Revista Palta | LAS BAILARINAS TAMBIÉN COMEN
1992
post-template-default,single,single-post,postid-1992,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

LAS BAILARINAS TAMBIÉN COMEN

Por Corina Romero.

A los cuatro años me divertía mucho apoyar la cola en el piso, tomar envión y girar. Incluso desarrollé algunas técnicas para hacerlo mejor: encorvaba la columna, abrazaba las piernas contra el pecho y echaba la cabeza para adelante. Me hice experta en el giro con la cola. Lo hacía todo el tiempo. Un día vi en la tele un blooper de Reina Reech en que bailaba rodeada por hombres en musculosa de vinilo, y de repente se tropezaba y se caía. Ahí Reina activó un mecanismo que me dejó helada: desde el piso flexionó las rodillas sobre el pecho y las abrazó, encorvó la columna, echó la cabeza para adelante, aseguró la cola y pegó envión. Giró. Con MI técnica. En TV nacional. Usó el movimiento para pararse y siguió bailando, con la sonrisa enorme e intacta. Ahí viví la primera de muchas experiencias agridulces que luego me daría la danza: 1- entendí que yo hasta ese momento no sólo giraba con la cola, sino que también estaba bailando, 2-lo que pensaba que había inventado yo, lo había inventado Reina Reech. Creo que incluso ahí, con cuatro años, identifiqué que Reina era rubia y flaca, y que por eso la danza le pertenecía a ella más que a mí.

Mi primera clase la tomé a los seis años. La maestra era una vecina y mi mamá quería que hiciera actividad física, entonces no le tuve que rogar mucho. Me acuerdo que todas mis compañeras tenían medias, malla y pollerín (una especie de pareo corto de tul). Yo iba en jogging y me miraba mucho al espejo. Un día llevé malla y medias para ponerme, y una compañera más grande en el vestuario me dijo: “ponete las medias arriba de todo y subítelas bien, así te hace la panza más lisita, ¿ves?”. Ese día se había muerto mi abuelo, y yo había insistido para ir a danza igual. Empezó la clase y durante el precalentamiento observé que aunque me pusiera las medias por encima no tenía la panza lisita, me puse a llorar. Dije que lloraba porque estaba triste por mi abuelo. En realidad, estaba triste por mi panza.

A los nueve años tuve una maestra nueva. Era una señora mayor, daba las clases en pantalón de vestir y nos marcaba cómo teníamos que poner las piernas dándonos golpecitos con un palo. Ese año entré en la pubertad; tuve lo que se llama “menarca temprana”, que es cuando el cuerpo se desarrolla y menstrúa antes que lo “normal”. Es decir que a esa edad yo ya tenía tetas y caderas y la maestra me lo recordaba diciéndome lo “grandota” que era. A partir de ahí en adelante, así como desarrollé técnica para girar con la cola, desarrollé técnica para disimular cualquier curva de mi cuerpo. Cada clase de danza -y capaz en alguna otra ocasión especial- me ponía:

  • 2 o 3 corpiños o tops deportivos apretadísimos.
  • Medias can-can de color oscuro, subidas tipo faja hasta el elástico inferior de los corpiños.
  • Malla oscura encima de los corpiños y las medias.
  • Calza corta apretada, encima de la malla.
  • Pantalón sueltito, encima de la calza y las medias y la malla.

No sé si tenía calor, o estaba incómoda, o si la gente se preocupaba al verme tan llena de ropa; yo sólo quería que no me dijeran nada sobre mis tetas o mis caderas. Más de adolescente la maestra me dijo, finalmente, que yo no tenía “cuerpito de bailarina”, y que era una lástima porque tenía condiciones. Pero que siguiera entrenando porque ella igual quería que yo me presentara para audicionar para el taller del Teatro San Martín, en donde me iban a matar con el exámen físico, mientras me mostraba fotos de los cuerpos huesudos que integraban la compañía. Pero decía que si me esforzaba capaz iba a poder entrar, quién sabe. Yo seguí entrenando con ese objetivo, fui a la nutricionista, y bajé muchos kilos que nunca fueron suficientes.

Cuando terminé el colegio migré mi danza del Conurbano hacia la Capital. Estaba muerta de miedo y pensaba que así como me iban a matar con el físico en el San Martín, me iba a pasar lo mismo en todos lados. Me iban a matar. Empecé a estudiar Periodismo, un poco por presión de mis viejxs y otro porque pensaba que antes de entrar en cualquier institución académica a estudiar danza, para no ser asesinada, tenía que adelgazar. Ese año bajé 10 kilos. Descubrí que entre la facultad y entrenar podía comer poquísimo sin darme cuenta. Bailaba jazz, clásico, hacía elongación, abdominales todo el tiempo. Dejaba de comer a las 4 de la tarde y no probaba nada hasta el desayuno del otro día. Si sentía que a la noche no daba más me comía un paquete de gomitas o un huevo duro. Tomaba clases en dos estudios, y en ambos me aplaudían cada vez que me veían más flaca. Nos pasábamos tips para adelgazar con mis compañerxs en los vestuarios. Compartía las mismas ideas con demasiada gente como para pensar que eran nocivas.

Como para el sistema yo aún no tenía el cuerpo necesario para estudiar danza en ningún lugar formal, conseguí un trabajo de oficina en el que me convencí de que quería “hacer carrera”. Con el cambio de ritmo y de horarios empecé a cenar y a comer alfajores cuando tenía ganas. Un día fui a entrenar y una compañera me dijo “cómo se nota que estás cobrando bien, eh”, hundiéndome un dedo en la panza, dándome a entender que había subido de peso. Ese día volví llorando en el subte y me juré nunca más practicar danza.

Digo “practicar danza” porque me di cuenta de que entre los seis y diecinueve años nunca bailé. Lo que disfruté fue que me dijeran que estaba flaca, o cuán alto levantaba la pierna. En ese tiempo la danza como arte nunca me perteneció, nunca me animé a pensarla creativamente, porque a pesar de todo el tiempo y las ganas que le dediqué nunca tuve “cuerpito de bailarina”.

Muchas escuelas de danza proponen, desde la técnica, una noción del movimiento que se quiere acercar lo más posible a lo etéreo, a algo espectral, transparente, mínimo. Por eso los cuerpos que se alejan de esa noción, para el sistema, no sirven. Yo en cambio pienso que no hay nada menos etéreo y más hermoso que un cuerpo fuerte, diverso, nutrido, que baila y que también piensa y habla.

Que te sea imposible desarrollarte en algo que amás, sólo porque tu anatomía no entra en un único molde, y que eso genere abusos y enfermedades, es violencia pura. Hoy la danza que no es política no me interesa, porque asumir la lucha feminista significa cuestionarse todo, y lo que pasa dentro de la danza, mayormente practicada por mujeres, no debería quedar afuera, porque también se rige por sistemas que imponen un molde que indica cómo hay que ser (y cómo no), demasiado similares al patriarcado.

Por suerte hay círculos con disidencia y diversidad bailando, y es ahí donde quiero estar, juntarme, integrar ese tipo de tribus. Hoy sólo voy a clases de danza si la persona que enseña logra mostrarme, desde el principio, que bailar es hermoso en el cuerpo que tengo y no en otro. Si me transmiten lo contrario, antes de salir corriendo, les explico que ese sistema para el que trabajan no sirve y arruina vidas, y advierto a quien pueda que se aleje de ahí.  

Colaboración
[email protected]