Revista Palta | ¿LESBIANA, YO?
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¿LESBIANA, YO?

Por Cami Roel.

Mi confusión empezó cuando, de muy chica, descubrí que lo que más me gustaba era la pornografía lésbica. No sentí una angustia como, asumo, la que puede sentir alguien que reprime sus deseos, pero me llevó mucho tiempo a dar lugar a mis dudas. Y mientras tanto me acompañaron.

Tenía 10 años, esperaba a que todxs en mi casa se durmieran, prendía la tele en silencio y miraba las pelis eróticas que pasaban después de medianoche en I-Sat y The Film Zone. Con el control remoto en mano y el dedo en el botón de apagar, por las dudas, esperaba la escena de lesbianas que tarde o temprano iba a llegar.

Las escenas heterosexuales no me eran indiferentes, pero me asustaban más que exitarme. Las mujeres hacían cosas que no terminaba de entender, con la boca, las manos, los cuerpos. Algunas posiciones parecían de acróbatas. Los cuerpos eran perfectos, casi como si el sexo fuera terreno exclusivo para gente fit. Identificarme con esa imagen era imposible. Además en las películas eróticas no te muestran el pene, pero sí la vagina. Y yo quería entender a los dos, no una al servicio del otro. La pornografía lesbiana caía en algunos de esos patrones, pero se mostraba más tierna, con genitales explícitos y sin importar la cantidad de mujeres que participaban en la secuencia, todas parecían pasar un buen momento.

Ahí empezó la confusión. ¿Era gay? No tenía mucho sentido, porque me encantaban los hombres. Eran mi objeto de deseo. Sí iba por la calle y me gustaba una persona, era un hombre. Si miraba a una mujer, no era con deseo, sino más bien con admiración o por comparación. ¿Era bisexual? Cuando me enteré que era posible sentirme atraída por ambos sexos lo pensé mucho, pero no tenía sentido si no me gustaba ninguna mujer en la vida real. Aunque sí me gustaban las actrices porno.

Fui creciendo y la pornografìa dejó de ser tan importante. No quería ver una pantalla, quería aprender y experimentar en carne propia. Llegaron los novios, el sexo, algunos besos con amigas en situaciones de fiestas y juegos a los que les restamos importancia. Y durante mi primera relación larga con un hombre, ese deseo de probar con mujeres se apagó.

Pero seguía en mí. Era un secreto guardado en un cajoncito de pendientes que abrí nuevamente cuando, ya soltera, decidí viajar por el mundo.

Cuando viajás sola la privacidad es infinita. Nadie sabe realmente dónde estás o qué estás haciendo con quién. Ahora sí, a probar todo. A todos y a todas. Nada me podía frenar y mi curiosidad alcanzaba un nivel tan alto que empecé a buscar la respuesta a esa duda que siempre me acompañó.

Lo sorprendente fue encontrarme en un lugar que jamás en la vida estuve: me costaba dar el primer paso. Cuando de hombres se trata, el juego lo conozco, pero con las mujeres fue distinto. Necesitaba que alguna diera el primer paso y que lo diera bien. No borracha en un bar. Quería seducción y un poco de romance.

Por fin una chica lo hizo. El vínculo empezó como una amistad, pero rápidamente la atracción se metió en el medio. Recuerdo ir a su casa nerviosa. Sabía lo qué iba a ocurrir esa noche y que ella también lo sabía. Caminé un par de kilómetros para sacarme los nervios.

Cuando pasó fue lindo y natural. Yo no sabía qué estaba haciendo y ella me enseñó. No me decía lo que tenía que hacer, pero se reía de mí torpeza y de mis caras con ternura. Era todo distinto. Por primera vez compartía la cama con alguien y no había pito, había tetas. Me sentía una nena y ella me felicitaba por mí coraje, por animarme. El sexo con una mujer no termina con un orgasmo. Puede no terminar nunca. El acto era estar en ese momento y lugar hasta salir de la cama, hasta que ninguna quisiera seguir.

La relación fue intensa pero, como todas las relaciones de viaje, fue breve. No terminó muy bien tampoco. Se pudrió cuando decidí irme con un hombre a otro lugar. No porque prefiriera al pene sobre la vagina, fue una cuestión de vínculos y el momento de la vida de cada unx. Al final descubrí que más allá de lo sexual, me gusta más la dinámica de pareja que se da con un chico que con una chica. O tal vez me pasó eso en esa situación en particular. Todavía tengo cosas por descubrir.

Lo que sí cambió fue mi deseo de estar con mujeres. Esa curiosidad extrema que salía de mi ser como un aroma, se apagó. No sé si declararme a mí misma bisexual, pero tampoco me puedo definir como hetero. No me siento cómoda con ninguna nomenclatura. La realidad es que no sé a quienes conoceré en el futuro, que deseos desconocidos aparecerán, qué experiencias me esperan o que por motus propio buscaré, pero no voy a cerrarme a que la vida me sorprenda o la posibilidad de sorprenderme.

Hoy, mirando atrás y con una perspectiva de género adquirida con los años, puedo hacer ciertos análisis que durante la pubertad me eran imposibles. El sitio web Pornhub publicó sus estadísticas de búsquedas del 2017, y la palabra más popular del año entre usuarias mujeres fue “lesbianas”. Y supera en cantidad cualquier otro término de búsqueda. Este dato muestra que, efectivamente, las mujeres también consumimos porno.  

El problema radica en que existe muy poca pornografía pensada para nosotras. La mayoría de los contenidos están dirigidos a calentar a los hombres, en muchos casos poniendo a la mujer en lugares degradantes y hasta ilegales. Y así terminamos en la porno lésbica, qué también está creada para los hombres, pero al menos nosotras la pasamos muy bien.

En los últimos años empezó a nacer la pornografía feminista o el porno ético, de la mano de productoras independientes en su mayoría gestionadas por mujeres. Es un nicho de la industria que empezó a crecer y con suerte florecerá. Con un poco de perspectiva de género, juegan con las fantasías sexuales de distintas vertientes y crean así toda clase de contenidos eróticos.

Hoy entiendo que mi identidad sexual, al igual que la de todxs, es parte de mí ser, algo que puede mutar a lo largo de toda mi vida. Yo tuve suerte. No tengo limitaciones morales, religiosas o  familiares que perturben mi libertad de experimentación. Pero no todxs tenemos la misma fortuna. La educación sexual también deja mucho que desear.

Colaboración
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