Revista Palta | LA VIOLENCIA QUE TE PARIÓ
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LA VIOLENCIA QUE TE PARIÓ

Por Ramiro Godoy.

Hace unos días, en un elegante sanatorio de Palermo, un primito nuevo vino al mundo. En realidad es hijo de una prima así que no tengo certezas sobre si también es primo, si es mi sobrino o qué lazo social y sanguíneo nos une pero, de todos modos, fue una gran alegría para la familia en general aunque muy probablemente volvamos a verlo cuando se reciba de la secundaria a los 18 años. Esto último no es exclusiva crueldad mía, son cosas que pasan con las familias cuando sus integrantes venimos a vivir a Buenos Aires.

Cuando fui a la clínica para conocerlo me encontré a la flamante madre en una absurdamente torpe cama de hospital. Sacada de contexto, esta escena daría la sensación de tratarse de una persona enferma. Pero no: era una mujer que acababa de parir. Esto me llevó a pensar en ese camino clave, determinante y definitivamente complejo que es para una mujer un embarazo y el nacimiento de un hijx. También doy por sobreentendido que vincular directamente a una mujer con la maternidad constituye una forma de violencia. Pero en este caso, me voy a centrar exclusivamente en aquellas personas que libremente, y no por un mandato legislativo, social y/o mágico/religioso, hayan elegido traer a una personita nueva a este mundo.

Aunque nunca vi a mi prima con su panza (soy malo en la tarea de ser familiar), pensé en todo lo que debe haber pasado en estos nueve meses, desde la náuseas y los antojos hasta lo que deberá enfrentar desde ahora, como cuando tenga que dar la teta en público frente al descontento de ciertxs moralistas. Pero no podía sacarme de la cabeza su imagen de madre convaleciente, ¿tener un hijo es estar enfermx? Fue entonces cuando me di cuenta de que quizás esa es la expresión concreta de lo que llamamos violencia obstétrica. Una clase “nueva”, no porque no existiera antes en la cultura occidental, sino porque en medio de este clima de saludable inestabilidad de conceptos naturalizados, prácticas antiquísimas y establecidas han sido puestas en foco y analizadas críticamente, dando como resultado que muchas de ellas constituyen formas de violencia (simbólica para quienes hayan leído a Bourdieu).

Probablemente cuando L. crezca va a tener que estudiar las luchas, logros y las hazañas de personas como Martin Luther King, Nelson Mandela y otrxs tantxs líderes fundamentales en nuestra humanidad. Ya me imagino el tamaño de sus ojos cuando yo, o alguien, le cuente que cuando él nació, en nuestro país, vivíamos un proceso muy similar. Me imagino hablándole sobre el movimiento llevado a cabo por mujeres, sus luchas, sus victorias y los derechos que obtuvieron y obtendrán. Si bien es cierto que los tres fenómenos son sumamente complejos y tienen grandes diferencias entre sí, yo encuentro común un factor que considero esencial: el hecho de poner en cuestión elementos y figuras establecidas, desnaturalizar lo naturalizado. Con el tiempo, él lo entenderá.

No apunto a estigmatizar a lxs médicxs y obstetras, a convertirlxs en discípulxs de Hitler, preparadxs para maltratar a cualquier mujer que caiga en sus manos. Lo que digo es que muchas de sus prácticas y acciones que se consideran de rutina, probablemente sean violentas en esencia y concibo que es un momento oportuno para ponerlas bajo la lupa y revisarlas. Hasta diría que la mayoría de lxs profesionales que han aplicado violencia obstétrica no lo hicieron conscientemente.

Por otro lado, como la violencia obstétrica está por demás naturalizada también es probable que sean pocas las mujeres que se sientan violentadas al momento del parto aunque hayan tenido que soportar maltrato verbal, tactos innecesarios, la maniobra Hamilton para inducir al parto sin que sea necesaria, rotura artificial de la bolsa sin necesidad y procedimientos médicos sin ser informadas debidamente. El horror, el horror.

De hecho, supongo que si se lo preguntara a mi prima, ella diría que no y que todos los que participaron fueron un encanto. Pero entonces debería decirle que no, que decirle “gordita” en esa situación no es un gesto cariñoso sino infantilizarla . A ese nivel de desequilibrio del sentido común debemos llegar, a un nivel en el que ya no tengamos retorno y donde lleguemos a poner en cuestión cada una de nuestras actitudes y acciones, sobre todo las relacionadas con la o el que tenemos al lado.

No importa que ni L. ni su mamá lo hayan notado: debe ser una de las violencias más traumáticas porque se produce en lugares donde se supone que una mujer debe ser cuidada, en uno de sus momentos más trascendentales. Sin embargo, a mi prima la llevaron a un ambiente frío, tuvo que enfrentarse a la desolación de una de sala de partos con luces enceguecedoras apuntando directamente hacia sus ojos, con instrumentos brillantes pero hirientes a la vista que -sumado a los maltratos, involuntarios o no, del personal profesional- podrían haber provocado que el idílico momento del parto se transformase en algo triste y doloroso.  

En este caso, L. tuvo la suerte de tener obra social, pero es importante no ignorar que en numerosos centros de atención  -especialmente públicos- lamentablemente muchas veces las carencias tanto técnicas como de personal pueden llegar a ser un escollo en la práctica profesional.

Algún día se va a dar cuenta de que en una sociedad capitalista como la nuestra, la medicina -como cualquier otra actividad- se parece cada vez más a la labor de una fábrica, donde lo único que importa es cuántas piezas puede tornear un operario por minuto, por hora, por día. Confío en que tenga la suficiente claridad para notar que un médico no es un operario, que una mujer no es una pieza de un motor. ¿No será que el mejor parto es el que no se interviene para acelerarlo? ¿El que cumple con los tiempos biológicos dispuestos por la madre?

Tenemos en Argentina una ley realmente ejemplar que es la N° 25929, o Ley de Parto Humanizado en la que se enumeran los derechos de la mujer en relación con el embarazo, el parto y el posparto; además de los que le corresponden al/la recién nacidx, en este caso mi primito y su mamá. Es una reglamentación que tiene en consideración a la mujer como centro y actor principal del proceso de nacimiento de su bebé, atendiendo cuidadosamente a sus deseos y necesidades en este proceso. Por ello es importante trabajar junto a lxs profesionales médicos; que comprendan que no es una lucha contra su labor, sino una vulneración de derechos humanos y que está entre sus facultades modificarlo.

Vaya suerte la de primito, venir a nacer en medio de este desequilibrio, ahora que lo «natural» ya no es lo natural.

 

Colaboración
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