Revista Palta | LA QUE SOY A PESAR DE MÍ
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LA QUE SOY A PESAR DE MÍ

Cuando le quise recomendar esta peli a un amigo le dije que era super real, que me gustó un momento donde ella camina por la calle y le pregunta a su amiga imaginaria… no me dejó terminar: “¿Super real? ¿Vos hacés eso?”

No supe explicarle que sí pero que no. Que no pero que sí.

Que el arte de esa especie de amiga imaginaria de Minnie Goetze es hermoso, pero a la vez anecdótico. Que sirve para poner en voz de Minnie todos esos pensamientos que la vuelven humana, esos que no le puede decir a nadie, al punto que dibuja a su ídola y su imaginación le da vida porque hay alguien ahí afuera que sí puede entenderla. Pero esos pensamientos que parecen (y que están) tan ocultos, son en realidad preguntas que nos hicimos todxs a cierta edad, y son las imperfecciones de Minnie las que me hacen enamorarme de ella.

Mira a su gato y le pregunta si se la ve distinta después de haber tenido relaciones por primera vez, después se huele los dedos y piensa en todos los lugares donde anduvieron. Un tipo más grande le toca las tetas, pero se queda tranquila porque cree que “él sabe”, solo duda si le habrán parecido chicas. Se pregunta si el tipo la desea, si estará pensando en ella, o si se tocará mientras lo hace. Si alguien más lo hará sin que ella se entere. Se mira en el espejo su cuerpo desnudo, tan hermoso y tan real a la vez, y se analiza: ¿esto calienta a alguien? ¿está bien que esto esté así? ¿o que esté acá? De repente, ve sexo en todos lados, piensa en él en momentos inoportunos; cree haber descubierto una parte del mundo nueva: “Ya sé que nada cambió, pero yo lo veo todo diferente ahora”.

Todo ese mundo nuevo acompañado por la exploración que eso, inevitablemente, conlleva. Alguna droga, algún baile, alguna experiencia con alguna amiga, algunos mensajes fuera de lugar, algunos arrepentimientos. La sexualidad explota dentro suyo, pero ese explotar tiene poco que ver con lo que ella hace con eso, sino más bien con todo lo que piensa, con lo que duda, y con lo que se guarda.

En Diary of a Teenage Girl muestran la sexualidad como me gustaría que lo hicieran en todos lados: desprejuiciados, por fuera de lo que “debería o no” ser dicho o hecho. El conflicto “central”, que lleva a la película, es bastante terrible, pero la directora consigue, sin sacarle peso, minimizarlo. Casi como una hermosa lectura del estilo “esto también pasará”. Mientras lo atrapante es el conflicto exterior, lo más interesante son todos los conflictos interiores de Minnie.

Tiene algo adolescente, sí, es inevitable. Pero no es la película boluda que habla de chicos y de situaciones de colegio con lockers y un grupito de populares. Es esa adolescencia que busco y me devuelve nostalgia. Esa chica que alguna vez fui, y un poco sigo siendo, a pesar de mí. Esa que fui cuando no quise copiar a nadie, cuando me odié a mí misma y me amé a la vez, con esa honestidad brutal que no cabe en otro lado que en mi propia mente, y que de repente ví exteriorizada en la pantalla de mi computadora, un martes a la noche, en el cuerpo de Minnie Goetze.

Manuela Martinez
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