Revista Palta | LA REINA DE LAS SOBRAS
652
post-template-default,single,single-post,postid-652,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

LA REINA DE LAS SOBRAS

Irme a vivir sola empezó con un dolor de cabeza de esos que te agarran cuando dormís poco y te levantas temprano. El fletero llegó tipo 8.00 am, como si todo debiera ser así de pronto, así de rápido. Pasó por lo de mis viejos, pasó por lo de mi ex, pasó a buscar a mi novio nuevo y nos dejó en el departamento.

Sí, el recorrido del flete fue un gran resumen del año que me había pasado (por encima). Una vez que mi “hogar” se veía como uno, y habiendo pasado la primera noche en el, mi novio me cortó. Y yo que pensaba que no me iba a regalar nada por el estreno…

Es así que Vivir Sola, The Full Experience empezaba algo trunca, y con un sabor de esos que te vienen cuando morís por comprarte algo y termina siendo un fiasco. Mi casa era todo menos lo que yo esperaba. ¿Dije mi casa? Quise decir mi “hogar”. El departamento era hermoso pero claramente nada estaba saliendo acorde a mis sueños de Lena Dunham frustrada.

Descubrí que la presión de la ducha es importantísima, y que yo no estaba pudiendo manejar las mil personalidades de mi calefón. Igual que en la vida, tenía muy mal el regulador de frío/calor.

Alguien me dijo una vez que es mejor usar toallas viejas porque las nuevas no secan bien. Bueno, aquí les regalo una enseñanza de vida completamente gratis: las sábanas recién compradas son igual de paja. Hasta creo que tienen la culpa de mi separación.

También aprendí una serie de cosas que no te enseñan en la secundaria, pero que uno aprende en este gran colegio que es la vida: el papel higiénico no es una ammenitie  no viene con el edificio. Tenés que comprar bastante seguido, y también sale un huevo.

Cocinar también era un problema. En mi expectativa yo iba a ser la reina del mundo gourmet; iba a ir al barrio chino, comprarme especias exóticas y cosas que ni en pedo encontrás en un supermercado normal. Iba a cocinar grandes comidas y usar esos platos nuevos de Falabella que me regalaron. En la realidad, terminé siendo la piba de las sobras, la presidenta del club “Todo se puede comer en forma de bruschetta” y comiendo desde la olla para no lavar.

Vivir sola era un poco eso. Eso y poner cara de felicidad cuando la gente me preguntaba si estaba feliz por haberme mudado. La verdad que no estaba feliz y me aburría como se debe aburrir alguien que festeja el cumple en enero.

A veces me quedaba un rato escuchando la conversación de los del piso de arriba, me alegraba cuando alguno de ellos iba al baño y tiraba la cadena porque significaba que oh, había alguien despierto además de mi. El guardia de seguridad del edificio de enfrente también jugaba un papel excepcional, y siempre me dormía descansando en que el se iba a quedar despierto toda la noche. El que no necesita un psicólogo, que tire la primera piedra.

Derramar lágrimas alguna que otra vez cuando llegaban las facturas se estaba volviendo algo habitual. ¿Había pagado esto yo? ¿Cuántos meses tienen que pasar para que no te corten el gas? ¿Dios existe? La única respuesta a todas estas preguntas es que parte de ser adulto es que no te van a parar de llegar cuentas…NUNCA.

Tres veces me cortaron Internet por no pagar. Tres. Me imaginé que lo que necesitaba para seguir adelante era hacerme amiga de algún vecino para poder pedirle prestada su clave de WIFI. Para mi era una conversación completamente legítima. Era como el “Me convidás un poco de azúcar que se me acabó?” versión millenial.

Al cabo de unos meses, las cosas fueron cambiando de a poco y yo fui sobreviviendo al proceso de adaptación. Además de sentirme cómoda con la soledad, descubrí una hermosa manera de navegar por la web colgada de una línea de telecentro.

Las zapatillas nuevas siempre duelen un poco en la punta del pie, pero después ceden…como te dice el vendedor. Los platos de Fallabella ya tienen un par de usos, y descubrí que si como desde la olla, el teflón me dura muchísimo menos. Me hice amiga del kiosquero de abajo, tengo un par de vecinos compinches, y me traje unas sábanas con mucho mucho uso de la casa de mis viejos.

Descubrí que mi departamento tiene cosas buenísimas, como la corriente de aire: cada vez que abro una ventana me siento Beyoncé en uno de sus videos, y gasto mucho menos en ventilador. Decoré mi casa con varios Ponys como de esos que tenía cuando era chica, para recordarme que mi niña interior está a la vuelta de la esquina… o en un estante.

De vez en cuando, cuando llega la factura de Edenor, me hago la sorprendida por el número a pagar y lloro un poco. Me parece que eso me mantiene humilde.

 

 

Por Clarita González Búnster.

Colaboración
[email protected]