Revista Palta | LEVANTAR LA COPA (Y REIVINDICAR NUESTRO CUERPO)
1151
post-template-default,single,single-post,postid-1151,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

LEVANTAR LA COPA (Y REIVINDICAR NUESTRO CUERPO)

Tengo 16 años y estoy de viaje con el colegio en El Bolsón, Río Negro. Nos alberga un cuartel militar en el que hace tanto frío que no se puede dormir si no es bien abrigada. En una maniobra por esconder el celular, que se supone no debería usar durante el día, rompo un espejo -que tampoco sé por qué llevé conmigo- y una de mis compañeras de cuarto me dice que la mala suerte me va a acompañar durante los siguientes siete años. No le creo, no soy supersticiosa, escondo el celular y postergo tirar los pedazos de vidrio porque la rectora nos llama a almorzar desde la entrada del cuarto.

El menú disgusta a mis amigas, que me van pasando sus milanesas chamuscadas cuidando que lxs profesores no las vean. Los almuerzos son breves y toma más tiempo bendecir la mesa que comer: la monja del colegio elige a dedo a quién le toca dar las benditas gracias por tener ese plato no tan presentable de comida a disposición.

Llevo puesto un pantalón de jogging celeste por el cual siento devoción que hace juego con una campera blanca espantosa. Le pido a una amiga -sin emitir palabra y con un gesto que ella sabe leer al instante- que se fije si estoy bien, si todo está como debería estar. En una especie de lenguaje de señas no autorizado, me da a entender que pasó lo peor: me manché el pantalón.

Comienzo a pensar en posibles hipótesis, mientras desabrocho la campera para atármela a la cintura: la toallita se debe haber corrido de lugar, es que siempre me siento despatarrada, me las busco yo también o, peor, se rebalsó. Pero, ¿tanto me estará viniendo, che? Esa es siempre una incógnita si no usás la copa.

Me pregunto si la maldición del espejo estará empezando a actuar.

Mis amigas, alborotadas, corren en busca de una toallita en una secuencia digna de película de acción y me la alcanzan al baño. En cuestión de minutos, la situación está resuelta y llevo puesta debajo una calza que previene futuros accidentes ante mi afán por sentarme patas para arriba todo el tiempo.

Intento recordar y pierdo la cuenta de cuántas veces malgasté el tiempo preocupándome por haberme manchado, preguntando a tercerxs si la pollera del uniforme estaba limpia, pensando si convendría sentarme o estar parada por miedo a ocurra lo peor. La misma situación, un mes tras otro.

Mientras tanto, y desde hace unos 40 años  como mínimo, existía y tenía a disposición una solución pero, al ser siempre excluída de las publicidades de la televisión, no me había enterado. Aparentemente, la copa menstrual no cotizaba (ni cotiza) tanto como representar la sangre con un líquido azul y hacernos quedar a las mujeres como rehenes del período menstrual.

La primera versión de la copa menstrual fue presentada -no con mucho éxito- en 1937, hasta que en la década del ‘60 la cantidad de usuarias empezó a crecer porque se garantizaba que el método fuera práctico además de higiénico y preventivo de infecciones, cosa que las toallitas y los tampones sí provocan.  Le tomó unos veinte años llegar a su momento de esplendor: en los ‘80 se afianzó como un producto amigo del medioambiente por tener una vida útil de 10 años y no ser desechable como los otros métodos.

La copa tiene nombre pero sobre todo personalidad de campeona. Te hace el aguante por 12 horas -personalmente puedo decir que en ese lapso de tiempo nunca se rebalsa así que podríamos extender el plazo un poco más, dependiendo del caudal de cada una- se esteriliza hirviéndola por cinco minutos después de finalizado el ciclo menstrual, no irrita, no molesta y, una vez que te la colocás, te olvidás de que la tenés puesta. Es decir que sentarse en esas posiciones que no son “de señorita” tampoco es un problema. Ergo: la copa no te obliga a ser una dama como corresponde cuando estás indispuesta porque si está bien colocada los riesgos de mancharse son prácticamente inexistentes.

No todo es tan sencillo desde el minuto cero porque también es necesario conocerla y saber cómo es conveniente colocarla para que no haya filtraciones. Nada que no se pueda resolver con un tutorial. Una situación para aprovechar es la de la ducha porque en ese momento podemos probar las veces que necesitemos sin hacer un enchastre.

Nos sigue costando hablar de la menstruación, ¿no? Es que nos enseñaron que lo artificial está por delante de lo natural y por ende hay colores que en las publicidades se reemplazan porque así resulta más agradable, es que una señorita así debe ser. Que en esos días mejor estar atenta y ser cuidadosa porque la consecuencia puede ser el papelón público y una señorita debe mantener, además, una imagen digna. Nos han convencido de que las toallitas se deben cambiar con cierta frecuencia y que si usamos perfumadas, mejor, porque así disimulamos que estamos indispuestas. Pero, ¿quién dijo que la menstruación huele mal? Lo que genera olores es la combinación de la sangre con las toallitas. Vacíen la copa, diluyan el contenido en medio o un litro de agua y aprovechen para regar una planta, incluso a esa que pensamos que no va a sobrevivir. Va  a estar chocha.

Personalmente, no fue hasta después de informarme que pude tomar una decisión que escapaba a los métodos convencionales como son las toallitas y los tampones, sobre los cuales los medios masivos no hacen jamás una crítica. Hablar de la menstruación como algo natural es el primer paso para que quienes nos indisponemos sintamos que tenemos, al menos, una pizca de potestad sobre nuestros cuerpos.

Ana Carrozzo
[email protected]