Revista Palta | LA UNIVERSALIZACIÓN DE LA DESCONFIANZA
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LA UNIVERSALIZACIÓN DE LA DESCONFIANZA

“Cuando darías la vida por esa persona”. Esa fue la respuesta que me dio mi mamá cuando, de chica, le pregunté cómo se daba cuenta si amaba o no a otra persona.

Y si bien cuando crecí entendí que el amor es, a la vez, mucho más y mucho menos que eso; esa pregunta quedó en mi inconsciente. Cada vez que tengo vínculos importantes, me planteo situaciones hipotéticas donde yo tendría que dar la vida por esa persona y pienso cómo reaccionaríamos. Una especie de medidor.

Dentro de mi familia siempre me sentí muy protegida. Estaba segura de que mis papás “me amaban”, y lo mismo con mis hermanas, y mis lazos más fuertes. Yo sentía que con ellos siempre estaría a salvo, por eso mis mayores miedos siempre fueron las catástrofes naturales. Los tsunamis, los terremotos, los huracanes. Esas situaciones donde la naturaleza arrasa con todo y nadie, ni siquiera la persona que más me ama en el mundo, puede protegerme.

Cuando vi Force Majeure, mi mayor miedo cambió. Porque entre lo que a una le gustaría hacer, y lo que realmente haría, hay un abismo de distancia. El miedo y la falta de tiempo hacen que respondamos instintivamente. Y el instinto, cuando sorprende, es de una naturaleza mucho más aterradora que los fenómenos que nos muestra National Geographic.

En la película, una familia tipo (padre – madre – hija – hijo) se va de vacaciones a los Alpes Suizos y, al segundo día, se encuentra frente a una avalancha de nieve que parece ir directo hacia ellos. La gente corre, grita, se agacha, se cubre. La madre de la familia abraza a sus hijos como tapándolos. El padre agarra su celular y sale corriendo.

La avalancha resulta estar controlada y todo intenta volver al equilibrio original. La gente vuelve, se para, se ríe, se sienta en su lugar. El aire se disipa y la vista se vuelve clara de nuevo. El padre de la familia vuelve a su mesa y se sienta sin decir una palabra.

Una catástrofe que se anuncia pero que no sucede. O, por lo menos, no en el exterior.

El padre de la familia, patriarca que debe mostrarse protector y valiente, rompe con el acuerdo tácito sobre lo que se esperaba de él. Decide, impulsivamente, salvar su propia piel, en lugar de su familia.

Ahora Tomás no sólo se enfrenta a la nueva visión que su familia tiene de él, sino también a la propia, con sus propias expectativas, ahora probadas como falsas, derrumbadas. Y debe encaminarse, lleno de vergüenza y de angustia, en busca del perdón de los demás, sin siquiera poder perdonarse a sí mismo.

Force Majeure, llena de inteligencia, de silencios, y de humor negro, funciona mediante la enunciación de una controversia. Desde ahí, jaquea los valores que sostienen al machismo, se burla de los miedos y miserias de la burguesía, y cuestiona lo “políticamente correcto”. Universaliza de la desconfianza, y habla de la desilusión con los padres y con las personas que amamos; de la negación, la contención, la explosión, y la aceptación que eso conlleva. Y también habla del amor, no en su versión hollywoodense, sino como la lucha que tienen que atravesar Tomás y Ebba para permanecer juntos, que se incrementa cuando la falta de intimidad es tal, que el único espacio para discutir y quebrarse son los pasillos del  hotel.

¿Cuál es la manera, políticamente correcta, de reaccionar ante semejante actitud? ¿Cómo se ignora? ¿Es cuestionable? ¿Qué pasa con los lazos familiares en una situación de “sálvese quien pueda”? ¿Qué tan dispuestos estamos a perdonar? ¿Qué papel juega el instinto en las reacciones humanas?

Cuando vi la peli me llené de preguntas, y casi todas me las hice al mismo tiempo que los personajes. Pero la principal fue, claro, cómo reaccionaría yo frente a una situación así.

Después entendí que, por más inevitable que sea, no tiene sentido darle tantas vueltas al asunto. Así que ya no me hago más preguntas hipotéticas. Ahora, cuando amo a alguien, me doy cuenta porque no me encuentro preguntando cosas, sino pidiendo un deseo. Que, frente a una situación así, no se revele su individualismo; pero, sobre todo, que no se me revele el mío.

Manuela Martinez
[email protected]