Revista Palta | LA REINA BATUTA
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LA REINA BATUTA

Por Dana Madera

 

Ella eligió el bar y a mí me quedaba cerca. Lo que sabía hasta ahí era poco y nada. No había demasiado rastro de su vida íntima en Instagram o Facebook pero sí mucho de su vida profesional. Natalia en videos y cientos de fotos frente a setenta músicxs, con un traje negro, un vestido, un buzo holgado en los ensayos, el pelo suelto, el pelo atado, dirigiendo en Buenos Aires, en La Plata, en Río de Janeiro, en Entre Ríos, con partituras, con un piano, con un vino. Cuando la encuentro hablamos de la mesa recluida que eligió, de cuán seguido va a ese bar, le gusta estudiar ahí, hacemos los comentarios obligados del clima, ella dice ¿es un día raro no? y de alguna forma, por cómo lo enuncia, por cómo arruga la cara, raro se hace mejor que feo, denso o húmedo y en seguida me cae bien.

A Natalia Salinas la vi por primera vez en el CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón). Un amigo me había invitado a ver una ópera contemporánea basada en el poema “El Cuervo” de Edgar Allan Poe. Cuando entramos todo estaba a oscuras y yo me distraje evitando a un conocido que no quería saludar. En esto estaba hasta que sentí los aplausos y vi salir a una chica joven, elegante, que hizo una reverencia leve y caminó hasta el podio. Me gustaron los códigos, misteriosos para mí, entre ella y su audiencia. Había llegado quien tenía que llegar. La obra transcurría a poca distancia de mi asiento pero yo me la pasé mirando al podio a mi derecha. Los movimientos de Natalia transmitían fuerza y una armonía perfecta en lxs músicxs que la miraban. Se me ocurrió que nunca había notado mujeres dirigiendo orquesta, empecé a pensar en todas las veces que había visto hombres haciendo lo mismo.

Natalia empieza por el principio: la infancia. Una casa en Río Gallegos, una madre directora de Conservatorio, una familia religiosa, dos hermanas, un hermano, un papá; un día dividido en las clases regulares de un secundario promedio y su otro espacio, el especial: el profesorado de piano. Las amistades, energías y ansias del mundo adolescente contenido entre partituras, disciplina y el frío del sur. Se ríe y dice que tuvo una adolescencia ñoña, el recuerdo se siente feliz.  

Desde que tiene memoria, su familia fue religiosa, cristianxs evangelistas, la foto que se me arma es más bien tradicional: una iglesia todos los domingos, actividades numerosas, una familia que se ordena y se nuclea en función de una comunidad mayor. Pienso que en la Iglesia Evangelista de mi pueblo había mucha música. Natalia se me adelanta y me dice que la música también llegó a ella por ese lado, aunque lo demás no hizo eco. En su familia fue un conflicto pero al fin llegaron a buen puerto. Es un acto valiente animarse a romper con todo lo que uno conoce. Se lo digo, porque admiro la fortaleza interior. Natalia me dice que no fue fácil y se queda pensando. Ella trabaja con el silencio, escucha la música como un segundo lenguaje, es un compromiso lento y paciente que se parece a esa búsqueda de riqueza interior. Es como haber cambiado de religión, una que no te llena por otra que sí, que te llena acá -se señala la panza y no el corazón cuando dice acá-. La entiendo. Se le agrandan los ojos, gesticula con las manos, sonríe, habla de música como se habla de amor.

Natalia desmantela y rearma su vida en pos de un único objetivo: ser directora de una orquesta fija. Es muy difícil que suceda en Argentina, el país es reticente aún a las mujeres en el podio. Hay lugares que en eso andan mejor: Brasil, Estados Unidos, algunas partes de Europa. Pienso que los fantasmas son dos y se repiten en todos lados: ser joven, ser mujer.

A Natalia, por joven, se la cuestiona en conocimiento, es joven entonces no sabe. Por ser mujer se genera un pensamiento más siniestro, no hay trabajo o talento que valga, ganó ese podio por otras cosas. Se invierte la carga de la prueba, le tocará a ella probar una y otra vez que se encuentra a la altura de la circunstancias. Que no es ser linda lo que la llevó hasta ahí.

La vestimenta es importante. Se lo explicó una profesora hace unos años, ella al principio creyó que era una pavada pero después se dio cuenta de que no tanto. Hay que encontrar el término medio me dice, una combinación entre mostrar fuerza y mantener la femineidad. No se explaya pero entiendo lo que me quiere decir: no necesita impregnarse de una energía masculina para ser la que manda. Su liderazgo tiene toque de mujer y se impone como tal. El terreno no es parejo, para plantarse en su lugar hay cosas que a ella todavía le toca medir. Las dos sabemos que, sea cual sea el campo, nada de esto le pasa a los hombres.

Es jueves de tarde, Natalia acaba de subir un video a Instagram. Dura unos segundos, es en Brasil, ella está en el podio, dirige una sinfonía de Brahms. Me acuerdo otras cosas que me dijo, que no escribí, comentarios lúcidos, ideas despiertas, formas sensibles. Antes de irnos me había dicho que creía que se viene una generación de mujeres directoras, que estaba casi segura, que ella quedó justo en el medio del cambio. Miro el video de nuevo, repaso las manos, la música, su cara, ella es la esencia del cambio. Sonrío, le pongo me gusta.

Colaboración
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