Revista Palta | LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
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LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Por Camilo Polotto.

La tormenta es inmensa y a mi me da miedo no llegar. Voy en uber a Nun porque salí más tarde de una clase de teatro. En el auto me percibo intenso, tenso y me acuerdo algo de la clase y entonces pienso en la exigencia. Me acuerdo de algo que dijo una vez un compañero en relación a eso: la diferencia entre exigencia y disciplina. Parecieran cerca, casi tocarse, sin embargo esta diferencia que constituye la leve separación entre ambas es profunda y hasta podría ser aniquiladora. Es que la exigencia nos da una idea de futuro, por eso nos significa un peso. Algo a resolverse que no nos permite estar en el exacto punto del presente porque nos genera un espacio adelante. Lo que -supuestamente- deberíamos. Un futuro que no existe pero que se hace expectativa y que presiona. Punza y ahoga. La exigencia y su futuro nos amedrentan, nos ponen fuera de nosotrxs. En cambio la disciplina nos ordena, incluso en nuestro propio desasosiego, en nuestro propio no saber. Nos trae más con nosotrxs mismxs. Más acá.

Más acá dirigida por Sofía Brihet es de una simpleza tan honesta que conmueve. Sin caer en las fórmulas del golpe bajo ni en lugares comunes, incluso abordando la muerte de una madre y que se hace con eso como punto de partida. Lo que queda. La casa llena de humedad que Fernanda compartió con su mamá durante toda su vida, la ropa, las plantas. Lo burocrático atravesándolo todo. La sucesión, la venta. Algo tan natural, tan personal y errático a la vez, la obra nunca entra en la solemnidad y nunca intenta dejar respuestas, eso es lo que uno más agradece. La obra sucede y no pretende resolver nada. Esa tranquilidad de no tener que hacer nada con “el tema” pareciera estar en su esencia más pura, y por consecuencia, fluye hermosamente.

Sus personajes son tiernos, repletos de paisajes que hasta siento podría inventarme ahora mismo un capítulo de la vida de cada uno de ellos y eso existiría, sin duda. Porque ellos tienen veracidad, están en contacto, y si algo está en contacto entonces existe. Sus personajes están vivos. Incluso la presencia de la causante -la madre muerta- está tan muerta y su ausencia ocupa un espacio tan vació en la escena, que incluso ella está también muy viva. Sus personajes permanecen, transcurren en sus emociones habitándolas y devienen con ellas. No hay intención de un “algo conflictivo” a la vista que deba resolverse. En esta obra no existe esa exigencia y eso la convierte serena. Por el contrario, hay personas en relación con un algo. Es decir que lo que hace foco minuciosamente la obra es en esa relación de estos personajes con lo que les pasa, más que en lo que les pasa. Cómo se vinculan con eso, como permanecen y como eso deviene, a través del contacto.

La protagonista (Julieta Blanco) está tan al servicio de la situación, tan en contacto con los otros y todo el entorno de una manera muy primaria, muy sin respuestas. Su actuación tiene tanta existencia -y por lo tanto está llena de verdad- que uno podría pensar que Julieta acaba de despertarse de un sueño profundo y largo en medio de esas cajas puestas en la escena, casi por accidente, un poco dormida un poco despierta empieza la función y la hace, y eso es lo que uno disfruta enormemente, lo respira y lo celebra.

Todo esto puede ocurrir -estoy seguro- por la confianza y la entrega de los actores con su directora y viceversa. La entrega colectiva de lleno a algo es en mi opinión, un ritual que tiene que ver con el amor. Me dan muchas ganas de decir que Más Acá es una obra sana. Verla hace bien.

 

Colaboración
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