Revista Palta | LA PRIMERA VEZ QUE «ME DEJARON»
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LA PRIMERA VEZ QUE «ME DEJARON»

Me parece verla sentada al borde de la cama con los pies colgando, columpiándolos hacia adelante y hacia atrás como el péndulo de un reloj visto de costado, mirándome con el pelo recién teñido que le tapaba de a ratos los cachetes colorados, pegoteados con el agüita salada de los ojos; porque primero y por error la dejé yo. Ella me dejó después.

Yo tenía 18 años y me torturaba: ¿cómo mierda le digo que besé a otra chica? Mi sentido políticamente correcto tironeaba más fuerte que el común de los demás. No decírselo era traicionar la promesa de verdad que habíamos hecho con el gestito de enganchar los meñiques en símbolo de acuerdo. Mi máquina de crear mambos estaba en pleno auge.

Me decidí por dos: O me dejaba ella o la dejaba yo.

Me ganó el orgullo. Yo era un huevón, el mejor.

El departamentito de al lado de casa fue para mí porque era el mayor, necesitaba «mi espacio». Una tele, una cama de dos plazas y estantes con libros eran toda la independencia que tenía. Y, debajo de todo eso, una alfombra gris, manchada con puntos blancos y negros, deformes. No me puedo quitar la imagen de las Obras Completas del Negro Manauta y dos o tres libritos de la colección de clásicos de Página 12 desparramados por encima de esa alfombra de colores indefinidos. Ese día los libros volaron a la mierda. Los tiré uno por uno por todo el puto departamento porque ella ya me había dejado porque yo la había dejado porque yo había besado a otra chica y antes de decírselo «la quise dejar» porque no sabía qué carajo hacer.

Fue todo tan rápido que lo que diga puede ser usado en mi contra. Todo debería llevar comillas latinas y porqués. No me acuerdo si cuando «la dejé» se fue enseguida, «dejándome» en la huida, o si primero «me dejó» y después huyó.

Ahí empezaron a volar los libros.

Cuando salí del trance de ira y tristeza que me había hecho hacer todo ese desastre, que me llevó a la locura de darle trompadas a la pared, hundiéndome tres nudillos de la mano derecha, tuve un exceso de ilusión. ¡La tengo que ir a buscar! ¡Claro, cómo la voy a dejar irse así, toda mocosienta, pegoteada y enojada! De lo huevón, pensé que la iba a reconquistar sobre la marcha.

Salí corriendo en patas, con toda la pinta de un perro alzado, curtiéndome los pies de tanta piedra en punta y tosca grande de las que proliferan en mi ciudad de más al norte.

Hice, fácil, diez cuadras penosas y dando pena. Cuando llegué al centro los adoquines quemaban como lava sin estrenar. Miré hacia los costados, a lo largo de la avenida Urquiza. Nada, ni el loro. La plena siesta.

Cuando llegué a la paralela, 12 de abril, alcancé a ver su mochila Jansport medio colgándole de un hombro, como a tres cuadras para el lado de la costanera. Empecé a correr de nuevo, entre angustiado y lleno de vergüenza. No llegaba más; de a ratos ella se volvía un espejismo al que yo seguía como quien sigue la luz, sin mirar en las esquinas, ya sin el aire que me aguantaba los pulmones.

La alcancé justo en la puerta de la Biblioteca Popular. Ella, con sus ojitos en compota, como le decía yo, miraba en línea recta hacia delante. No me dio ni cinco de pelota hasta que se nos terminó el camino contra la balaustrada de la costanera y yo dejé de darle vueltas alrededor con el espíritu de un cachorro ansioso.

Cuando se frenó, me miró. Qué mujer, me cagué todo, todito. No me dejes, le dije, adónde vas. Ella, con una sonrisa que me voy a llevar al nicho, me dijo ya está, dejáme sola. Y yo entendí todo, comprendí lo que la vida podía hacernos.

Me volví despacio, aguantándome el llanto por si me cruzaba un conocido. Con los pies lastimados, ampollados, bien sucio. Pegándole a los carteles que tenía a mano, los de la chapa quejosa de las inmobiliarias. Tenía una bermuda recortada al ras de la rodilla, con las hilachas que me hacían cosquillas y me mantenían irritado.

Llegué a casa poniendo cara de pelotudo, la mismísima cara del que quiere disimular la verdad. Fue la siesta más turbia y el comienzo de una lomada cuesta riba que me iba a costar superar. Esa tarde, después esa maratón penosa, recibí la trompada de mi vida, la que me bajó el último diente de leche, el último rasgo de inocencia que me quedaba; la que perdí en esa maratón de varias cuadras mientras iba al encuentro con la muerte, sonriente y con sus ojos en compota.

Nicolás Fernández Ramos
Nicolás Fernández Ramos
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