Revista Palta | LA PRIMERA VEZ QUE RECUPERÉ LA INFANCIA
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LA PRIMERA VEZ QUE RECUPERÉ LA INFANCIA

Hay una foto mía en facebook de febrero 2014. En la foto estoy usando jean con jean y anteojos. Estoy mirando a la cámara, sonrío con cara de travesuras y de fondo se ve una calle empedrada. Es Potosí, Bolivia. Tengo una cámara colgando del cuello y lo más importante: tres globos de agua en la mano.

La foto captura el momento de cierre del Carnaval de los Mineros, en pleno febrero. Turistas y locales nos amuchamos en una especie de terreno baldío abajo de la montaña que es la mina, dando a una avenida. La montaña, arriba, a la que se llega en auto, está nevada, de ahí salen todos los minerales con los que la mayoría de los locales trabajan. La esperanza de vida de los que se dedican a la minería es de 35 años. Aún así, muchos jóvenes se dedican al oficio porque es un orgullo, una tradición y dinero seguro y abundante para dejarle a sus familias.

Un día antes del carnaval, entré a la mina, siendo parte de un tour turístico, claro. El tour arranca poniéndose el traje cerrado de minero y el casco con una luz en la frente, bien Stranger Things. Uso el masculino adrede porque las mujeres están prohibidas en la mina. Es parte de la “superstición”, aunque esta palabra encubra el machismo generalizado de la comunidad. Los mineros aseguran que la mina se pone celosa y deja de generar minerales, si entra otra mujer. Adentro, en el corazón de la montaña, vive El Diablo, un personaje bizarro y demoníaco que fertiliza a la mina y al que hay que llevarle tabaco, alcohol y coca para seguir alimentando el ritual. Las turistas podemos entrar, supongo que el dinero nos compra el pasaje. En el camino, además, teníamos que regalarles tabaco, alcohol y coca a los mineros también. Nadie habla de alcoholismo como un problema social, aunque se palpite en el ambiente y en el olor generalizado a alcohol etílico. Nos cuentan que estaban preparándose para el Carnaval. Los mineros son la institución más respetada de Potosí y agrupados en varias cooperativas organizan, dirigen y comandan la fiesta.

Al otro día, amanece soleado. Un calor insólito para el frío que venía teniendo. Ya no alcanzan la cantidad de capas que me vestían para combatirlo (remera termica, remera común, sweater tejido de lana local, campera impermeable, bufanda, gorrito, guantes, inmovilidad).

Para ese mediodía de sol carnavalero me bastaba en andar con jean y camisa de jean, hasta tuve que ponerme anteojos. Salió el sol, como en uno de esos días que intuís que pasa algo interesante, el sol calienta y entusiasma, la energía sube, se huele el clima de excite. Los puestitos arrancaron tarde… tipo once los ví aparecer, primero uno, después dos, después uno cada dos metros. Se vendían bombuchas y pistolas de agua. Cada una a un peso. La energía y población general se dirigían a la avenida que lleva a la mina. Para mí, que el entusiasmo colectivo le suma 10.000 watts al entusiasmo personal, empecé a vivir como en un sueño, el corazón me latía muy fuerte, no tenía tiempo para pensar bien… ¿era verdad? ¿Estaba por suceder? ¿Estábamos por jugar a una guerra de globitos de agua colectiva, todos contra todos, sin limitación de calle, edad, religión, género? No podía ser. La última vez que había jugado a una guerra de globitos de agua verdadera, es decir, tomada muy en serio, prolongada en su duración y con más de tres personas había sucedido en quinto grado. O no tengo vida o lo mejor queda en la infancia y es casi irrecuperable.

El carnaval hizo que todo lo que pasó el día anterior en la mina, tan intenso y, para mi análisis subjetivo, socialmente desigual cambie por completo. Algo con que todxs, al igual que cuando éramos chicxs, nos olvidábamos de algunos bordes que nos definen y separan.

Compré cinco globitos de agua, eran grandes, tan grandes que muchas veces rebotaban y no se rompían. Lo peor que te puede pasar como usuaria de globos de agua es que no tengan efecto. No me alcanzaban las manos. Después empezó a pasar algo impresionante: empecé a ver camionetas doble cabina rebosadas de gente que iban de acá para allá, totalmente cargadas de municiones. La mayoría tenían pistolas de agua en la mano, parecía un videoclip de M.I.A. El juego estaba siendo tomado muy en serio. Nosotros éramos un grupo de más o menos 8, estaba con dos amigas y un par de franceses, amigos de ese día. Y se notaba mucho que éramos turistas. Enseguida, de camino a la avenida para ver el carnaval fuimos un target buscado: nos decían los gringos y por eso nos viralizamos, por desentonar. El contraste del paisaje montañoso, rocoso y árido, con las acciones que sucedían hacía de toda la escena algo que me parecía de otro planeta. De lo demás, tengo ráfagas de imágenes y recuerdos, sólo sé que corría y me escondía. Tenía que mirar a todos lados para evadir los golpes de agua. Después, cada vez que podía le tiraba con lo que tenía a quien me quedara cómoda o se me ocurriera en el momento. Era una guerra de globitos de agua colectiva. Todavía me acuerdo y pienso que no fue real, que lo inventé. Pero siempre me acuerdo de una frase cliché que creo totalmente cierta: la realidad supera la ficción.

Julieta Blanco
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