todxs lxs que nos salimos de lo establecido de alguna manera, ya sea con la apariencia, la identidad de género, la orientación sexual, las preferencias, los pasatiempos, las creencias. Higui es una mujer cuya pulsión de vida le costó su libertad. ¿Qué dice el calabozo de Higui de cada unx de nosotrxs?

Ana Carrozzo
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