Revista Palta | LAS FORMAS QUE TOMA EL CARIÑO
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LAS FORMAS QUE TOMA EL CARIÑO

Comentario a propósito de El primer hombre malo, novela de Miranda July.

Ayer, mientras esperaba que el semáforo se pusiera en rojo para cruzar avenida Santa Fé, vi del otro lado una chica de unos veintipico, lindísima, que cargaba un bebé. Tenía una mochila y el pelo desatado, iba apurada. Automáticamente lo que se me vino a la mente fue: “ESA ES CLEE”. La miré hasta que nos cruzamos, me dí vuelta, me emocioné, tuvimos que separarnos, íbamos cada una para un lado opuesto, la perdí para siempre.

Claro, me dije cincuenta metros más adelante, no era. Clee es un personaje de ficción que no existe más que en El primer hombre malo, la novela de Miranda July (2015), y en mi propia imaginación. Ahí termina su vida. Sin embargo, ahí estaba ella, algo de la esencia de ese personaje estaba presente en esa chica en la calle. Lo que hace July es poner estos personajes que podríamos cruzarnos todo el tiempo en la calle en un lugar otro, que no existe. Y nos lleva a repensar nuestra propia realidad que, podríamos decir, sí existe. Los personajes de July son extraños, conmovedores por la soledad que representan, lo que podríamos decir sujetos modernos alienados que sin embargo buscan algo verdadero.

La historia comienza con Cheryl, la protagonista de unos cuarenta y pocos años que se encuentra en la situación de tener que albergar por un tiempo a Clee, la hija veinteañera de sus jefes, en su propia casa. Cheryl vive sola, tiene reglas y rituales muy prácticos, un poco obsesivos; desde un sistema para que todo se mantenga limpio hasta cuestiones espirituales. Todo parece estar acomodado para que ese mundo funcione, pero de repente se ve alterado por la presencia explosiva de Clee, una joven con mucho de adolescente que vive con el teléfono en la mano y pegada a la televisión. La relación se construye a partir de diferentes matices que incluyen violencia física y emocional, diferencias generacionales y mucha humanidad. En esa convivencia, todo va avanzando de manera sorpresiva hasta el momento en que Clee queda embarazada y ahí la historia parece entrar en un río amoroso, tierno y desesperado. Cuando nos damos cuenta, ya ocurrió: estamos inmersos en esas vidas de ficción preguntándonos por nuestra propia manera de concebir los vínculos y el amor. Reflexionando sobre la incertidumbre en la que estamos involucrados actualmente como sociedad a la hora de pensar la maternidad, lo que consideramos familia, las nuevas formas que toma el cariño.

July retrata estos personajes llevándolos por momentos al borde de lo psicótico, desplegando por un lado la enorme sensibilidad de Cheryl, su mundo de fantasía, y por otro, la torpeza y por eso mismo belleza de Clee. Estamos ante personajes modernos, profundamente solos, aferrados a la fantasía y a la tecnología, que sin embargo no resignan la posibilidad de encontrarse con otros, sorprenderse y hasta enamorarse.

De esta manera July logra interpelarnos, hacer que nos preguntemos por nuestra propia vida, y desde ese lugar es que podemos conocer algo más sobre nosotros mismos. Y si el arte tiene alguna función será, sobre todo en estos tiempos de tanta información, la de ayudarnos a conectar con la sensibilidad propia y la que nos rodea, la que está ahí al lado y a veces no podemos ver.

 

 

Por Valentina Rata Zelaya.

Colaboración
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